27 de julio de 2012

Relatos 15: Uanmortaim


Resucita, 

despierta, remolonea, besa, levanta, mea, ducha, calienta, desayuna, viste, recoge, baja, camina, 

sube, observa, llega, entra, sienta, enciende, escribe, llama, corrige, lamenta, escaquea, pregunta, insiste,

navega, vaguea, aguanta, prepara, come, caga, limpia, sestea, bebe, espabila, completa, resiste, escapa,

respira, wasapea, saluda, cañea, ríe, pincha, miente, guiña, insulta, abraza, recuerda, planifica, apura, 

despide, sube, corta, fríe, cena, eructa, cepilla, tumba, acaricia, desnuda, folla, comparte, lee, apaga, 

piensa, 

muere.


Qué ufano labora el caballero. Prefiere no mirar, bien hecho.

26 de julio de 2012

Relatos 14: Se está bajando ya


Tiene el pelo rubio y corto, también lo ha llevado moreno, pelirrojo, rizado, incluso casi rapado cuando se ponía aquello pendientes de aro que le llegaban casi a los hombros, esos que han estado al aire, con jerseys, camisetas, abrigos o chaquetas como aquella que le regaló su abuela, una más de las personas que tanto le han querido como su bisabuelo los tres años que le conoció, sus hermanos, su hijo que acaba de empezar el cole, al mismo que fue ella antes del instituto, la universidad, sitios en los que pisó decenas de aulas diferentes para escuchar, apuntar, filtrear, estudiar o leer, una de sus aficiones más absorbentes como la natación, el cine o la cocina, donde ha preparado salsas, ensaladas, bocadillos o pasteles, mmm, esos pasteles que ahora le pirran pero que odiaba de pequeña cuando se empachó y le tuvieron que llevar corriendo al hospital, que también visitó cuando tuvo vegetaciones, aquella varicela que le llenó de granos o se abrió la cabeza, como enseña esa pequeña cicatriz que ahora asoma entre su pelo rubio y corto.


Bonito nombre para una sauna bollera

20 de junio de 2012

Relatos 13: Que sea por un motivo

 ¿Cómo se declara el acusado?

Vaya pinta de meapilas tiene este tío, Javi, no le hagas ni puto caso. Que cómo se declara el acusado dice el muy zote. Fíjate que farsa es todo esto de la justicia que ni siquiera te pregunta a la cara. El acusado, dice, si tú tienes nombre y apellidos, Javier Sotelo, qué pasa, que no hay huevos de decirlo a la cara. Estos jueces de pacotilla deben pensar que si dicen el nombre completo se les aparece el diablo y les escupe azufre en la cara, menudos mierdas que están hechos. Tú no digas nada, Javi, no contestes, que lo haga todo el abogado, otro meapilas, pero está de nuestra parte que para eso le paga tu padre. Tienes que estar muy tranquilo estos días, ¿vale? Te van a buscar las cosquillas por todas partes porque piensan que hiciste algo mal. Qué sabrán ellos eh. Qué culpa tendrás tú de lo que le pasó a aquella niña. Ellos no conocen el calor agobiante que hacía aquella tarde. Pero nosotros los sabemos bien, Javi, sabemos que aquel calor te ponía de muy mala hostia. Y cuando aquella  niña se hundía a plomo, ¿te acuerdas? ¡Qué culpa tienes tú de que sus padres estuvieran echando la siesta! ¡Era su hija, por el amor de Dios! ¡Suya y de nadie más! Ahora te van a acribillar con preguntas absurdas, pero ya sabes que tú no eres el culpable de lo que pasó. 


Grandes extensiones de agua, ese foco de desgracias

¿Desde cuándo ejercía ese trabajo? ¿Conocía sus obligaciones como socorrista? ¿Vio lo que estaba pasando? ¿Por qué no reaccionó?

Mira a ese abogado, Javi, míralo bien, con su gomina y su corbata a rayas. Fíjate qué zapatos, cómo brillan. ¿No te parece obsceno que vaya tan arreglado? Si tan triste es que se ahogara una niña, ¿por qué se viste cómo se fuera a una boda? Lo ves, Javi, te das cuenta, para ellos es como estar de fiesta, se la suda todo, y te quieren hacer culpable a ti de lo que paso. Ves lo absurdo que es todo y sin embargo todo esto puede acabar con tus huesos en la cárcel. ¿Qué te parece? Todo porque no sacaste del agua a aquella niña. ¡Para ellos es como si la hubieras ahogado con tus propias manos! Alucinante… Ahora, una cosa te digo, este juicio va a durar varios días y tú tienes muy poca paciencia. Como te hinchen las pelotas ya sabes lo que tienes que hacer. Si es a la cárcel que sea por un motivo, ¿verdad que sí? ¿Eh, Javi? Ya sabes lo que tocaría, ¿no? ¿Verdad? Claro que sí.

11 de junio de 2012

Relatos 12: Enquistar la felicidad



Solo faltan cincuenta kilómetros para llegar al hospital y entonces ocurre. El sol golpea de frente en pleno atardecer y la luna está llena de mosquitos aplastados. Son más de un centenar y sus restos brillan, creando una metáfora visual de muerte y ascensión al cielo en la mente de Rafa, muy sensible a captar cualquier significado. Con la visión velada, solo ve lo que ocurre en el último momento. Un extraño destello negro y un potente plac que resuena en el interior del coche. Algo ha chocado contra el cristal a toda velocidad. No pasa nada, no se rompe nada, Rafa no pierde el control del vehículo, pero el incidente basta para cambiar completamente los agitados componentes de su ánimo. Decide pararse en el arcén. Se queda mirando al vacío con las manos temblorosas. 


La extinción no tiene por qué ser mala

Pasado un minuto, sale del coche, se pone el chaleco de emergencia y camina los cien metros que le separan del pájaro muerto sin importarle el peligro al que se está exponiendo. Es un cuervo asqueroso, con las alas retorcidas y el pico partido por la mitad. En menos de media hora, cogerá por primera vez en brazos a su hijo recién nacido. ¿Quién podrá convencer a Rafa de que la muerte del cuervo y el nacimiento de su hijo son dos hechos completamente aislados en el mundo? ¿Cómo penetrar en su mente para levantar un muro infranqueable entre ambas ideas? Y si opta por no contarle a nadie lo que ha pasado, por no revelarle a nadie su zozobra... ¿Habrá alguien a su alrededor lo suficientemente intuitivo como para desbrozar algún día el origen de ese extraño miedo que perseguirá a Rafa para siempre?

22 de mayo de 2012

Relatos 11: Putos animales y V


MONTSE

Está muy graciosa con su vestido de colores, pero muy triste porque lleva 15 minutos esperando en la puerta del colegio a que venga papá, al que hace una semana que no ve. Le ha pintado un dibujo con rotuladores carioca. Sobre un fondo azul se ven dos árboles flanqueando un casa con chimenea, toda la escena bañada por un sol que parece muy contento hoy. En la puerta de la casa aparecen ella y su padre, de la mano, sonrientes y con las cabezas desproporcionadamente grandes porque los niños no entienden los parámetros que miden el mundo.

Se ha puesto a chispear y Montse agita la cabeza para sacudirse las gotas de agua. Se pone la capucha del chaquetón porque su mamá siempre le dice que la lluvia es divertida por los charcos, pero peligrosa porque te puedes coger un catarro. La primera lágrima que se deja caer a trompicones lleva dentro una dosis de inocencia que jamás retornará del suelo en el que se estrella.



26 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales IV


SANDRA

Mete en la cesta otro paquete de algo herbodietético, algo insustancial, como insustanciales son las aristas de su vida en los últimos tiempos. Realiza la compra a cámara lenta, víctima del aburrimiento, de saber que los sofás y la cama seguirán ordenados cuando vuelva a casa. Todo se acelera cuando ve a Pedro desorientado, pidiendo una moneda a un tipo que ni siquiera le escucha. ¿Qué coño está haciendo? Lleva uno de esos trajes caros y estúpidos que tanto le reconfortan, pero a la vez mendiga vil metal, así que a Sandra le asalta el agobio. No entiende nada.

La niebla confusa que envuelve el supermercado aligera sus penas y comienza a silbar una vieja canción que siempre le puso alegre. Mete en la cesta un queso curado gigante, el más grasiento, y comienza a fantasear con los pinchos que va a cocinar en casa. Queso con mucho aceite de oliva, pan chapata y algo muy azucarado de postre, quizá una tarta de chocolate mastodóntica. Comprende perfectamente que su alegría mana de encontrarse a Pedro, un tipo al que entregó su alma y que ahora se arrastra, incrustado en su apariencia de vagabundo lujoso. Mal de muchos consuelo para el que quiera.

Sandra cruza tres pasillos con una sonrisa de caramelo bordada en el rostro, pero la alegría se desvanece rápido, con la fuerza letal de algo que acaba de recordar:  Pedro, ¿no tendrías que estar recogiendo a nuestra hija del colegio en este preciso instante?



19 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales III

 
INÉS

El uniforme le hace sentir parte de un campo de concentración nazi, uno de los pensamientos sombríos que abarrotan su cerebro, amenazando con explotar dentro de su cabeza. No tiene el número tatuado en el brazo como aquellas personas, pero sí un dibujito en la mano cuya inocente apariencia representa un futuro en ruinas. Se dejó arrastrar por la corriente de Toni hasta que su vida se ahogó. Lo que quedó de aquel naufragio todavía no ha reflotado, así que desconoce cuáles serán los nuevos raíles por los que transitará su existencia, detenida por el momento.

Le gustan los colores que pueblan un supermercado, la vivacidad de las frutas, los chirriantes envases de limpieza, todo contribuye a cubrir de pintura una pared desconchada, esa en la que cuelgan los jirones de su tristeza. Cajeras, cómo las detestaba, ahora entiende lo cerca que se encuentran de una vida monacal, de un comportamiento mecánico que protege de peligrosas reflexiones. Estás sepultada Inés, por paquetes de fruta, caramelos, botellas de cocacola, bolsas de patatas.

Un extraño producto se cuela en su cinta: la cabeza de un animal de la que apenas se aprovecha nada para comer. Le agrada observar lo cerca que se encuentra de la muerte, en su versión más grotesca porque el cerdito no tiene ni ojos. Lo observa y está a punto de levantar la cabeza para escrutar el rostro del comprador, pero se vuelve a imaginar en un campo de concentración con su uniforme y lo último que quiere es encontrar la mirada de un oficial nazi. Y, aunque no lo sabe, consigue evitar un dolor aún mayor.



17 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales II

PEDRO

Rebusca y rebusca en su traje hecho a medida, pero no encuentra la dichosa moneda con la que comprar un billete de autobús. Mierda, Pedro, te has dejado la cartera y en el curro y ahora está cerrado, necesitas esa moneda si quieres volver a casa. Vaga confuso alrededor de la plazoleta en la que se ha dado cuenta del error, convencido de que su disfraz de traje hará el resto: alguien le va a dar una moneda, fijo.

La sexta persona que aborda coincide con la sexta negativa, por su cabeza gravitando la idea de que nos estamos volviendo locos si no somos capaces de darle una moneda a quien la necesita. Coño, que va de traje. No te a va a atracar. No te pide un imposible. Apenas una moneda. Pedro se sienta en un banco, pero tiene frío, pega una patada a un cartón de vino vacío y enfila la puerta del supermercado para seguir su búsqueda, surrealista y titánica a un tiempo.

Qué suerte, se encuentra a Toni y le pide la moneda, pero el chico está en trance y ni siquiera entiende la petición que le formula. Toni, hombre, me das una monedita. Pobre diablo, se volvió loco por culpa de aquella chica, pero él sí podrá pagar el contenido de esa cesta que todavía lleva vacía. No consigue ese trocito de metal, que le podría llevar a su hija, al placer, a la tranquilidad, casi al mar. Su único día de visita esta semana a ella. Y está a punto de perderlo porque no consigue una moneda. Él, el hombre trajeado, importante y gilipollas.






12 de abril de 2012

Relato 11: Tan solo animales I


TONI

Acaricia sin convicción la caja de cereales, deslizando los dedos por el cartón como ruedas que besan el asfalto. Al final no coge los cereales, ni el bote de champú, aunque también lo toca con los dedos, ni la cocacola, ni siquiera la leche. En su vagar accidentado por el supermercado, con el mareo del que no sabe bien lo que hace, se cruza puñado de palabras inconexas con Pedro, al que también encuentra en la maraña cuadriculada de pasillos estrechos, rebosantes.

En la sección de carnicería, Toni detiene su sinsentido y se para a mirar con extrema curiosidad un grupo de cabezas de cerdo, que parecen alineadas para recibir la caricia de un bisturí. Como un homenaje al horror, esos extraños ojos animales miran a Toni y a todos partes a la vez, en general no tienen preferencias, dispuestas como están a invitar a cualquiera a su pequeño homenaje a la muerte. Pide una de esas cabezas, la que no tiene ojos, la que no mira, la que no le duele. Sí, se lleva la que no duele porque ve en ella la fuerza poderosas de un amuleto eterno.

Caperucita llevaba la cesta llena de viandas y casi se la come un lobo. Toni solo lleva una cabeza de cerdo, pero tampoco va a salir indemne de su viaje por un bosque de productos, etiquetas, ofertas y colorines. Se incorpora a la cola más larga y también la más rápida sin dejar de observar curioso el contenido de su cesta roja, como si alguien lo hubiera introducido allí. Lo deposita en la cinta, la cinta avanza y la vista de Toni choca con el tatuaje que se aloja en la mano de la cajera. Lo reconoce al instante, dos o tres lágrimas se quedan dentro de su cabeza y Toni sale a la calle a tomar aire porque se está ahogando. En la primera papelera que encuentra arroja la cabeza de cerdo. Sin mirarla porque no tiene ojos.



25 de enero de 2012

Relato 10: Cerrad la puta boca, por Dios...

 
 Los cánticos del coro se le clavaban en la cabeza como una corona de espinas. Aprovechó que todos los fieles entonaban “Alabaré a mi Señor” para sentarse detrás del altar y ocultarse durante unos segundos. Notaba las miradas acusatorias del monaguillo. Le hubiera encantando agarrar de la pechera al niñato y decirle “yo soy el que acusa aquí, no me mires así joder, no me mires así”. Pero la iglesia estaba llena de feligreses como todos los domingos a las doce de la mañana: no era buen momento para descargar su ira sobre el chavalín. A pesar de la resaca, el cura pudo pensar un rato en su monaguillo, en los diez años de fe inquebrantable que le habían procurado sus padres, una pareja de beatos que preferían no follar antes que forrarse el pito de plástico. “Padre Mateo, cómo me alegro de verle así de bien”, le había dicho el padre del niño antes de la misa, con una dosis de retranca barnizada en sus palabras. Un mundo inabordable de acusaciones y perdones llevado al éxtasis cada domingo. Sobre todo si el cura había dormido tres horas con una botella de Brugal nadando libremente por su torrente sanguíneo.

“ALAAAABARÉ A MI SEÑOR, ALAAAABARÉ A MI SEÑOR, ALAAAAAAABARÉ A MI SEÑOOOOOR ”.

Mateo acompañó el grito final del cántico. Mientras se levantaba de la silla, su mente acudió a una de esas viejas manías que pueden convertir el día a día en un infierno. Mateo no podía evitar concebirlo todo en porcentajes. Había sido un brillante estudiante de Matemáticas en su infancia y todavía conservaba algunas reliquias. “Ya han pasado cinco minutos, el doce por ciento de la misa”, se dijo a modo de consuelo mientras un potente rayo de sol partía en dos su cuerpo. Los grandes ventanales de la Iglesia de San Pablo daban al lugar un agradable aspecto natural que, en medio de un día tan soleado como aquel, permitían no encender ninguna luz artificial. Era una iglesia pequeña, modesta, con diez largas bancadas en las que no cabían más de doscientas personas. Siempre estaba llena en misa de domingo, el día en el que una amalgama de fe rancia y recalentada empapaba el ambiente. Detrás del altar, a espaldas de Mateo, un Jesucristo de tamaño natural tallado en madera de pino presidía la iglesia, ligeramente desnucado hacia su izquierda por los siglos de los siglos. En un costado y dos peldaños de escalera por debajo se encontraba el coro, formado por una docena de chavales a las puertas de la adolescencia que obedecían compulsivamente a la guitarra de Carlitos, el mayor de todos ellos. Mateo solía quedar con ellos todos los viernes para ajustar el programa de las misas, pero las últimas semanas los chavales se estaban apañando sin la ayuda del cura. “Se gestionan bien”, pensó Mateo mientras alzaba las manos al cielo en el altar. Estaba en el punto más alto de la desidia dominical, pero había dos centenares de personas sedientas esperando su traguito de esperanza. Mateo tenía 32 años. Al otro lado del altar, la media de edad se doblaba. 

“Queridos hermanos….”, comenzó sin aspavientos, dando rienda suelta a una oración precocinada sin espacio a la improvisación. Notaba la resaca nublando la misa: no era momento para virguerías. En medio de su discurso cruzó varias veces la mirada con el padre del monaguillo. Vestía un jersey teja de pico y unos pantalones beige de pinza. El peinado a raya le dibujaba un perfil plano como el horizonte del mar. Sus ojos lanzaban destellos de acusación que Mateo esquivaba con elegancia. Era un ritual secreto entre ambos que practicaban casi todos los domingos desde hacía un par de años. Algunos domingos, el cura se refocilaba con el jueguito pero esta vez el martillo de la resaca bataneaba demasiado fuerte, haciendo que sus sienes temblaran a ritmo de latido.  Pero dominaba el arte del sermoneo y no le hacía falta pensar, como le pasa a un conductor experto cuando surca una autopista. Solo era cuestión de llegar al cien por cien de la misa. Miró el reloj de pared en cuanto acabó su parlamento: “Veintisiete por ciento y subiendo”.

“AAAMAOS, COMO YO OS HE AMADOOO, CON EL CORAZÓN ABIERTO, CONSTRUYENDO ENTRE TODOS LA FAMILIA DE MARÍÍÍÍÍÍÍA”.

Algunas resacas son peores que la muerte.

Los cánticos seguían atravesando sus meninges como dardos envenenados. Mateo había olvidado tomarse un paracetamol antes de acostarse y el que se había enchufado con el desayuno todavía no había hecho efecto. ¡Qué lejos quedaba la orilla! Por lo menos a un setenta por ciento de distancia. La lectura de una carta de la carta de San Pablo a los corintios 13, 1-13 se traducía en una pequeña victoria para el cura, en una tregua del cinco por ciento. Una veterana beata caminó con parsimonia hacia el micrófono, instalado junto al coro. Sus lentos movimientos parecían programados para revestir la ceremonia de un halo celestial de la que carecía. Es imposible convertir en especial algo que se repite cada siete días. Se cogió la falda con recato para no tropezar, ajustó sus enormes gafas de carey y abrió el libro que ella misma había preparado antes de la misa. Antes de hablar, dirigió una tierna mirada a Mateo, que agradeció la falta de reproche en aquellos ojos gastados. “Es como una niña”, pensó el cura, preguntándose si era envidia lo que sentía en ese momento. La voz aguda de la anciana hipnotizó al respetable:

Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor.

La beata pronunció el discurso lentamente, paladeando cada palabra, cada segundo de su breve intervalo de gloria semanal. Doscientas caras sonrieron al unísono bañadas por la luz de los ventanales, hasta que el ruido del portalón que daba acceso a la iglesia quebró el momento. Un fiel que se había retrasado pidió perdón con los ojos y se quedó de pie tras la última bancada, como un niño castigado por el profe, pero con el pan y el periódico debajo del brazo. El cura esbozó un reproche visual, pero no pudo redondear su gesto porque otra punzada de resaca le hizo cerrar los ojos con fuerza. “Treinta y cinco por ciento”, se dijo mientras la guitarra de Carlitos arrancaba con la violencia de una motosierra.

“SEÑOR TEN PIEDAAAAD, SEÑOR TEN PIEDAAAAD DE NOSOTROS
CRISTO JESÚS TEN PIEDAAAAD DE NOSOTROOOOS
TEN PIEDAD DE NOSOTROOOOOOS”.

Sin tiempo para el reposo, la beata lectora, que había contemplado embobada la enésima actuación del coro, acometió la segunda lectura. Dominaba los tiempos de la misa como un presentador de televisión domina la escaleta de su ‘late night’. Con un breve carraspeo volvió a demandar la atención de su audiencia.

Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!”. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme…”.

En medio de su particular tormento, Mateo rió con disimulo. Un oasis muy necesario: pensó que el pedacito de San Lucas-18 no podía estar mejor elegido. Mientras la beata seguía con su parlamento, el cura pensó en las doscientas personas congregadas en la iglesia y concluyó que al menos un veinte por ciento del auditorio estaba formado por viudas. Siempre la había parecido llamativo que un joven como él impartiera lecciones de vida a señoras que podían ser su abuela. Sin embargo, últimamente no le parecía llamativo. Le parecía absurdo. Muy absurdo. Unas gotas de tristeza se diluyeron en su resaca, generando una mezcla corrosiva de sentimientos justo cuando debía subir al altar para encarar su momento estelar de la misa: lectura de evangelio y homilía. Notó todas las miradas resbalando por su cuerpo, fundidas con la resaca, abrazadas a un dolor que, supuso, duraría para siempre.

16 de mayo de 2011

Relatos 9: Padre, bulto, lluvia y familia.

Abonados los 230 euros sale a la calle, donde un aguacero amenaza con sepultar la ciudad bajo toneladas de agua. Adopta una extraña postura de insecto encogido para poder correr con ese aparatoso y colorido paquete debajo del brazo izquierdo. Da igual, miles de gotas de agua se lanzan como pequeños kamikazes impactando en su cara, sus rodillas, el paquete. Al menos el bulto lleva bolsa, pero padre se tiene que mojar por cojones. A la altura de un semáforo, la realidad y la cinematografía se funden arrojando contra padre el resultado de sus maquinaciones: ese coche que pasa a toda leche y ese golpe de agua en el pantalón, ahora mojado, ahora chorreante. Padre se cala el sombrero hasta las cejas y una maldición se le escurre, a pocos decibelios, furtiva entre los dientes. Con lo gris que es todo, la lluvia, las prisas, el pantalón (también gris) mojado y ese paquete lleno de colores. Se diría que quieren ser más coloridos a mala intención. Dejado atrás el Corte Inglés, como un Godzilla con los pies envueltos en cemento, la calle se empina y los gemelos, todavía mojados, a trabajar. Padre opta por coger ahora el bulto con ambas manos, apoyándolo con dificultad en la tripa. A los cinco pasos se da cuenta de la mala postura. Pierde verticalidad y no se cae por poco. Tiene que parar a rascarse la cabeza, a ver si se activa alguna neurona, alguna voluntaria que aporte una solución al salchucho. 

Quedan unos doscientos metros de cuesta empinada hasta llegar a casa y hay que llevar ese maldito bulto de 230 euros. Debajo de un porche, abrigado de la cortina de agua que definitivamente oscurece el mundo entero. Una idea llega por la espalda, se sube a los hombros de padre y se introduce por la oreja hasta llegar al cerebro. Padre coge el paquete con los dos brazos por encima de la cabeza, más fácil de llevar, menos lluvia que aguantar. El bulto-paraguas. Avanza entre miradas sorprendidas, es que parece una mujer africana llevando una barreño de agua. La solución es válida durante cincuenta metros, momento exacto en el que estornuda y un gélido hilillo de sucia agua de lluvia proveniente del `paquete se cuela en el  hueco entre la camisa y el cuello de padre.  Efecto del escalofrío, un brazo corre resortado a tapar el cuello produciendo un tremendo desequilibrio en el bulto, que resbala y choca contra el suelo estrepitosamente. La anciana a la que el paquete no ha atropellado por centímetros se recupera del susto y arremete, paraguas en mano, contra padre, que acepta el castigo mojado, dolorido, frió e inmóvil. 

Espero que hayas guardado el ticket

Cuando arrecia el temporal (de paraguazos, que no de lluvia) reemprende la marcha, todo se está complicando demasiado, padre. Se remanga la camisa decidido a mostrar su determinación. Pero la fuerza de su impulso hace que el botón de la manga, metálico, raye la superficie del reloj que lleva en la muñeca. Padre alza la vista al cielo para buscar la mirada de algún dios al que retar, pero no encuentra ninguna. Cuando baja los ojos para valorar la gravedad del rayón se da cuenta de los que gritan las manecillas: es muy tarde, padre.  Acelerado por la prisa vuelve a coger el bulto con un brazo, es un esfuerzo considerable,  y empieza a caminar veloz con el termómetro corporal subiendo y subiendo. La furia de su paso causa más de un trasquilón con otros viandantes que reprochan a padre sus prisas. A estas alturas de la película, ni se vuelve a contestar, ni mira al cielo (dioses), ni a su muñeca (reloj), solo al suelo, solo la siguiente baldosa, porque siente que le va la vida en cada uno de esos pequeños cuadraditos de piedra que salpican la acera. A falta de cincuenta metros para el portal, ¡solo cincuenta metritos!, el brazo derecho se rinde, calambres, y debe hacer una última parada en el camino, mal momento porque el cielo se está desplomando en agua ya. Este último descanso coincide con el primer estornudo, violento, anticipo de una decena de futuros frenadoles. En el último tramo hasta llegar a casa adopta tres posturas diferentes, todas estupendas para enrolarse como funambulista en un circo. Y, al fin, el portal de casa, inundado de luz, la puerta al paraíso para padre. Deja el bulto, se escurre la lluvia como un chucho y busca las llaves entre los siete bolsillos de su chaqueta. Aquí no, aquí tampoco, llamada al timbre y voz femenina:
-       ¿Sí?
-       Cariño, soy yo, abre por favor.
-       Joder, vaya horitas ¿no?
-       Mi amor, abre que vengo empapado.
-       Sí, hala, tú como si nada. Y la cena medio fría. Sube anda…
El portal de casa tiene cuatro escaleras, pocas, pero un mundo a estas alturas. Padre coge el paquete con ambas manos y escala los peldaños de espaldas para ganarle terreno a la gravedad.  Acabada la cómica maniobra se da la vuelta y choca de bruces con el pequeño contenedor que el portero sitúa en un lugar del rellano en función de un azar que solo él conoce. Se monta en el ascensor pero no puede dejar el bulto en el suelo porque es un habitáculo pequeño, tú o yo pequeño, no hay sitio para dos en este ascensor. Cierra la puerta pero el brazo no le da para llegar a pulsar el ‘11’.  Lo consigue después de clavarse el bulto en la nuez. Sube once pisos medio asfixiado y , cuando la puerta se abre, el paquete sale despedido por la presión. Logra cogerlo en el aire pero con el esfuerzo cae y se queda de rodillas, con el paquete agarrado con un brazo y las piernas todavía dentro del ascensor, momento en el que madre abre la puerta de casa.
-       Pero, ¿se puede saber que hace? ¿Ganando papeletas para ir al circo? De payaso, digo.
-       Cariño, no es momento, ayúdame.
Madre coge a padre, al bulto, y la poca dignidad sobrante y mete como puede al trío en casa. El bulto queda en el salón y padre y madre se van a la cocina a comer unas croquetas que ya están frías del todo. Se mete media en la boca pero los mocos, raudos a la llamada de los estornudos, ya no permiten saborear a padre la comida. Interiormente, lamenta la pérdida del gusto y el olfato. Exteriormente, aguanta como puede  el chorreo de madre:
-       Es que a veces no sé donde tienes la cabeza. Llegas tarde a cenar, empapado, mírate ¿no puedes usas un paraguas como todo el mundo? Y te encuentro ahí, en el ascensor, medio tirado como un pordiosero. Yo aquí mientras tanto haciendo la cena, ahora tendré que recoger todo y encima ponerte a secar la ropa y, claro, plancharla mañana y…

Padre, derrotado y cabreado, una bomba con piernas. Solo falta el toque justo en la espoleta. Desde el salón llega ruido de papel rasgado y la voz iracunda de hijo:
¡JODER PAPÁ, TE DIJE LA PLAYSTATION!


 

 

18 de abril de 2011

Poemas I: El viaje de una lágrima

Si llego al lugar del que no se vuelve
me detendré a observar mi propia lágrima
resbalando solitaria
perdiendo su esencia poco a poco
hasta llegar a mis pies.

Primero pasará por mi rostro
testigo de la belleza
cómplice del placer
filtro de sentimientos
mi ojo cansado de mirar.

Descendería luego por el cuello
puente de pasiones
coraza de sangre
hasta llegar al pecho donde se hinchó el amor
y el llanto guardaba sus fuerzas
los pulmones, almacén de penas.

Mi lágrima seguirá su camino
besándome la tripa
laboratorio de mis peores impulsos
y hogar de dolores laberínticos
donde escondí aquello que odiaba
a salvo de la compasión.


A veces hasta la risa te abandona. Es grave, es importante.


Más abajo todavía
ya media lágrima perdida
me rozara lo masculino
guía de mis mejores
y de mis peores decisiones
el faro que apunta al azar
el acantilado donde se despeña la pureza.

En la parte final de su camino
mi lágrima bajará por un tobogán
las piernas con las que viajar
en busca de un sueño
o de una traición
y siempre de lo incierto.

Ya en el suelo, recostada mi lágrima
observaría mi caída
ralentizada por todo lo bueno y lo malo
que respiró mi vida.

Yo me iré
pero mi lágrima permanecerá
besando para siempre
la tierra en que me convertiré.