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10 de septiembre de 2012

Diálogos 1: Piensa en Olvido Hormigos

-¿Has visto el vídeo?
-Sí. Hay que reconocer que la tipa está bien buena.
-Y que lo digas. ¿Tú que piensas?
-Pues eso, que está bien buena y que olé sus cojones. Un poco estúpida por difundirlo pero que quieres que te diga, a mí me la trae floja lo que le pase. El ratito bueno que me he dado es lo que importa.
-Olvida a Olvido Hormigos como tal. Piensa en el caso, en el revuelo.
-¿Cómo dices?
-¿A ti te parece normal que en este país solo se hable de esta señora durante tres días?
-Mira a tu alrededor, mira la audiencia de Telecinco. Qué cojones esperas.
-Pero tú no ves Telecinco y llevas dos días debatiendo si Olvido tiene las tetas operadas.
-Pues claro. No querrás que hable de la prima de riesgo con mis amigos. Que estamos todo el día vueltas con la puta economía y a mí ya me cansa el temita.
-Sí, pero es que eso es lo importante. De lo que depende nuestro futuro.
-¿Y qué tiene de malo olvidarlo un poco y distraerse con una frivolidad?


Tres días de calma para Marianorajoy

-No sé tío, no lo veo bien. Y no lo digo por la concejala, a mí también me la sopla lo que le pase, ella se lo ha buscado. Pienso más en la raíz del problema.
-¿A qué te refieres?
-A que somos unos panderetas. Un pueblo globero y cabrón.
-Claro. Eso lo sabe todo el mundo. ¿Y qué? ¿Qué se puede hacer por cambiarlo? Así es España y no hay nada que hacer. El esqueleto emocional de este país es rígido. No hay nada que hacer.
-Supongo que tienes razón, pero eso me desconsuela aún más. Saber que vivo en un país con un clima increíble, una riqueza natural acojonante, una capacidad inigualable para disfrutar la vida. Y al mismo tiempo, un nivel humano que roza el suelo, paleto, envidioso e hijoputa. ¿Crees que eso se puede cambiar?
-No, no. Ni de coña. Olvídalo.
-Yo soy un poco más optimista, aunque me temo que no mucho más. No sé, igual le estoy dando demasiada importancia a esta tontería.
-Pues claro que sí, hombre. Vamos a tomar una cañita y se te pasa la tontería.
-Venga. A la salud de Olvido Hormigos y sus maravillosos cocos.
-Jo, es que está buena eh.
-Ya ves. Me pregunto a quién iba dirigido el vídeo porque nadie se cree que fuera para su...
-Bla, bla, bla.
-Rebla, rebla, requetebla.

17 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales II

PEDRO

Rebusca y rebusca en su traje hecho a medida, pero no encuentra la dichosa moneda con la que comprar un billete de autobús. Mierda, Pedro, te has dejado la cartera y en el curro y ahora está cerrado, necesitas esa moneda si quieres volver a casa. Vaga confuso alrededor de la plazoleta en la que se ha dado cuenta del error, convencido de que su disfraz de traje hará el resto: alguien le va a dar una moneda, fijo.

La sexta persona que aborda coincide con la sexta negativa, por su cabeza gravitando la idea de que nos estamos volviendo locos si no somos capaces de darle una moneda a quien la necesita. Coño, que va de traje. No te a va a atracar. No te pide un imposible. Apenas una moneda. Pedro se sienta en un banco, pero tiene frío, pega una patada a un cartón de vino vacío y enfila la puerta del supermercado para seguir su búsqueda, surrealista y titánica a un tiempo.

Qué suerte, se encuentra a Toni y le pide la moneda, pero el chico está en trance y ni siquiera entiende la petición que le formula. Toni, hombre, me das una monedita. Pobre diablo, se volvió loco por culpa de aquella chica, pero él sí podrá pagar el contenido de esa cesta que todavía lleva vacía. No consigue ese trocito de metal, que le podría llevar a su hija, al placer, a la tranquilidad, casi al mar. Su único día de visita esta semana a ella. Y está a punto de perderlo porque no consigue una moneda. Él, el hombre trajeado, importante y gilipollas.






16 de mayo de 2011

Relatos 9: Padre, bulto, lluvia y familia.

Abonados los 230 euros sale a la calle, donde un aguacero amenaza con sepultar la ciudad bajo toneladas de agua. Adopta una extraña postura de insecto encogido para poder correr con ese aparatoso y colorido paquete debajo del brazo izquierdo. Da igual, miles de gotas de agua se lanzan como pequeños kamikazes impactando en su cara, sus rodillas, el paquete. Al menos el bulto lleva bolsa, pero padre se tiene que mojar por cojones. A la altura de un semáforo, la realidad y la cinematografía se funden arrojando contra padre el resultado de sus maquinaciones: ese coche que pasa a toda leche y ese golpe de agua en el pantalón, ahora mojado, ahora chorreante. Padre se cala el sombrero hasta las cejas y una maldición se le escurre, a pocos decibelios, furtiva entre los dientes. Con lo gris que es todo, la lluvia, las prisas, el pantalón (también gris) mojado y ese paquete lleno de colores. Se diría que quieren ser más coloridos a mala intención. Dejado atrás el Corte Inglés, como un Godzilla con los pies envueltos en cemento, la calle se empina y los gemelos, todavía mojados, a trabajar. Padre opta por coger ahora el bulto con ambas manos, apoyándolo con dificultad en la tripa. A los cinco pasos se da cuenta de la mala postura. Pierde verticalidad y no se cae por poco. Tiene que parar a rascarse la cabeza, a ver si se activa alguna neurona, alguna voluntaria que aporte una solución al salchucho. 

Quedan unos doscientos metros de cuesta empinada hasta llegar a casa y hay que llevar ese maldito bulto de 230 euros. Debajo de un porche, abrigado de la cortina de agua que definitivamente oscurece el mundo entero. Una idea llega por la espalda, se sube a los hombros de padre y se introduce por la oreja hasta llegar al cerebro. Padre coge el paquete con los dos brazos por encima de la cabeza, más fácil de llevar, menos lluvia que aguantar. El bulto-paraguas. Avanza entre miradas sorprendidas, es que parece una mujer africana llevando una barreño de agua. La solución es válida durante cincuenta metros, momento exacto en el que estornuda y un gélido hilillo de sucia agua de lluvia proveniente del `paquete se cuela en el  hueco entre la camisa y el cuello de padre.  Efecto del escalofrío, un brazo corre resortado a tapar el cuello produciendo un tremendo desequilibrio en el bulto, que resbala y choca contra el suelo estrepitosamente. La anciana a la que el paquete no ha atropellado por centímetros se recupera del susto y arremete, paraguas en mano, contra padre, que acepta el castigo mojado, dolorido, frió e inmóvil. 

Espero que hayas guardado el ticket

Cuando arrecia el temporal (de paraguazos, que no de lluvia) reemprende la marcha, todo se está complicando demasiado, padre. Se remanga la camisa decidido a mostrar su determinación. Pero la fuerza de su impulso hace que el botón de la manga, metálico, raye la superficie del reloj que lleva en la muñeca. Padre alza la vista al cielo para buscar la mirada de algún dios al que retar, pero no encuentra ninguna. Cuando baja los ojos para valorar la gravedad del rayón se da cuenta de los que gritan las manecillas: es muy tarde, padre.  Acelerado por la prisa vuelve a coger el bulto con un brazo, es un esfuerzo considerable,  y empieza a caminar veloz con el termómetro corporal subiendo y subiendo. La furia de su paso causa más de un trasquilón con otros viandantes que reprochan a padre sus prisas. A estas alturas de la película, ni se vuelve a contestar, ni mira al cielo (dioses), ni a su muñeca (reloj), solo al suelo, solo la siguiente baldosa, porque siente que le va la vida en cada uno de esos pequeños cuadraditos de piedra que salpican la acera. A falta de cincuenta metros para el portal, ¡solo cincuenta metritos!, el brazo derecho se rinde, calambres, y debe hacer una última parada en el camino, mal momento porque el cielo se está desplomando en agua ya. Este último descanso coincide con el primer estornudo, violento, anticipo de una decena de futuros frenadoles. En el último tramo hasta llegar a casa adopta tres posturas diferentes, todas estupendas para enrolarse como funambulista en un circo. Y, al fin, el portal de casa, inundado de luz, la puerta al paraíso para padre. Deja el bulto, se escurre la lluvia como un chucho y busca las llaves entre los siete bolsillos de su chaqueta. Aquí no, aquí tampoco, llamada al timbre y voz femenina:
-       ¿Sí?
-       Cariño, soy yo, abre por favor.
-       Joder, vaya horitas ¿no?
-       Mi amor, abre que vengo empapado.
-       Sí, hala, tú como si nada. Y la cena medio fría. Sube anda…
El portal de casa tiene cuatro escaleras, pocas, pero un mundo a estas alturas. Padre coge el paquete con ambas manos y escala los peldaños de espaldas para ganarle terreno a la gravedad.  Acabada la cómica maniobra se da la vuelta y choca de bruces con el pequeño contenedor que el portero sitúa en un lugar del rellano en función de un azar que solo él conoce. Se monta en el ascensor pero no puede dejar el bulto en el suelo porque es un habitáculo pequeño, tú o yo pequeño, no hay sitio para dos en este ascensor. Cierra la puerta pero el brazo no le da para llegar a pulsar el ‘11’.  Lo consigue después de clavarse el bulto en la nuez. Sube once pisos medio asfixiado y , cuando la puerta se abre, el paquete sale despedido por la presión. Logra cogerlo en el aire pero con el esfuerzo cae y se queda de rodillas, con el paquete agarrado con un brazo y las piernas todavía dentro del ascensor, momento en el que madre abre la puerta de casa.
-       Pero, ¿se puede saber que hace? ¿Ganando papeletas para ir al circo? De payaso, digo.
-       Cariño, no es momento, ayúdame.
Madre coge a padre, al bulto, y la poca dignidad sobrante y mete como puede al trío en casa. El bulto queda en el salón y padre y madre se van a la cocina a comer unas croquetas que ya están frías del todo. Se mete media en la boca pero los mocos, raudos a la llamada de los estornudos, ya no permiten saborear a padre la comida. Interiormente, lamenta la pérdida del gusto y el olfato. Exteriormente, aguanta como puede  el chorreo de madre:
-       Es que a veces no sé donde tienes la cabeza. Llegas tarde a cenar, empapado, mírate ¿no puedes usas un paraguas como todo el mundo? Y te encuentro ahí, en el ascensor, medio tirado como un pordiosero. Yo aquí mientras tanto haciendo la cena, ahora tendré que recoger todo y encima ponerte a secar la ropa y, claro, plancharla mañana y…

Padre, derrotado y cabreado, una bomba con piernas. Solo falta el toque justo en la espoleta. Desde el salón llega ruido de papel rasgado y la voz iracunda de hijo:
¡JODER PAPÁ, TE DIJE LA PLAYSTATION!


 

 

18 de abril de 2011

Poemas I: El viaje de una lágrima

Si llego al lugar del que no se vuelve
me detendré a observar mi propia lágrima
resbalando solitaria
perdiendo su esencia poco a poco
hasta llegar a mis pies.

Primero pasará por mi rostro
testigo de la belleza
cómplice del placer
filtro de sentimientos
mi ojo cansado de mirar.

Descendería luego por el cuello
puente de pasiones
coraza de sangre
hasta llegar al pecho donde se hinchó el amor
y el llanto guardaba sus fuerzas
los pulmones, almacén de penas.

Mi lágrima seguirá su camino
besándome la tripa
laboratorio de mis peores impulsos
y hogar de dolores laberínticos
donde escondí aquello que odiaba
a salvo de la compasión.


A veces hasta la risa te abandona. Es grave, es importante.


Más abajo todavía
ya media lágrima perdida
me rozara lo masculino
guía de mis mejores
y de mis peores decisiones
el faro que apunta al azar
el acantilado donde se despeña la pureza.

En la parte final de su camino
mi lágrima bajará por un tobogán
las piernas con las que viajar
en busca de un sueño
o de una traición
y siempre de lo incierto.

Ya en el suelo, recostada mi lágrima
observaría mi caída
ralentizada por todo lo bueno y lo malo
que respiró mi vida.

Yo me iré
pero mi lágrima permanecerá
besando para siempre
la tierra en que me convertiré.

7 de marzo de 2011

Relatos 7: Dos años después

La tercera vez que la mosca se posa en mi mano no soy tan paciente. Me produce un hormigueo en el pulgar que recorre el brazo como una serpiente de electricidad. No necesito veneno, no ahora, así que estampo un manotazo estéril. Risa en el insecto y sorpresa en mi interlocutora.
-       ¿Me estás escuchando?
No le estoy escuchando.
-       Sí, claro.
Un dios enfadado me ha colocado en la silla de este bar y me ha puesto este café en la mano. Es la única explicación que se me ocurre.
-       No, no me escuchas, igual que entonces, igual que siempre.
Tengo un lío de cables dentro de la cabeza, a ratos veo cómo deshacerlo, a ratos me electrocuta el cerebro. Busco a la mosca con la mirada y no la encuentro. Sigo sin escuchar, pero estoy casi convencido de que, al otro lado de la mesa,  mi interlocutora sigue hablando. El rato que sí prestaba atención ha taladrado mis cimientos y no quiero más. Me ha sacado temas viejos, historias abandonadas en el páramo de mi memoria, latas vacías que patear. No estoy para estos trotes, no contigo señorita.
-       Déjalo, en realidad no te escucho.
Puedo ver cómo la furia juguetea en su rostro esculpiendo una mueca vacía. Le he dicho que no le escucho, merece su ración de enfado, pero ambos sabemos que no vale la pena. Ya no. Pero a ella le da igual:
-       Vete a la mierda.
Estupendo, estoy deseando, cualquier cosa menos estar aquí. Siento como el aire cristalino que mis pulmones han acumulado en los dos últimos años se vicia por momentos. Se me encienden las alarmas, pero no son cómo las recordaba. Ahora no son escandalosas, llenas de ruido e ira. Ahora son pequeñas bengalas que miro con curiosidad. Definitivamente, estas no son las alarmas que se me encendían entonces.
-       De acuerdo, me voy a la mierda.
Me levanto ajeno a cualquier sentimiento, como se vive en el vagón del metro, y doy dos pasos antes de que su mano rodee mi brazo. Esa mano. Su tacto alimenta el mío y dejo que los relámpagos se me cuelen hasta los huesos. Son apenas dos segundos.
-       ¿Me voy a la mierda o no me voy a la mierda? – preguntó.
-       No, quédate.
No tengo nada mejor que hacer esta mugrienta tarde de agosto, así que vuelvo dócil a mi silla. De repente, siento un cosquilleo en la mano. La mosca que merodea por el bar ha vuelto. Esta vez voy a dejar que enrede un poco antes de espantarla. Su hormigueo es algo menos molesto.
-       Perdona por mandarte a la mierda, pero te reconoce que te has pasado un poco tú también, Nico.
-       De acuerdo.
-       Mira, igual te sonó rara la llamada ayer.
-       Algo, sí – desde luego.
-       Bueno, pero es que he estado haciendo balance últimamente y me he dado cuenta de que no sabía nada de ti desde que lo dejamos. Me ha dado un poco de rabia. ¿Sabes de qué hablo?
Claro que lo sé hostia.
-       Más o menos.
-       Fuimos muy importantes el uno para el otro.
No me sonrías por favor.
-       Bueno, ¿y qué?
-       Joder Nico, pues que me da rabia, ya te lo he dicho.
-       ¿El qué?
-       Que ahora seamos unos completos desconocidos.

Siempre buscando la viga en el ojo ajeno
 Así que caminamos por una senda tenebrosa a la que me has traído de la mano. Siempre me ha dado miedo la oscuridad, lo sabes, y me traes al centro. Un bosque muy tupido que no deja ver el sol, justo como entonces. Vale, juguemos.
-       Da rabia, pero me parece lo más lógico con el paso del tiempo.
-       ¿Lógico? ¿Te parece bien que llevemos tanto tiempo sin hablarnos? ¿Después de cinco años juntos? – insiste.
-       No he dicho bien, he dicho lógico.
-       Tú y tus palabras.
-       Son importantes.
Me gusta esa pequeña victoria, paladeo el momento de satisfacción. Quiere jugar y sabe que la estoy llevando a mi terreno. Algunos mecanismos nunca se estropean. Se atascan, se oxidan, se quedan viejos. Pero aguardan en su rincón, esperando un poco de aceite para funcionar como siempre. Para contrarrestar, el siguiente trabucazo me lo pega a quemarropa.
-       ¿Tú has pensado algo en mí durante todo este tiempo?
Qué útil es formular una pregunta conociendo la respuesta. Te permite ganar tiempo, calibrar otros aspectos del ritual que sigue el que contesta. Puedes mirar sus gestos, el tiempo que tarda en contestar, si sonríe, si baja la mirada. Ahora mismo soy su pequeño conejillo de indias. Lo reconozco, me ha pillado en bragas y todo lo que me sale del cuerpo es puro, sincero. Natural. Me ha regado y he florecido.
-       No contestas –embiste de nuevo.
Ya sé que no contesto.
-       ¿Qué más da? –digo en pleno fuera de juego.
-       ¿Contestar?
-       No, coño, qué más da si he pensado en ti o no. Qué cojones importa. ¿Por qué quieres saberlo…
-       Curiosidad.
Y una puta mierda. Curiosidad es preguntarse por qué los barcos flotan. Lo tuyo es puro vicio.
-       Sabes perfectamente que algo he pensado en ti. No sé a dónde nos lleva esta conversación.
Ahora es ella la que no dice nada. Mira su café y deja que se le vacíen las cuencas de los ojos. Como yo no he perdido la mirada, aprovecho la tregua para buscar a la mosca merodeadora. La encuentro en la mesa de al lado. Es una mesa vacía, pero llena de vasos y platos sucios que el camarero todavía no ha recogido. El insectito se está zampando una miga. Me levanto con todo el sigilo que me permite la silla, crujiente de madera, y doy pequeños pasos en dirección a la mesa. Me entretengo unos segundos planteando la estrategia. Me imagino con uniforme militar, a punto de emprender la batalla final que me dará la victoria en una guerra. Si ataco por la derecha me puedo desequilibrar con el escalón. Tendría que equilibrar el cuerpo con una postura rara, así que no me conviene, es una mala opción. Si voy por la izquierda, solo tengo que retirar ligeramente una silla para situarme en la mejor posición de ataque posible, casi de frente. Todo son ventajas porque desde este ángulo no tengo que retirar vasos ni platos para alcanzar mi objetivo. Me muevo despacio, retiro la silla y el crujidito exalta a la mosca, que se lanza en pleno vuelo. Maldigo mi torpeza, pero la mosca vuelve a posarse, una segunda oportunidad que no estoy dispuesto a dejar pasar. Me acerco con cuidado y pongo la mano sobre la mesa. Suavemente, la deslizo por la superficie y me quedo al lado de la mosca. Ya es mía. En un golpe de muñeca envidiable, atrapo la mosca dentro del puño que ahora forma mi mano. Zas, eres mía. Sin abrir el puño en ningún momento salgo a la calle, donde el sol me clava un cuchillo de luz. Tengo la mosca en la mano, pero no sé que hacer con ella.

22 de febrero de 2011

Muertes ridículas 5: Palomitas letales

Maris Karasausks cerró la taquilla 207 de la comisaría central de Riga. Solo llevaba unos meses en el cuerpo de policía, era un oficial de apenas 27 años, pero cada día, cuando se quitaba el uniforme, sentía plomo sobre los hombros. No dejaba de preguntarse si estaba cumpliendo con la vocación de su vida o si los deseos poco disimilados de su padre, antiguo militar de carrera, habían rediseñado el cauce natural de los acontecimientos, convirtiéndole en algo que en realidad no era. Salió a las calles de la capital letona y se permitió imaginar tras un duro día de patrulla. Mientras vagabundeaba sin rumbo, se imagino dentro de cinco años, dentro de diez, dentro de veinte, dentro de cuarenta. En todas esas fotos fijas se veía con rostro triste y sangre en las manos. Era una extraña imagen que solía colarse en sus sueños. Nunca lograba adivinar si se había manchado las manos o si era él mismo el que sangraba. Sintió agobio y naúseas. Escupió a los pies de un árbol y, cuando levantó la vista, se encontró de bruces con el descomunal Forum, el complejo de cines más grande de la ciudad. Pensó que una píldora de evasión le sentaría bien. Se dirigió a la puerta y examinó las películas en cartel, bullendo un mes antes de los premios Oscar. Le daba igual. La mirada hpnótica de Natalie Portman decidió por él: El cisne negro.

El canibalismo no entiende de razas

La película cumplió su labor terapeútica. Ya desde los anuncios, Maris se sintió fuera de este mundo o al menos fuera de las oscuras cavilaciones que solían torturarle. Disfrutó con los tres trailers y cuando empezó la película ya había sido absorbido por la atmósfera. La luz muy baja, el sonido atronador, el mar de butacas. Se sintió relajado, en un paraíso de sosiego durante la primera media hora del film, una cinta diseñada para que Portman se llevara el Oscar. Los movimiento felinos de la bailarina seducían al policía: un velo de calma cubría sus cinco sentidos. Hasta que el oído dio la señal de alarma. Crujidos, crujidos rítmicos y montonos enturbiando su paz interior. Espero cinco minutos pero el ruido no cesaba. Crunch, crunch, crunch. Se dio la vuelta y sus ojos toparon con una monumental montaña de palomitas. Un tipo sentado justo detrás de Maris se las tragaba con parsimonia, haciendo un ruido innecesario. El policía podía escuchar cada lamido, cada diente triturando maíz, cada trago de aquella garganta infame. Y el embrujo de la bailarina se esfumó y volvieron los recuerdos y la imagen del padre y la depresión del coche patrulla y la rutina machacando el porvenir y toda la arena sepultándole. Pero Maris no dijo nada a su vecino de butaca durante los siguientes 78 minutos de celuloide. Y cuando llegaron los títulos de crédito, arrasado por las lágrimas tras una hora larga de viaje al infierno, volvió a su mente la imagen de las manos sangradas. Se puso de pie, dio la vuelta y acarició la pistola que colgaba de su cintura. Mientras acribillaba al comedor de palomitas, pensó que la cárcel purgaría todo su dolor.

(Interpretación libre de un suceso real)

16 de febrero de 2011

Relatos 5: Separar la mala hierba del trigal (en la dictadura argentina)


Diciembre de 1977.

Llevo unos diez minutos manteniéndome a flote en medio del Océano Atlántico y tengo mucho frío. Además la pierna que no se me ha roto está empezando a acalambrarse, así que no voy a sobrevivir más que unos minutos más. Ahora pienso que sería mejor haber muerto con la caída, pero mi instinto de supervivencia me hizo adoptar esa postura que aprendí nada más ingresar en el Ejército: cuerpo perpendicular a la superficie del agua y brazos pegados a los costados. El golpe ha sido tremendo (no sé cuántas fracturas tengo) pero he podido sacar la cabeza y seguir respirando un rato más antes de acompañar a mis compañeros de vuelo en el viaje final. Ellos no han sobrevivido al impacto supongo, porque no veo ninguna cabeza encapuchada asomando en el océano. Mire hacia donde mire, solo veo dos tonalidades de azul, el mar y el cielo, abrazados en el horizonte: una sosegada antesala de la muerte. Ahora me doy cuenta de que preferiría haber muerto con la caída porque me horroriza pensar qué tengo debajo de los pies.  Incontables seres vivos que mi agotamiento y trastornada imaginación convierten en monstruos ávidos de carne humana. Como algo me roce las piernas moriré del susto antes que ahogado. Pase lo que pase estoy condenado por mi culpa, por no cumplir rectamente con mi deber. Un momento de flaqueza puede arruinarte la vida y así tengo que asumirlo. Si no hubiera fallado ahora estaría a punto de aterrizar en Buenos Aires, de abrazar a mis padres, de seguir consagrando mi vida al glorioso Proceso de Reorganización Nacional.  

Pero ni siquiera yo he quedado libre de la debilidad. Yo, que fui educado con rectos valores por mi familia, por mi padre, que ya era capitán del ejército argentino recién cumplidos los treinta años. Por mi madre, siempre a su lado, mostrándole respeto, servicio y reverencia, la actitud de amorosa entrega propia de una buena esposa. A mí que nunca me faltó de nada, a mí que me enseñaron a entender el valor de las cosas, el esfuerzo que exigen las conquistas. Criado en el mejor ambiente posible y, sin embargo, débil en el momento decisivo y condenado a tocar la muerte con los dedos. Pronto me fundiré con ella en la inmensidad del Océano Atlántico. 

Esta vez no cabe el humor: Videla, un perfecto hijo de puta

La vieja de la guadaña, que tan lejana me parecía hace una hora, al partir del Aeroparque Jorge Newberry, en el extremo sur de Buenos Aires. Me extrañó que mi capitán nos citara tan de mañana (casi no había amanecido) y vestidos con ropa de calle. Todos juntos en la pista de despegue, esperando a mi capitán y sin uniforme, nos hemos sentido un poco desnudos, pero nuestro objetivo es cumplir órdenes. Solo llevo dos años en la Armada, pero no me hizo falta aprender el valor de la obediencia porque esas cosas se enseñan en casa y a mí mis padres no me fallaron. Finalmente mi capitán ha aparecido en la pista también vestido de calle y, sin mediar palabra, ha hecho gesto con la mano para que le siguiéramos. Varios aviones y avionetas sembraban la pista y mi capitán se ha subido a un SC7 Skyvan, un modelo muy pequeño con hélices y capacidad para unas 15 personas. Dentro me he topado con una escena extraña: un cura aguardando de pie y, a su lado, seis personas encapuchadas y de rodillas. El cura nos ha dirigido un breve sermón, algo sobre “separar la mala hierba del trigal” creo que ha dicho, aunque la mayor parte de sus palabras se me han escapado porque estaba nervioso antes de mi primera misión. 

Resulta que va a ser la última también. Lo pienso y me entras ganas de llorar, sobre todo si me comparo con mi padre, el mejor militar de la historia de Argentina.  Él sí muestra fortaleza. Pero yo no he heredado ese rasgo de su carácter. Yo soy débil. He pasado mi vida pensando lo contrario, pero desde el despegue he sentido una flojera en las piernas que ya me ha alarmado. Acabadas la charla del cura, él se ha bajado y nosotros hemos entrado en el avión. Las seis personas encapuchadas parecían dormidas o drogadas, tampoco lo he preguntado. 

 Ya en el aire, mientras penetrábamos el océano, mi capitán nos ha dado otra charla, esta vez sobre el “la falta de patriotismo”. Me ha servido para coger confianza porque yo sí soy patriota. Fuerte, así me sentía cuando el avión ha disminuido la velocidad para quedarse medio suspendido. Nadie ha hecho ninguna pregunta a pesar de la situación tan extraña, pero es que no estamos para charlar, sino para actuar y cumplir órdenes. De repente, sin mediar palabra, mi capitán ha cogido a uno de los encapuchados, lo ha levantado del suelo y lo ha conducido a la puerta abierta de la avioneta. Nos ha mirado desde sus gafas de sol y ha arrojado a ese hombre al mar. Al principio nos hemos quedado muy impactados, pero mis compañeros han ido reaccionando y, uno a uno, han hecho lo mismo que mi capitán. Les he visto y he tenido ganas de que el tiempo se detuviera un poco porque la cabeza no me respondía. Pero no ha podido ser y, pasados un par de minutos, solo quedaba un encapuchado a bordo, el que yo debía tirar.  Me ha temblado el cuerpo y mi capitán se ha dado cuenta. Me ha gritado. No podía elegir. He cogido a mi encapuchado y lo he llevado hasta la puerta. Pero no he podido tirarlo. Mi capitán lo ha hecho por mí mientras yo me derrumbada en la avioneta. 

Flaqueza. Debilidad. Defectos imperdonables. He pensado en deshonra, en vergüenza, en el inmenso honor de mi padre marcado para toda la vida por mi culpa. No lo he soportado. He mirado a mis compañeros de vuelo y, sin mediar palabra, me he tirado al océano antes de que mi capitán vertiera la primera palabra de reproche. Así le he demostrado al mundo que yo también soy capaz de asesinar por mi país. Ahora siento pena y alegría. Otra vez tengo muchas ganas de llorar, pero no puedo. La pierna ya no me responde y no puedo mantenerme a flote más tiempo, así que ya está, se acabó. Me hundo. Mientras me traga el oceáno, levemente mareado por la falta de oxígeno, me doy cuenta de que mi cadáver se quedará aquí y que nunca tendré una lápida que recuerde al hijo del glorioso Jorge Rafael Videla, presidente de la República de Argentina. 

(Inspirado en hechos reales: los vuelos de la muerte).

14 de febrero de 2011

Muertes ridículas 4: El beso fatal

Después de contemplar un despiste fatal, una despedida programada y un infartazo con retranca, ahondamos en los misterios que dan más miedito, los de nuestro cuerpo serrano y todo lo desconocido que se cuece en su interior. Porque no sé vosotros, pero a mí me da cosa cada vez que oigo mis jugos intestinales como suspiros agónicos de la niña del Exorcista. Sabemos que la sangre circula casi desde hace quinientos años, cuando lo descubrió Miguel Servet (otra muerte con tela: chamuscado en la hoguera) y en todos estos siglos la medicina lo ha descifrado casi todo, pero quedan agujeros negros insondables, como el que se tragó a esta pobre diablilla.

El morbo por los calvos puede ser fatal

¡Bienvenidos al maravilloso Síndrome de muerte súbita del adulto! Se comenta en este artículo médico que cada año se producen 150 muertes inexplicables en Inglaterra y que se pueden deber a anormalidades eléctricas del corazón. ¡Anormalidades eléctricas del corazón! Suena a título de canción de Los Planetas o a poema de Pablo Neruda. Pero en realidad es una historia muy prosaica. Jemma Benjamin, una chica universitaria y sana, nadadora y jugadora de hockey, con 18 añitos en plena ebullición que piden un besito a su ligue. Y hasta luego Lucas. ¿Qué pensara Daniel Ross el resto de su vida? ¿Que es el mensajero de la Parca o que la medicina aún tiene camino por explorar? A buen seguro, lo que más le preocupará es que ninguna otra chica conozca su extraña habilidad o dormirá solo todas las noches de su vida.

7 de febrero de 2011

What if...? 1

El escritor checo Milan Kundera es una máquina de citas interesantes que para eso es listo, viejo y curtido en la vida. Pero cuando leí (y no entendí) La insoportable levedad del ser hubo una frase que me dejó muy roto, de puro simple y contundente. Venía a decir que el hombre no tiene manera de saber si ha acertado en la vida porque solo vive una vez y no puede comparar con otras vidas hipotéticas. ¿Qué evidente, no? Y qué jodido también. Cuando nos enfrentamos a una decisión importante sopesamos todos los aspectos cuidadosamente y luego nos lanzamos a por la opción elegida. Con el paso del tiempo, la opción descartada se difumina en nuestra memoria, que, según los científicos, está diseñada para recordar las cosas buenas y olvidar las malas: cuestión de salud mental, de supervivencia. Por eso es tan interesante la iniciativa que inició Marvel en los años setenta con la serie What if...?

Pese al morbo es un mal partido: descendencia incierta

A la editorial que alumbró mitos de la cultura popular como Spiderman, Hulk, Los X-Men o Los Cuatro Fantásticos se salió la vena soñadora. Creó una serie para deleite de sus guionistas, que imaginaban sin barreras bajo la premisa "¿Qué pasaría si...?". La serie continúa en la actualidad y ya sobrepasa los doscientos números. Mi hermano devoraba tebeos de Marvel y, aunque yo los hojeaba sin su pasión, sí que me sentia muy atrapado por aquellas historias que se desviaban de cualquier canon establecido. Eran pequeños oasis de libertad creativa. Quiero ir lanzando distintos What if...? en este blog pero no sobre superhéroes, sino apuntando a seres de carne y hueso, a esas vidas que nunca podremos comparar con otras. Porque la mayoría de las veces lo relevante no es qué ha pasado, sino qué habría pasado.

6 de febrero de 2011

Relatos 4: Presas de caza


Resulta muy extraño verte postrado en esta cama de hospital. Tú, siempre sano como un roble, enredado en un puñado de tubos que parecen chuparte la vida poco a poco. He planificado al milímetro mi comportamiento, pero sin calcular la impresión que me producen los hospitales, capaces de deshilacharme el corazón. Lanzo un vistazo rápido a la habitación y compruebo que estás solo, dormido y rodeado de flores. Más que tu convalecencia parece tu funeral. Apoyo el bastón en la puerta. Estás dormido, pero puedes despertar en cualquier momento. Y nunca jamás te permitiría verme caminar con esta prótesis de madera. Cojeo hasta la cama, me siento a tu vera y compruebo que mamá lleva razón. Me lo ha avisado por teléfono antes de coger un taxi hacia el hospital.

-       Nico, ¿seguro qué quieres verlo?– me ha dicho, mientras un puñal de tristeza rasgaba sus cuerdas vocales.
-       Creo que sí, mamá.
-       Hijo mío, está muy mal, muy pálido. No sé si saldrá de esta.
-       No digas eso, mamá, ya sabes lo fuerte que es– he contestado sin convicción y menos mal, porque mamá ya no me escuchaba, solo lloraba.

Mamá decía la verdad, estás muy pálido. El tono cerúleo de la pared resalta los brochazos que te resquebrajaban la cara, pintados con el color de la muerte. ¿Entonces es cierto? ¿Vas a morir? Cómo saberlo, cómo escrutar el alma de un hombre que convirtió la mentira en el engranaje de su vida. ¿Serías capaz de fingir hasta tu propia muerte? Te estarías superando papá. Miro hacia la ventana, buscando que algo de luz bañe mis ideas. Respiras trabajosamente a menos de diez centímetros de mi. Hacia años que no estábamos tan cerca. Imagino la situación que se produciría se despertaras de repente. Lo primero que verías sería mi cara. ¿Qué pensarías entonces? “Mi hijo está aquí. ¿Sigo dormido y es un sueño? ¿Cómo estará? ¿Y su pierna?”.



Pues mi pierna está mal. El mes pasado entré en quirófano por quinta vez, arropado por los ánimos de mi médico que, a estas alturas, tiene tan poca credibilidad como tú. Es cierto que algo he mejorado, pero el bastón es para toda la vida. Esa maldita compañía que tú pusiste en mis manos hace casi quince años. ¿Recuerdas aquel día? ¿O ya has engullido la culpa, si alguna vez llegaste a sentirla? Yo era un chaval y me gustaba jugar al tenis, no asesinar animales, pero que más daba. A las nueve de la mañana escuché tu voz, apenas un susurro que bastó para despertarme.

-       Nico, tengo una sorpresa para ti.

Era domingo y un sol radiante dividía tu rostro en dos. Aquella imagen se me quedó grabada. Tu sonrisa de tahúr abalanzándose sobre mi cama. Esa cara ensayada que te tantos negocios te ayudó a cerrar. Yo estaba medio dormido. Fue la última vez que te miré con respeto.

-       Venga. Vístete.

Me diste unas ropas de color caqui que vestí sin rechistar. Bajé a desayunar. Tú ibas ataviado igual, así que yo parecía tu réplica en miniatura. Era ridículo, pero a ti parecía llenarte de un gozo secreto que se te filtraba por los ojos. Salimos al porche y ahí estaban las escopetas, alineadas milimétricamente, esperando con rabia contenida el momento de escupir balas. Me horroricé.

-       ¿Qué es esto papá?– pregunté
-       Hijo mío, son escopetas. De verdad, no como las de la feria. Nos vamos de caza.

No tenía ni idea de que asesinabas animales. Un aspecto de ti desconocido para mi, como tantos otros que fui descubriendo con el goteo de los años. Sobrecogido por la impresión, entré en el Mercedes. No dije nada en la media hora que duró el trayecto, solo podía mirarte a hurtadillas e imaginar cosas horribles. Mi padre mata animales. Mi padre mata animales. ¿Qué más cosas horripilantes hace?

El traqueteo de la grava interrumpió mis oscuras cavilaciones. Ya estábamos en pleno campo. Seguimos por una senda estrecha que moría en una amplia explanada, donde había aparcados tres coches más, todos caros como el tuyo. Al lado, sus propietarios charlaban a voces y bravuconeaban escopeta en ristre juntos a otras réplicas como yo: sus hijos. Me estabas utilizando para cerrar un trato con aquellas personas que parecían tan importantes, pero qué iba a saber yo entonces. Tenía 14 años. Era un niño, papá. Aunque ya lo era menos dos horas después, cuando se me disparó la escopeta en la rodilla y sentí el mordisco de la bala. No me habías explicado cómo funcionaba la escopeta, ni el gatillo, ni el seguro, no me habías hecho ni caso desde que habíamos aparcado el coche. Y ahora, cuando mi cuerpo teñía de rojo el ocre del campo, solo acertabas a echarme la culpa. De mi rodilla manó un litro de sangre, mezclada con toda la inocencia que todavía conservaba. Aquel accidente quebró un trato y el vínculo entre un padre y su hijo. Todavía hoy, al pie de esta cama en la que yaces moribundo, me pregunto qué golpe acusaste más.

Y ahora estamos en la habitación 338, lacerados por un daño irreparable. Casi en contacto físico hasta que entra le enfermera con la bandeja de comida. Me dirige una mirada cargada de cariño, que, al mismo tiempo, invita a abandonar la habitación. Capto la intención. Además, el ambiente del hospital empieza a incomodarme como arena en los ojos, así que es la hora de marchar. Me levanto, camino hacia la puerta y abandono la habitación, a pesar de la frase apagada que te escuchó balbucear a mitad de camino.

-       Nico, te dejas el bastón…

1 de febrero de 2011

Muertes ridículas 3: El funerario ultraprofesional

Con todos vosotros, un profesional como la compa de un pino, una persona que decidió traspasar la frontera de la realidad y convertirse en un personaje de Berlanga. Resulta que eres un funerario, que tu trabajo es tratar día a día con la muerte, igual que el panadero trata con la harina o el comercial con recibimientos escépticos. Vas a atender una faena peliaguda, un tipo que lleva dos meses desaparecido y que aparece tiesito en un bosque burgalense. No problem, te dedicas a esto y nada puede quebrar tu recia coraza. Pero, ahí amigo, quién te asegura que tu corazón no puede reventar en plena faena...

Puedes palmar por un despiste fatal o puedes elegir tú mismo cuando despedirte del valle de lágrimas, pero en ambos casos tú eres un factor decisivo de la ecuación. Lo malo es cuando te pilla el toro y no sabes ni por dónde ha venido. Y si encima ese toro tiene una guadaña y un sentido del humor fino como el coral, te vas de cabeza a una muerte ridícula.

Espero que sepas inglés...

Lo más bonito, como la bonoloto, y lo más feo, como un accidente de tráfico, son cosas a los extremos del camino y vamos por la vida convencidos de que no caeremos en la cuneta, de que todo les pasará a otros. Cuando suena el despertador te preguntas por lo que traerá el nuevo día y cuando te acuestas casi siempre te das cuenta de que, al final, no ha pasado nada. Y eso da rabia. Pero, ¿que no pase nada es bueno o es malo? Preguntádselo al funerario de Belorado. Seguro que él no estaba de acuerdo con aquel recopilatorio de música heavy cuyo título rezaba: "Sometimes, death is better".

31 de enero de 2011

Relatos 3: Pajaritas





Oscilaba la barrera de los cuarenta años. Podías situarlo a un lado u otro de esta frontera de edad dependiendo de las gafas. Si se las ponía, parecía más viejo, pero no en un sentido negativo. Aquellos cristales abrazados por plástico negro encajaban bien con las palabras que salían de su boca. Me repitió la pregunta:
-¿Por qué quiere comprar una pajarita?
Se había quitado las gafas para preguntar. Le acercaba más a la complicidad, creo que él lo sabía bien.
-¿Tiene que haber un motivo? –le contesté.
Bajó la mirada y se dejó tragar por su enorme silla negra de oficina. Una vez acomodado, se giró noventa grados a la izquierda. Tenía una mesa de madera en forma de ele. Cogió la regla, el lápiz y una cartulina para reanudar la tarea que cumplía antes de mi irrupción en la tienda. Se puso a las gafas. Volvía a cargarse de años.
-Eche una ojeada a las pajaritas que hay expuestas en la pared –me invitó.
Me aparté de la mesa y seguí su consejo. Por el rabillo del ojo vi aquellos dedos de pianista rehaciendo el absurdo. En la pared colgaban más de cien pajaritas. Ninguna era más grande que la palma de una mano. Estaban hechas con cartulina normal, de la que se vende a los niños en las papelerías. Una decena de los colores de siempre. Nada de beis, azul marino, blanco roto... Nada de intoxicaciones. Eran rojas, azules, verdes, amarillas… Puras. En la tonalidad exacta que imaginarías si te dijeran que pensaras en un color. ¿Pensamos todos en la mismas tonalidades? Sí, aquellas cartulinas escolares eran las mismas para todos los niños de todos los colegios. Habían grabado a fuego nuestro imaginario colectivo de colores. De repente, aquellas pajaritas me hicieron sentir protegido. Algo familiar me rodeaba.
-¿Busco protección? –pregunté al artesano pajaritero.
-¿Cómo dice? –contestó, dejando su labor por un momento.
-Que si busco protección.
-Usted sabrá –dijo con las gafas puestas. Años y aire sabio–. Usted viene de discutir con alguien, ¿verdad?
Me lo preguntó mientras yo acariciaba una pequeña pajarita roja. El tacto era más áspero de lo que había imaginado.
-Sí, lo ha adivinado –concedí.
Así que era cierto. Aquel tío bajito y hacendoso adivinaba cosas. Al final el chiflao de Manu iba a tener razón.
-¿Cómo lo ha sabido? –pregunté.
-Tiene cara de enfadado.
-Pero podría tener cara de enfadado por mil cosas que no fueran una discusión.
-Sí, claro que sí.
Y volvió a su absurdo. Recorrí toda la tienda con la mirada. Era muy pequeña: la puerta, el escaparate, dos paredes llenas de pajaritas y la mesa en forma de ele delante de otra puerta. El País de la Maravillas parecía esconderse detrás de esa puerta. A pesar del enfado que me cargaba, era capaz de imaginar cosas divertidas. Aquellas pajaritas moldeaban el ambiente. La vista me burbujeaba.
-¿Por qué abrió una tienda de pajaritas?
Se hundió un poco en la silla de oficinas y puso la mano derecha en la sien. Pensaba que iba a quitarse las gafas, pero hizo lo contrario, se las reajusto a la nariz.
-La ley del mercado, oferta y demanda. Pensaba que la gente las compraría y por el momento no me ha ido mal.
Curiosa contestación.
-¿Y cuánto valen? –seguí.
-Cinco euros cada una.
-¿Valen todas lo mismo? ¿Da igual el tamaño?
-Sí, da igual. Cinco euros cada una –repitió.




Me pareció muy caro. Cada pieza de cartulina valía un euro y calculé que haría unas tres por pieza. Le costaban 33 céntimos y las vendía por quince veces más. La ley del mercado no pintaba nada. Era aquella sensación de electricidad estática que te envolvía nada más entrar en la tienda, aquellos minutos hipnóticos que podía pasar eligiendo una pajarita mientras se te refrescaban los sentidos.  No se me ocurría otra explicación ni pensé en los que les pasaría a otras personas frente a aquellas paredes llenas de colores. Pero qué importaba. Cinco euros no van a ningún lado, joder.
-¿Por qué ha entrado en la tienda? –preguntó entonces.
-Un amigo me dijo que usted adivinaba cosas.
-¿Eso le dijo? –contestó con aire socarrón mientras se quitaba las gafas –. Ya sabe, la gente se cree lo que sea.
Manu era un tío listo. No se creía cualquier cosa. Y yo menos. El vendedor siguió a lo suyo.
-¿Con quién ha discutido? –Me preguntó.
-Adivínelo.
-Creo que con su novia.
Le hice entender su victoria con una leve sonrisa. Irene me había puesto la cabeza como un bombo y esta vez yo no me había callado. No era cierto. Sí que le hacía caso en las decisiones importantes. Confiaba en ella, pero ambos arrojábamos mierda al pozo. Ella por no creerme, yo por no hacerme creer. La fractura amenazaba con extenderse como una grieta. Había salido a la calle rabioso y de repente estaba dentro de la tienda de pajaritas. Estaba en la misma manzana que mi casa, pero nunca había entrado. No veía motivo. Me parecía una extravagancia, hasta que, una semana antes de discutir con Ire, Manu me dijo que el pajaritero era adivino. Me lo dijo de fumada y lo dejé estar como una parida más. Solo de pensar que Manu había entrado en la tienda me daba la risa floja. Y ahora era yo el que estaba allí, rodeado de pajaritas y sin escapatoria.
-¿Qué hago aquí? –pregunté algo angustiado.
-Usted ha entrado en una tienda en la que se venden pajaritas. Puede hacer dos cosas: comprar una o marcharse. No sabe por qué ha venido y usted sabe que cuestan cinco euros. Viene de discutir con su novia. Por mi parte es todo lo que sé.
-¿Cómo elegiré una? –dije.
-Yo las conozco bien, las he fabricado todas con mis manos. Si no se ve preparado, deje que yo elija una y pásese otro día a recogerla. Un día que esté más sosegado –contestó. Las gafas estaban encima de la regla en una postura extraña. Parecían derrotadas. El vendedor era más joven que nunca. Quizá por debajo de la treintena.
-De acuerdo –saqué un billete de cinco euros, lo dejé caer en la mesa y se posó en uno de los cristales de las gafas. Lo retiré rápidamente y se lo puse en la mano al pajaritero–. Un día de estos paso a recogerla.
Abandoné la tienda despacio. Los meses pasan y nunca me he decidido a entrar. A veces paso por delante y echo una mirada fugaz. Creo que el vendedor nunca me ha visto. Siempre está haciendo pajaritas con las gafas puestas.

27 de enero de 2011

Quinitos 3: Discrepo

Quinito que se remonta a la Antigua Grecia, cuando la gente solo llevaba puesta una sábana o directamente iba en culos. También usaban ánforas.
Es la democracia llevada al bebercio. Una asamblea de sopladores reunida: cada uno dice una palabra y el siguiente tiene que decir otra que esté relacionada en cualquier sentido, por lisérgico que sea. Los asamblearios pueden discrepar o dejarla correr hasta el siguiente, que será sometido al mismo escrutinio. Bebe siempre la minoría, sean los discrepadores o los tipos callados. La abstención cobra un nuevo sentido.

No vale repetir palabra ni decir nombres propios.

 
Primer discrepo del que se tiene constancia.

FICHA TÉCNICA

NOMBRE: Discrepo.
MODALIDAD: Oral.
CUÁNDO JUGARLO: Poca gente de ciencias en la mesa.
TAJAMIENTO: 6/10.
HÁNDICAP DE NOVATO: 9/10.

20 de enero de 2011

Quinitos 2: La Pirámide

Hace cuatro milenios largos a los egipcios les dio por levantar unas construcciones grandísimas que hacen bonito, pero que no sirven para nada. ¡Honremos tanto esfuerzo inútil de miles de esclavos! ¡Convirtamos la maldición de aquellos pobres diablos en desenfreno etílico!

La pirámide es el 'killer' por excelencia, el Romario de los quinitos cuando tu boca es una portería. Las hay desde las sencillas pirámides de cinco pisos para tres personas hasta los elefantiásicos modelos construidos con dos barajas y varias 'supercartas' en su cúspide. Se reparten a cada jugador X cartas (entre 3 y 6 aprox) que, durante la siguiente media hora, valen más que todas las joyas de la abuela juntas. Con el resto de la baraja se construye una vistosa pirámide. Se juega igual que al mentiroso, mandando tragos si sale tu carta según se va destapando, pero con la gracieta de que a cada piso se dobla el valor de las cartas. Le tendencia al escaqueo se penaliza fuertemente y, si no, "habértelo pensado mejor antes de empezar a jugar, pollo".

La pirámide te catapulta hacia una noche histórica: el motivo ya se verá.

Tutankamón jugaba con Cazalla. Eran otros tiempos.

FICHA TÉCNICA

NOMBRE: La Pirámide.
MODALIDAD: Cartas.
CUÁNDO JUGARLO: Prisa malsana por beber.
TAJAMIENTO: 10/10.
HÁNDICAP DE NOVATO: 5/10.

17 de enero de 2011

Quinitos I: Búfalos

(Usar la letra 'k' es hortera o propio de idiomas bárbaros)

Porque hay muchos que estamos jartos de que los botellones se conviertan en conversaciones pseudotrascendentales sobre utopías políticas, porque queremos tajar al canso que no calla o al canso que no dice palabra, o a la "chica-tímida-que-esta-noche-acaba-a-veinte-uñas". Porque las jajas son sanas. Porque se aprende jugando. Porque no se apuesta vil metal, sino lingotazos. Por todo eso nos gustan los quinitos.

El más sencillo es el Búfalo, un quinito transversal que se suma a cualquier otro que esté en marcha. ¿De qué trata? Beber con la mano mala toda la noche. Cuando una persona pilla a otra soplando con su mano buena debe gritarle ¡BÚFALO, BÚFALO, BÚFALO, BÚFALO, BÚFALO! hasta el hastío y el infractor tiene que jincarse un traguito extra. Sorprendentemente, tiene una base científica. Para los curtidos es un juego de niños, pero el típico fulano duro de mollera atraviesa una tortura que dura varias horas. Muy útil para integrar a la gente.

"¡Que soy zurdo, joder!". Bebes doble por mentir.

FICHA TÉCNICA

NOMBRE: Búfalo.
MODALIDAD: Transversal.
CUÁNDO JUGARLO: Siempre.
TAJAMIENTO: 8/10.
HÁNDICAP DE NOVATO: 9/10.

28 de octubre de 2010

Relatos 2: Ánimo, ¿vale?


Se me acercó aquel hombre. Parecía que alguien le había succionado el rostro y ahora apenas quedaba carne en la que alojar esos ojos meditabundos, perdidos, dislocados. Vestía un chándal y arrastraba por el vagón una mochila de tela vaquera. Levanté la vista del periódico para escuchar mejor lo que intentaba decirme, pero era imposible entender nada en aquel hablar bajito y extraviado. No sabía qué imploraba, pero sabía que imploraba. Saqué la cartera del bolsillo y abrí el monedero, donde había una moneda de dos euros y otras dos de veinte céntimos. Dejé la grande en su sitio y le tendí las dos pequeñas. El extendió una mano que solo era dedos y recogió el botín sin fuerzas para agradecérmelo porque solo le quedaba aliento para seguir arrastrando la mochila. Unos segundos después volví a escuchar sus ruegos. Ahora le tocaba a una chica morena y guapa de unos veinte años que refugiaba los pies en unas largas botas de cuero. Escuché claramente lo que ella dijo, “es que no llevo nada”. El hombre descarnado no se inmutó y siguió peleando contra el mundo camino del siguiente vagón. Era la una y media de la madrugada. Al cabo de dos estaciones escuché un sonido nuevo que interrumpió mi lectura. No podía creer que alguien estuviera sollozando. Un lamento sordo, mezclado con sorbo de lágrimas, en el que la tristeza quedaba varada. Pensé que el hombrecillo estaba seco, que no podía llorar de esa forma, y acerté. A mi derecha, en la siguiente bancada de asientos, la chica que no tenía monedas se estaba desbordando con la cabeza entre las manos. 

Agresión visual continuada. Tarjeta amarilla.

Quedaban dos estaciones para llegar a mi destino y me pareció muy poco tiempo para resolver aquel enigma. Encima perdí una estación sin hacer nada, paralizado por ese llanto profundo en el que se expandía una pena insondable. Era muy desconsolado. Estábamos a punto de llegar a mi parada y me levanté, notando que tenía las zapatillas bañadas en plomo. Me liberé un poco de peso mientras entrábamos en mi estación.
-       Oye, ¿te encuentras bien? –dije después de levantarme, a un metro de distancia de las lágrimas.
Ella levantó la vista, incrédula. Me dijo que sí con la cabeza, pero que no con el alma, que también se expresó aunque no sé cómo. Luego pasaron cinco segundos hasta que el convoy freno del todo. Entonces pulsé el botón, se abrió la puerta y saqué medio cuerpo del vagón antes de volverme.
-       Ánimo, ¿vale? –le dije, sintiéndome mal porque no podía ayudar más.
Ella tenía una mano en la cara, atareada con un pañuelo. El sofoco no le dejó contestar. Con la otra mano me regaló un adiós sincero. También dijo que sí con la cabeza, sonriendo. Mientras subía las escaleras mecánicas me sentí feliz, pero solo duró un puñado de segundos. El metro siguió su camino con la chica dentro y yo lo vi marcharse desde la altura. Salí a la calle y las últimas escaleras, estas de piedra, trocearon mi sombra. La ciudad descansaba como un dinosaurio herido.

19 de octubre de 2010

Muertes ridículas 2: Autólisis

Vale, el suicidio no es exactamente una muerte ridícula, ni da risa claro, pero, de algún modo, está en el mismo saco que el tipo que palmó por el GPS o similares: finales trágicos evitables. Darse muerte a uno mismo es un tema oscuro, sombrío, limítrofe con el abismo. En los medios queda difuminado, generalmente se habla de "accidentes" por miedo a un supuesto "efecto llamada" que nunca ha quedado demostrado. Usease, que si lees que un tipo se ha suicidado te entran unas ganas terribles de curiosear en el cajón de los cuchillos. Por eso es tan llamativo que El País haya abordado el tema en las habituales mejores dos páginas del periodismo diario: su apertura de Vida&Artes.

Mochilo nunca superó la pérdida de Gazpacho

El reportaje es una pistola cargada de balas. Primer disparo, ataque directo a la perplejidad del lector: ¿sabéis cuánta gente se autodespide en España cada día? Nueve personas, toma ya, un total de 3.457 al año. Segundo fogonazo en la estadística palmaria de sexos: tres hombres por cada mujer. Hala y ahora pon a mil expertos a reflexionar sobre las causas sociológicas, psicológicas, económicas, familiares... de estos datos que, como queda claro en el reportaje, aquí no se pone de acuerdo ni dios. Joder, es que no sé a vosotros, pero a mí se me rebullen las vísceras cuando algo supera mi comprensión. Y esto del suicido se me queda a muchos kilómetros. Sinceramente, me parece estúpido por la cantidad de cosas estupendas que tiene la vida pero, al mismo tiempo, imagino que, si se juntan muchas putadas, puedes ser engullido por un descomunal agujero negro de depresión. Mal rollo. Los expertoides solo se ponen de acuerdo en una cosa: el que tiene dos buenos colchones (familia y amigos) no se levanta para ir a la azotea y sucumbir a la llamada del vacio. ¡Todos a cultivar!

15 de octubre de 2010

Relatos 1: Los chinos


En la tienda se oye el sonido de la electricidad atravesando la nevera. En el umbral de la calle apenas se escucha un zumbido de grillo moribundo y dos pasos más lejos ni siquiera eso. Jiang se encuentra en la frontera entre el murmullo eléctrico y el silencio. Los pies le pesan como alforjas porque está atenazado por un veneno dulce, el que se apodera de él cada vez que su amiga Xiaoqing va a la tienda a visitarle. Esta vez han salido a la calle por sugerencia de Jiang, que desea espacio. Piensa que las paredes baratas de la tienda pueden engullirlos a ambos. Por un momento imagina que es un héroe salvando a la chica de un monstruo y coge algo de ánimo, pero no dura mucho, porque el veneno enseguida se apodera de todo. El efecto de la pócima resulta letal cuando ve la falda corta de Xiaoqing, que, cegada por la inocencia, duda de su eficacia como hechicera. Ella también está un poco envenenada. 17 años. Quizá son demasiado jóvenes para encarar el reto con el que han chocado. Sus familias compartían una arraigada amistad en China, tan profunda que les impulsó como una catapulta hacia España, donde creían que la gente vivía de noche y soñaba de día. En China compartieron trastadas de niños, pero nunca fueron amigos por culpa de Jiang, tan empeñado en tirar de las trenzas a Xiaoqing que la niña sucumbió a uno de esos miedos infantiles que arrasan valles y montañas. La adolescencia generó olvido mutuo, pero una vez superados los granos y las bravuconadas, se mudaron a España y empezaron a encajar. De momento solo era una promesa agazapada, pero cada vez era más evidente que una chispa bastaría para inflamar su relación. 


En medio del silencio veraniego, Jiang escucha nítidamente los pasos de una persona entrando a la tienda. Se disculpa ante Xiaoqing con una sonrisa improvisada y entra en el comercio, donde no hay ningún monstruo amenazador, solo un hombre escarbando en la nevera. Su corpachón, agitado por un vaivén incierto, frisa los cincuenta. El electrodoméstico gimotea siempre que enredan sus entrañas.

- ¿No hay hielo? Vamos no me jodas.

Jiang se excusa con un movimiento de hombros inocuo que no agrada al cliente. El tipo se acerca al mostrador y pone las manazas encima del cristal. Aunque atufa a alcohol, Jiang logra contener el gesto de asco que su cuerpo le obliga a mostrar. No lleva ni un año detrás del mostrador, pero no es la primera vez que se enfrenta a una situación similar. Por qué ahora, se pregunta en medio del traqueteo, en el vagón de una montaña rusa que empieza a acelerar.

- ¿No se supone que tenéis de todo? ¿No se supone que tenéis de todo?

Un hombre desquiciado a las seis de la tarde.

Los gritos envilecen el ambiente silenciando la monotonía eléctrica de la nevera. Jiang siente miedo y el puñado de palabras que sabe decir en español no pueden sacarle de un apuro así. Con el rabillo del ojo ve que Xiaoqing tiene medio cuerpo dentro de la tienda. Ella también está asustada por los bramidos del bruto, que amenaza con subir otro escalón. Dicho y hecho. No tarda ni un segundo en coger a Jiang de la solapa de su camisa para increparle de cerca. A un milímetro de la agresión física, el joven respira el miedo. No es valiente y no le importa, pero saber que Xiaoqing está contemplando la escena agujerea el centro neurálgico de su orgullo.  Se siente náufrago en una marea de emociones, preparado para chocar contra el acantilado cuando ve que el cincuentón sube el puño para arrearle. Pero la sangre no llega al río porque un potente rayo de luz deslumbra al agresor, que libera a su presa para taparse los ojos con las manos. Jiang comprende su oportunidad y, estimulado por un dulce veneno, le empuja. Ciego y vencido, el borracho se estrella contra la nevera y cae al suelo enmarañado por la confusión. Intenta levantarse, pero el alcohol le muerde la piernas y cede. Se queda tirado como un títere roto y abandonado, pero los muñecos no lloran. Los sollozos de un hombre que acumula dios sabe qué tragedias. Jiang le ayuda a levantarse y le pide educadamente que se marche. El tipo sale trastabillado de la tienda, rodea a Xiaoqing y dobla la esquina después de escupir varios insultos inteligibles. Dentro de la tienda, Jiang recoloca la nevera, hincha el pecho y sale a la calle para contarle su victoria a Xiaoqing. La chica escucha con embeleso y luego abraza a Jiang, aprovechando el momento para guardarse con disimulo su pequeño espejo de maquillaje.

8 de octubre de 2010

Maldito Peter Englund

Basta con que nos digan que algo no se puede hacer para que, instintivamente, brote en nuestro interior un deseo salvaje de hacerlo. Y basta con que Peter Englund cierre una puerta con avidez para que nos preguntemos qué rayos trata de esconder.


No te escondas Peter Englund
Pinchad en el enlace. "El Premio Nobel es para Vargas Llosa, bla, bla, bla...". En este vídeo se puede ver el recorrido completo de nuestro querido portavoz del Instituto Karolinska. Olvidaos de la trascendencia del premio, de la brasa que pegan los medios con vida y milagros del peruano porque toda la importancia se agolpa tras el detalle de la secuencia.

Vemos una puerta.

Se abre la puerta y aparece Peter Englund (hasta aquí parece un chiste...).

Es un tipo que afeita impecablemente los cuatro pelos que han sobrevivido a la trágica calvicie. Porta un elegante traje gris con corbata a juego y pañuelo saltarín en la solapa. ¿Será el uniforme del Instituto Karolinska? Y ahora viene la clave. Durante dos segundos mágicos vemos lo que hay detrás de la puerta. Aparentemente, solo una amplia estancia diáfana, una ventana con visillos de esas que dibujamos de niños y medio mueble con medio cuadro encima. Si solo es eso, ¿por qué Peter Englund se da tanta prisa en cerrar la puerta? Lo hace con un gesto esmerado, con una grácil pirueta en la que se da media vuelta, cambia de mano para coger el pomo y vuelve a cerrar la sala en la que se cuece el premio literario más rimbombante del planeta. Otro año entero oliendo a cerrado. Cuando suelta la bomba, en vez de retornar a la habitación, dobla el papelito, baja unas escaleras y se junta con sus amigotes, que le esperan para tomar una Nordic Mist.

Esta escena se repite en cada anuncio de un Premio Nobel. Cada vez que lo veo en televisión, cada vez que Peter Englund cierra rápidamente la puerta y me deja claro que nunca podré entrar, brota en mi interior el deseo instintivo de transgredir, de llevar la contraria, de revelarme. De coger un Ryanair a Estocolmo, plantarme en el Instituto Karolinska y tirar la puerta abajo de un cabezazo. Pero no me atrevo. Estoy seguro de que, una vez derribado el obstáculo, me asaltaría una duda: ¿Merece la pena rasgar el misterio? Puede que solo sea una habitación más del mundo. Pero también puede que dentro haya un montón de señores barbudos debatiendo cosas interesantísimas a todas horas. De hecho, dentro puede haber todo lo que uno pueda imaginar.

¿Qué esconde el condenado Peter Englund? ¿Qué ha hecho para merecer su impagable privilegio?

6 de octubre de 2010

Muertes ridículas 1: La traición del GPS

Te pegas una carrera alocada contra millones de espermatozoides rivales. Consigues la victoria en el ultramaratón microscópico. Fecundas. Aguantas vaivenes de todo tipo en la tripa de mamá. Pegas un berrido premonotirio porque naces con la lección aprendida: el que no llora no mama. Tomas miles de tazones de leche,  de platos de garbanzos, da igual que no te gusten: come, bebe, hijo mío. Llevas parche en el ojo, aparato en los dientes o un corsé para la columna.  También el mismo modelito que tu hermano, eres su versión de llavero. Sufres la ausencia de ese cromo cabrón que, año tras año, te impide acabar la colección de Panini. Conoces la tortura de los exámenes: ecuaciones diferenciales (¿para qué servirán?), oraciones yuxtapuestas, retículos endoplasmáticos. Llega la adolescencia y mutas en un ser deforme con cara de paella o extremidades descompensadas. Piensas en la altura de los edificios y en las resistencia de las sogas cuando te destrozan el corazón. Empiezan las pequeñas resacas que, con el paso del tiempo, van agrandándose hasta arrasar con tu plantación de neuronas, un sábado sí, otro también. Llegan las oscuras preocupaciones laborales...

Al senegalés le han salido imitadores
Claro que hay muchas más cosas buenas que malas, es por recordar cuántos pequeños baches hemos esquivado. ¿Y todo para qué? Para echar el cierre con la muerte ridícula que pronosticaba Def Con Dos. Todo se puede ir al peo en décimas de segundo. Y si has llevado una vida plena y dejas una prolija descendencia de la que sentirse orgulloso, pues vale, ley de vida: en cien años todos calvos. Pero si te ocurre lo que a este pobre diablo,  tragedia y comedia se aparean y su único retoño es el absurdo.  Quién sabe las penalidades que habrá pasado este senegalés que se ganaba la vida en un mercadillo ambulante. Quién le iba a decir que la peor de todas se escondía detrás de una jugarreta tecnológica.  Ahora me lo pensaré dos veces cuando mi ordenador me dé el coñazo con eso de "¿Desea actualizar el software?".