26 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales IV


SANDRA

Mete en la cesta otro paquete de algo herbodietético, algo insustancial, como insustanciales son las aristas de su vida en los últimos tiempos. Realiza la compra a cámara lenta, víctima del aburrimiento, de saber que los sofás y la cama seguirán ordenados cuando vuelva a casa. Todo se acelera cuando ve a Pedro desorientado, pidiendo una moneda a un tipo que ni siquiera le escucha. ¿Qué coño está haciendo? Lleva uno de esos trajes caros y estúpidos que tanto le reconfortan, pero a la vez mendiga vil metal, así que a Sandra le asalta el agobio. No entiende nada.

La niebla confusa que envuelve el supermercado aligera sus penas y comienza a silbar una vieja canción que siempre le puso alegre. Mete en la cesta un queso curado gigante, el más grasiento, y comienza a fantasear con los pinchos que va a cocinar en casa. Queso con mucho aceite de oliva, pan chapata y algo muy azucarado de postre, quizá una tarta de chocolate mastodóntica. Comprende perfectamente que su alegría mana de encontrarse a Pedro, un tipo al que entregó su alma y que ahora se arrastra, incrustado en su apariencia de vagabundo lujoso. Mal de muchos consuelo para el que quiera.

Sandra cruza tres pasillos con una sonrisa de caramelo bordada en el rostro, pero la alegría se desvanece rápido, con la fuerza letal de algo que acaba de recordar:  Pedro, ¿no tendrías que estar recogiendo a nuestra hija del colegio en este preciso instante?



19 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales III

 
INÉS

El uniforme le hace sentir parte de un campo de concentración nazi, uno de los pensamientos sombríos que abarrotan su cerebro, amenazando con explotar dentro de su cabeza. No tiene el número tatuado en el brazo como aquellas personas, pero sí un dibujito en la mano cuya inocente apariencia representa un futuro en ruinas. Se dejó arrastrar por la corriente de Toni hasta que su vida se ahogó. Lo que quedó de aquel naufragio todavía no ha reflotado, así que desconoce cuáles serán los nuevos raíles por los que transitará su existencia, detenida por el momento.

Le gustan los colores que pueblan un supermercado, la vivacidad de las frutas, los chirriantes envases de limpieza, todo contribuye a cubrir de pintura una pared desconchada, esa en la que cuelgan los jirones de su tristeza. Cajeras, cómo las detestaba, ahora entiende lo cerca que se encuentran de una vida monacal, de un comportamiento mecánico que protege de peligrosas reflexiones. Estás sepultada Inés, por paquetes de fruta, caramelos, botellas de cocacola, bolsas de patatas.

Un extraño producto se cuela en su cinta: la cabeza de un animal de la que apenas se aprovecha nada para comer. Le agrada observar lo cerca que se encuentra de la muerte, en su versión más grotesca porque el cerdito no tiene ni ojos. Lo observa y está a punto de levantar la cabeza para escrutar el rostro del comprador, pero se vuelve a imaginar en un campo de concentración con su uniforme y lo último que quiere es encontrar la mirada de un oficial nazi. Y, aunque no lo sabe, consigue evitar un dolor aún mayor.



17 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales II

PEDRO

Rebusca y rebusca en su traje hecho a medida, pero no encuentra la dichosa moneda con la que comprar un billete de autobús. Mierda, Pedro, te has dejado la cartera y en el curro y ahora está cerrado, necesitas esa moneda si quieres volver a casa. Vaga confuso alrededor de la plazoleta en la que se ha dado cuenta del error, convencido de que su disfraz de traje hará el resto: alguien le va a dar una moneda, fijo.

La sexta persona que aborda coincide con la sexta negativa, por su cabeza gravitando la idea de que nos estamos volviendo locos si no somos capaces de darle una moneda a quien la necesita. Coño, que va de traje. No te a va a atracar. No te pide un imposible. Apenas una moneda. Pedro se sienta en un banco, pero tiene frío, pega una patada a un cartón de vino vacío y enfila la puerta del supermercado para seguir su búsqueda, surrealista y titánica a un tiempo.

Qué suerte, se encuentra a Toni y le pide la moneda, pero el chico está en trance y ni siquiera entiende la petición que le formula. Toni, hombre, me das una monedita. Pobre diablo, se volvió loco por culpa de aquella chica, pero él sí podrá pagar el contenido de esa cesta que todavía lleva vacía. No consigue ese trocito de metal, que le podría llevar a su hija, al placer, a la tranquilidad, casi al mar. Su único día de visita esta semana a ella. Y está a punto de perderlo porque no consigue una moneda. Él, el hombre trajeado, importante y gilipollas.






12 de abril de 2012

Relato 11: Tan solo animales I


TONI

Acaricia sin convicción la caja de cereales, deslizando los dedos por el cartón como ruedas que besan el asfalto. Al final no coge los cereales, ni el bote de champú, aunque también lo toca con los dedos, ni la cocacola, ni siquiera la leche. En su vagar accidentado por el supermercado, con el mareo del que no sabe bien lo que hace, se cruza puñado de palabras inconexas con Pedro, al que también encuentra en la maraña cuadriculada de pasillos estrechos, rebosantes.

En la sección de carnicería, Toni detiene su sinsentido y se para a mirar con extrema curiosidad un grupo de cabezas de cerdo, que parecen alineadas para recibir la caricia de un bisturí. Como un homenaje al horror, esos extraños ojos animales miran a Toni y a todos partes a la vez, en general no tienen preferencias, dispuestas como están a invitar a cualquiera a su pequeño homenaje a la muerte. Pide una de esas cabezas, la que no tiene ojos, la que no mira, la que no le duele. Sí, se lleva la que no duele porque ve en ella la fuerza poderosas de un amuleto eterno.

Caperucita llevaba la cesta llena de viandas y casi se la come un lobo. Toni solo lleva una cabeza de cerdo, pero tampoco va a salir indemne de su viaje por un bosque de productos, etiquetas, ofertas y colorines. Se incorpora a la cola más larga y también la más rápida sin dejar de observar curioso el contenido de su cesta roja, como si alguien lo hubiera introducido allí. Lo deposita en la cinta, la cinta avanza y la vista de Toni choca con el tatuaje que se aloja en la mano de la cajera. Lo reconoce al instante, dos o tres lágrimas se quedan dentro de su cabeza y Toni sale a la calle a tomar aire porque se está ahogando. En la primera papelera que encuentra arroja la cabeza de cerdo. Sin mirarla porque no tiene ojos.



25 de enero de 2012

Relato 10: Cerrad la puta boca, por Dios...

 
 Los cánticos del coro se le clavaban en la cabeza como una corona de espinas. Aprovechó que todos los fieles entonaban “Alabaré a mi Señor” para sentarse detrás del altar y ocultarse durante unos segundos. Notaba las miradas acusatorias del monaguillo. Le hubiera encantando agarrar de la pechera al niñato y decirle “yo soy el que acusa aquí, no me mires así joder, no me mires así”. Pero la iglesia estaba llena de feligreses como todos los domingos a las doce de la mañana: no era buen momento para descargar su ira sobre el chavalín. A pesar de la resaca, el cura pudo pensar un rato en su monaguillo, en los diez años de fe inquebrantable que le habían procurado sus padres, una pareja de beatos que preferían no follar antes que forrarse el pito de plástico. “Padre Mateo, cómo me alegro de verle así de bien”, le había dicho el padre del niño antes de la misa, con una dosis de retranca barnizada en sus palabras. Un mundo inabordable de acusaciones y perdones llevado al éxtasis cada domingo. Sobre todo si el cura había dormido tres horas con una botella de Brugal nadando libremente por su torrente sanguíneo.

“ALAAAABARÉ A MI SEÑOR, ALAAAABARÉ A MI SEÑOR, ALAAAAAAABARÉ A MI SEÑOOOOOR ”.

Mateo acompañó el grito final del cántico. Mientras se levantaba de la silla, su mente acudió a una de esas viejas manías que pueden convertir el día a día en un infierno. Mateo no podía evitar concebirlo todo en porcentajes. Había sido un brillante estudiante de Matemáticas en su infancia y todavía conservaba algunas reliquias. “Ya han pasado cinco minutos, el doce por ciento de la misa”, se dijo a modo de consuelo mientras un potente rayo de sol partía en dos su cuerpo. Los grandes ventanales de la Iglesia de San Pablo daban al lugar un agradable aspecto natural que, en medio de un día tan soleado como aquel, permitían no encender ninguna luz artificial. Era una iglesia pequeña, modesta, con diez largas bancadas en las que no cabían más de doscientas personas. Siempre estaba llena en misa de domingo, el día en el que una amalgama de fe rancia y recalentada empapaba el ambiente. Detrás del altar, a espaldas de Mateo, un Jesucristo de tamaño natural tallado en madera de pino presidía la iglesia, ligeramente desnucado hacia su izquierda por los siglos de los siglos. En un costado y dos peldaños de escalera por debajo se encontraba el coro, formado por una docena de chavales a las puertas de la adolescencia que obedecían compulsivamente a la guitarra de Carlitos, el mayor de todos ellos. Mateo solía quedar con ellos todos los viernes para ajustar el programa de las misas, pero las últimas semanas los chavales se estaban apañando sin la ayuda del cura. “Se gestionan bien”, pensó Mateo mientras alzaba las manos al cielo en el altar. Estaba en el punto más alto de la desidia dominical, pero había dos centenares de personas sedientas esperando su traguito de esperanza. Mateo tenía 32 años. Al otro lado del altar, la media de edad se doblaba. 

“Queridos hermanos….”, comenzó sin aspavientos, dando rienda suelta a una oración precocinada sin espacio a la improvisación. Notaba la resaca nublando la misa: no era momento para virguerías. En medio de su discurso cruzó varias veces la mirada con el padre del monaguillo. Vestía un jersey teja de pico y unos pantalones beige de pinza. El peinado a raya le dibujaba un perfil plano como el horizonte del mar. Sus ojos lanzaban destellos de acusación que Mateo esquivaba con elegancia. Era un ritual secreto entre ambos que practicaban casi todos los domingos desde hacía un par de años. Algunos domingos, el cura se refocilaba con el jueguito pero esta vez el martillo de la resaca bataneaba demasiado fuerte, haciendo que sus sienes temblaran a ritmo de latido.  Pero dominaba el arte del sermoneo y no le hacía falta pensar, como le pasa a un conductor experto cuando surca una autopista. Solo era cuestión de llegar al cien por cien de la misa. Miró el reloj de pared en cuanto acabó su parlamento: “Veintisiete por ciento y subiendo”.

“AAAMAOS, COMO YO OS HE AMADOOO, CON EL CORAZÓN ABIERTO, CONSTRUYENDO ENTRE TODOS LA FAMILIA DE MARÍÍÍÍÍÍÍA”.

Algunas resacas son peores que la muerte.

Los cánticos seguían atravesando sus meninges como dardos envenenados. Mateo había olvidado tomarse un paracetamol antes de acostarse y el que se había enchufado con el desayuno todavía no había hecho efecto. ¡Qué lejos quedaba la orilla! Por lo menos a un setenta por ciento de distancia. La lectura de una carta de la carta de San Pablo a los corintios 13, 1-13 se traducía en una pequeña victoria para el cura, en una tregua del cinco por ciento. Una veterana beata caminó con parsimonia hacia el micrófono, instalado junto al coro. Sus lentos movimientos parecían programados para revestir la ceremonia de un halo celestial de la que carecía. Es imposible convertir en especial algo que se repite cada siete días. Se cogió la falda con recato para no tropezar, ajustó sus enormes gafas de carey y abrió el libro que ella misma había preparado antes de la misa. Antes de hablar, dirigió una tierna mirada a Mateo, que agradeció la falta de reproche en aquellos ojos gastados. “Es como una niña”, pensó el cura, preguntándose si era envidia lo que sentía en ese momento. La voz aguda de la anciana hipnotizó al respetable:

Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor.

La beata pronunció el discurso lentamente, paladeando cada palabra, cada segundo de su breve intervalo de gloria semanal. Doscientas caras sonrieron al unísono bañadas por la luz de los ventanales, hasta que el ruido del portalón que daba acceso a la iglesia quebró el momento. Un fiel que se había retrasado pidió perdón con los ojos y se quedó de pie tras la última bancada, como un niño castigado por el profe, pero con el pan y el periódico debajo del brazo. El cura esbozó un reproche visual, pero no pudo redondear su gesto porque otra punzada de resaca le hizo cerrar los ojos con fuerza. “Treinta y cinco por ciento”, se dijo mientras la guitarra de Carlitos arrancaba con la violencia de una motosierra.

“SEÑOR TEN PIEDAAAAD, SEÑOR TEN PIEDAAAAD DE NOSOTROS
CRISTO JESÚS TEN PIEDAAAAD DE NOSOTROOOOS
TEN PIEDAD DE NOSOTROOOOOOS”.

Sin tiempo para el reposo, la beata lectora, que había contemplado embobada la enésima actuación del coro, acometió la segunda lectura. Dominaba los tiempos de la misa como un presentador de televisión domina la escaleta de su ‘late night’. Con un breve carraspeo volvió a demandar la atención de su audiencia.

Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!”. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme…”.

En medio de su particular tormento, Mateo rió con disimulo. Un oasis muy necesario: pensó que el pedacito de San Lucas-18 no podía estar mejor elegido. Mientras la beata seguía con su parlamento, el cura pensó en las doscientas personas congregadas en la iglesia y concluyó que al menos un veinte por ciento del auditorio estaba formado por viudas. Siempre la había parecido llamativo que un joven como él impartiera lecciones de vida a señoras que podían ser su abuela. Sin embargo, últimamente no le parecía llamativo. Le parecía absurdo. Muy absurdo. Unas gotas de tristeza se diluyeron en su resaca, generando una mezcla corrosiva de sentimientos justo cuando debía subir al altar para encarar su momento estelar de la misa: lectura de evangelio y homilía. Notó todas las miradas resbalando por su cuerpo, fundidas con la resaca, abrazadas a un dolor que, supuso, duraría para siempre.

16 de mayo de 2011

Relatos 9: Padre, bulto, lluvia y familia.

Abonados los 230 euros sale a la calle, donde un aguacero amenaza con sepultar la ciudad bajo toneladas de agua. Adopta una extraña postura de insecto encogido para poder correr con ese aparatoso y colorido paquete debajo del brazo izquierdo. Da igual, miles de gotas de agua se lanzan como pequeños kamikazes impactando en su cara, sus rodillas, el paquete. Al menos el bulto lleva bolsa, pero padre se tiene que mojar por cojones. A la altura de un semáforo, la realidad y la cinematografía se funden arrojando contra padre el resultado de sus maquinaciones: ese coche que pasa a toda leche y ese golpe de agua en el pantalón, ahora mojado, ahora chorreante. Padre se cala el sombrero hasta las cejas y una maldición se le escurre, a pocos decibelios, furtiva entre los dientes. Con lo gris que es todo, la lluvia, las prisas, el pantalón (también gris) mojado y ese paquete lleno de colores. Se diría que quieren ser más coloridos a mala intención. Dejado atrás el Corte Inglés, como un Godzilla con los pies envueltos en cemento, la calle se empina y los gemelos, todavía mojados, a trabajar. Padre opta por coger ahora el bulto con ambas manos, apoyándolo con dificultad en la tripa. A los cinco pasos se da cuenta de la mala postura. Pierde verticalidad y no se cae por poco. Tiene que parar a rascarse la cabeza, a ver si se activa alguna neurona, alguna voluntaria que aporte una solución al salchucho. 

Quedan unos doscientos metros de cuesta empinada hasta llegar a casa y hay que llevar ese maldito bulto de 230 euros. Debajo de un porche, abrigado de la cortina de agua que definitivamente oscurece el mundo entero. Una idea llega por la espalda, se sube a los hombros de padre y se introduce por la oreja hasta llegar al cerebro. Padre coge el paquete con los dos brazos por encima de la cabeza, más fácil de llevar, menos lluvia que aguantar. El bulto-paraguas. Avanza entre miradas sorprendidas, es que parece una mujer africana llevando una barreño de agua. La solución es válida durante cincuenta metros, momento exacto en el que estornuda y un gélido hilillo de sucia agua de lluvia proveniente del `paquete se cuela en el  hueco entre la camisa y el cuello de padre.  Efecto del escalofrío, un brazo corre resortado a tapar el cuello produciendo un tremendo desequilibrio en el bulto, que resbala y choca contra el suelo estrepitosamente. La anciana a la que el paquete no ha atropellado por centímetros se recupera del susto y arremete, paraguas en mano, contra padre, que acepta el castigo mojado, dolorido, frió e inmóvil. 

Espero que hayas guardado el ticket

Cuando arrecia el temporal (de paraguazos, que no de lluvia) reemprende la marcha, todo se está complicando demasiado, padre. Se remanga la camisa decidido a mostrar su determinación. Pero la fuerza de su impulso hace que el botón de la manga, metálico, raye la superficie del reloj que lleva en la muñeca. Padre alza la vista al cielo para buscar la mirada de algún dios al que retar, pero no encuentra ninguna. Cuando baja los ojos para valorar la gravedad del rayón se da cuenta de los que gritan las manecillas: es muy tarde, padre.  Acelerado por la prisa vuelve a coger el bulto con un brazo, es un esfuerzo considerable,  y empieza a caminar veloz con el termómetro corporal subiendo y subiendo. La furia de su paso causa más de un trasquilón con otros viandantes que reprochan a padre sus prisas. A estas alturas de la película, ni se vuelve a contestar, ni mira al cielo (dioses), ni a su muñeca (reloj), solo al suelo, solo la siguiente baldosa, porque siente que le va la vida en cada uno de esos pequeños cuadraditos de piedra que salpican la acera. A falta de cincuenta metros para el portal, ¡solo cincuenta metritos!, el brazo derecho se rinde, calambres, y debe hacer una última parada en el camino, mal momento porque el cielo se está desplomando en agua ya. Este último descanso coincide con el primer estornudo, violento, anticipo de una decena de futuros frenadoles. En el último tramo hasta llegar a casa adopta tres posturas diferentes, todas estupendas para enrolarse como funambulista en un circo. Y, al fin, el portal de casa, inundado de luz, la puerta al paraíso para padre. Deja el bulto, se escurre la lluvia como un chucho y busca las llaves entre los siete bolsillos de su chaqueta. Aquí no, aquí tampoco, llamada al timbre y voz femenina:
-       ¿Sí?
-       Cariño, soy yo, abre por favor.
-       Joder, vaya horitas ¿no?
-       Mi amor, abre que vengo empapado.
-       Sí, hala, tú como si nada. Y la cena medio fría. Sube anda…
El portal de casa tiene cuatro escaleras, pocas, pero un mundo a estas alturas. Padre coge el paquete con ambas manos y escala los peldaños de espaldas para ganarle terreno a la gravedad.  Acabada la cómica maniobra se da la vuelta y choca de bruces con el pequeño contenedor que el portero sitúa en un lugar del rellano en función de un azar que solo él conoce. Se monta en el ascensor pero no puede dejar el bulto en el suelo porque es un habitáculo pequeño, tú o yo pequeño, no hay sitio para dos en este ascensor. Cierra la puerta pero el brazo no le da para llegar a pulsar el ‘11’.  Lo consigue después de clavarse el bulto en la nuez. Sube once pisos medio asfixiado y , cuando la puerta se abre, el paquete sale despedido por la presión. Logra cogerlo en el aire pero con el esfuerzo cae y se queda de rodillas, con el paquete agarrado con un brazo y las piernas todavía dentro del ascensor, momento en el que madre abre la puerta de casa.
-       Pero, ¿se puede saber que hace? ¿Ganando papeletas para ir al circo? De payaso, digo.
-       Cariño, no es momento, ayúdame.
Madre coge a padre, al bulto, y la poca dignidad sobrante y mete como puede al trío en casa. El bulto queda en el salón y padre y madre se van a la cocina a comer unas croquetas que ya están frías del todo. Se mete media en la boca pero los mocos, raudos a la llamada de los estornudos, ya no permiten saborear a padre la comida. Interiormente, lamenta la pérdida del gusto y el olfato. Exteriormente, aguanta como puede  el chorreo de madre:
-       Es que a veces no sé donde tienes la cabeza. Llegas tarde a cenar, empapado, mírate ¿no puedes usas un paraguas como todo el mundo? Y te encuentro ahí, en el ascensor, medio tirado como un pordiosero. Yo aquí mientras tanto haciendo la cena, ahora tendré que recoger todo y encima ponerte a secar la ropa y, claro, plancharla mañana y…

Padre, derrotado y cabreado, una bomba con piernas. Solo falta el toque justo en la espoleta. Desde el salón llega ruido de papel rasgado y la voz iracunda de hijo:
¡JODER PAPÁ, TE DIJE LA PLAYSTATION!


 

 

18 de abril de 2011

Poemas I: El viaje de una lágrima

Si llego al lugar del que no se vuelve
me detendré a observar mi propia lágrima
resbalando solitaria
perdiendo su esencia poco a poco
hasta llegar a mis pies.

Primero pasará por mi rostro
testigo de la belleza
cómplice del placer
filtro de sentimientos
mi ojo cansado de mirar.

Descendería luego por el cuello
puente de pasiones
coraza de sangre
hasta llegar al pecho donde se hinchó el amor
y el llanto guardaba sus fuerzas
los pulmones, almacén de penas.

Mi lágrima seguirá su camino
besándome la tripa
laboratorio de mis peores impulsos
y hogar de dolores laberínticos
donde escondí aquello que odiaba
a salvo de la compasión.


A veces hasta la risa te abandona. Es grave, es importante.


Más abajo todavía
ya media lágrima perdida
me rozara lo masculino
guía de mis mejores
y de mis peores decisiones
el faro que apunta al azar
el acantilado donde se despeña la pureza.

En la parte final de su camino
mi lágrima bajará por un tobogán
las piernas con las que viajar
en busca de un sueño
o de una traición
y siempre de lo incierto.

Ya en el suelo, recostada mi lágrima
observaría mi caída
ralentizada por todo lo bueno y lo malo
que respiró mi vida.

Yo me iré
pero mi lágrima permanecerá
besando para siempre
la tierra en que me convertiré.

15 de marzo de 2011

Relatos 8: La Raspa


Pero no es reconocimiento lo que espera. Hace tiempo que ha decidido conformarse con unas monedas. Ahora esos trocitos de metal rebotan aburridos en un vaso muy curioso, de plástico negro. Se agrupan desordenadas, simbolizando cada una un pequeño gesto de admiración quizá, de respeto puede, de agradecimiento seguro. El vaso de plástico negro guía a nuestro hombre a lo largo de los vagones del metro como esas varas de escuchar la tierra para buscar pequeños tesoros en sus entrañas. Por un momento nuestro hombre se detiene pensando en el parecido. Los dos surcan las entrañas, del verde uno, de la ciudad el otro. Buscando tesoros.

Una nueva parada del convoy y pocas miradas, si acaso de gente poco habituada como yo. Ahora lo tengo a apenas tres metros y distingo con claridad sus rasgos, aunque no soy capaz de crearme su imagen en la cabeza. Su rostro permanece difuso y no llega a concretarse en nada para mí. Despierto de la ensoñación con el primer acorde de su extraño instrumento. Es un violín. Pero yo nunca había visto uno como este. Solo conserva el cuerpo y las cuerdas y está enganchado a un amplificador. Es pura raspa de pescado al lado de ese magnífico pez lleno de escamas y plata que es un stradivarius, creo que así se llaman. Él no tiene el pez de plata, solo tiene la raspa, pero de algo feo extrae algo bonito y suena una música clásica de esas que millones de personas conocen a cambio de que solo unos pocos puedan reconocer su nombre. El sonido rebota entre las ventanillas y entre esos útiles planitos de metro aplastados en el vagón y llega a los oídos de todos.

Al principio reniego porque llevo unos auriculares, pero enseguida los acordes de la raspa se me enredan en el pelo y en los oídos. Mira por donde, resulta que el metro no tiene por qué ser aburrido. La gente de alrededor no le mira temiendo quizá que una simple mirada sea tan poderosa que puede hacer que se evaporen, él y su raspa y su amplificador. Pero solo es que pasan de él, pienso convencido. Miro sus caras, de ojos tirados por el suelo y cabezas humeantes y me enerva que piensen que su absurda reflexión de transporte público es más importante que todo lo bonito que brota del violín de mentiras. Porque para entonces, unos dos minutos más tarde, el vagón ya es más pequeño y el sonido no rebota, solo fluye, corrientes calientes y corrientes frías, como en el mar. Y eso que estamos por debajo del nivel del mar. 

Hay gente para todo.


Nuestro hombre no mira a nada porque no tiene mirada. Recibe anestesia de sus propios órganos o puede que de esas miradas que le niegan o puede que no le importe todo eso y que solo le importen las monedas que caen en el vaso de plástico negro. No, no, no me creo que piense en metal porque piensa en aire y vive en arte. Interpreta abnegado pero sin pasión, con la dulce furia del que domina  algo hermoso. La serpiente encantada sigue recorriendo el vagón y me pregunto si también surca otros vagones dentro de una corriente fría o caliente. Cada vagón un mundo, supongo que es lo más probable. Que haya otras serpientes encantadas en esos otros mundo o que el runrún de los pensamientos de transporte público le impidan el paso. Pero es que me da igual. Me da igual si hay vida en Marte, en otra galaxia, mi mundo es el vagón de nuestro hombre, pero me entristece ver que todavía no reina entre nosotros, sus súbditos. El sonido es atronador para entonces y eso que solo lleva tres paradas. Es algo hermoso en el lugar más feo del mundo y con el instrumento más feo del mundo. No me creo que los pensamientos de transporte público impidan a nadie más darse cuenta, me da igual en otros mundo, pero no quiero eso para el vagón de nuestro hombre, porque yo sí soy  un súbdito y le debo total pleitesía. Y me enerva que nuestro vagón no se una en torno a nuestro líder. ¿No se dan cuenta? Si nos unimos podemos vencer a cualquier otro vagón, a cualquier otro mundo, y encima con el líder perfecto, ese hombre cuya imagen flota ante mí pero que no puedo agarrar.

De repente la serpiente encantada muere, las corrientes dejan de circular y la belleza ya no brota de la raspa. Su espectáculo ha acabado con algo de Beethoven, aunque lo más seguro es que no sea de Beethoven, porque yo no soy de los que pueden poner nombre a las piezas de música clásica, y me da rabia, porque esta es de las conocidas, alguna rebajada a la categoría de venta de enciclopedias, joder qué triste. Con la música parada todo lo que ocurre a mi alrededor me sorprende. Tengo mi moneda en la mano y me dispongo a dar una muestra de fidelidad a mi líder. De paso pienso dar una lección a todo el mundo que vive en este mundo atado a otros mundos que surcan los recovecos de Madrid. Pero estoy a tres metros de nuestro hombre y en los pocos segundos que tarda en recorrer mi teoría se me escurre entre los dedos, convertida en una arena muy fina de la que no puedo retener nada aunque cierre muy fuerte el puño. La gente que está antes que yo en el recorrido de nuestro hombre entrega su monedita antes que yo y con la misma devoción. 

Me confunde. Dejo caer a mi Rey Juan Carlos convirtiendo la belleza en metal. Me siento completamente imbécil, un listillo por creerme el único receptor de la música de la raspa y entonces entiendo todo. Ellos, mis hermanos de vagón, son capaces de más que yo. Compaginan sus reflexiones de transporte público con la fidelidad a nuestro hombre, nuestro líder. Se entierran en el denso fango de sus pensamientos permitiendo que se cuele por él un poco de luz, una serpiente encantada, una corriente de aire frío o caliente. Me creía el mejor de nuestro mundo y soy el más incapaz. Aprenderé  claro, y entonces me llenaré orgulloso de fango y ni siquiera miraré al siguiente que ocupé mi lugar de novato. Porque al novato hay que dejarle que aprenda solo, que se ridiculice a sí mismo. Nuestro hombre se baja del vagón pero para entonces ya no es mi líder, ni su raspa algo feo porque los dos me dan igual. Meto la lección en el bolsillo y mi cartera se caen monedas y también moralejas y me resulta curioso pensar que las dos tiene una raíz común que ahora está en otro mundo, a punto de hacer bailar un serpiente.



7 de marzo de 2011

Relatos 7: Dos años después

La tercera vez que la mosca se posa en mi mano no soy tan paciente. Me produce un hormigueo en el pulgar que recorre el brazo como una serpiente de electricidad. No necesito veneno, no ahora, así que estampo un manotazo estéril. Risa en el insecto y sorpresa en mi interlocutora.
-       ¿Me estás escuchando?
No le estoy escuchando.
-       Sí, claro.
Un dios enfadado me ha colocado en la silla de este bar y me ha puesto este café en la mano. Es la única explicación que se me ocurre.
-       No, no me escuchas, igual que entonces, igual que siempre.
Tengo un lío de cables dentro de la cabeza, a ratos veo cómo deshacerlo, a ratos me electrocuta el cerebro. Busco a la mosca con la mirada y no la encuentro. Sigo sin escuchar, pero estoy casi convencido de que, al otro lado de la mesa,  mi interlocutora sigue hablando. El rato que sí prestaba atención ha taladrado mis cimientos y no quiero más. Me ha sacado temas viejos, historias abandonadas en el páramo de mi memoria, latas vacías que patear. No estoy para estos trotes, no contigo señorita.
-       Déjalo, en realidad no te escucho.
Puedo ver cómo la furia juguetea en su rostro esculpiendo una mueca vacía. Le he dicho que no le escucho, merece su ración de enfado, pero ambos sabemos que no vale la pena. Ya no. Pero a ella le da igual:
-       Vete a la mierda.
Estupendo, estoy deseando, cualquier cosa menos estar aquí. Siento como el aire cristalino que mis pulmones han acumulado en los dos últimos años se vicia por momentos. Se me encienden las alarmas, pero no son cómo las recordaba. Ahora no son escandalosas, llenas de ruido e ira. Ahora son pequeñas bengalas que miro con curiosidad. Definitivamente, estas no son las alarmas que se me encendían entonces.
-       De acuerdo, me voy a la mierda.
Me levanto ajeno a cualquier sentimiento, como se vive en el vagón del metro, y doy dos pasos antes de que su mano rodee mi brazo. Esa mano. Su tacto alimenta el mío y dejo que los relámpagos se me cuelen hasta los huesos. Son apenas dos segundos.
-       ¿Me voy a la mierda o no me voy a la mierda? – preguntó.
-       No, quédate.
No tengo nada mejor que hacer esta mugrienta tarde de agosto, así que vuelvo dócil a mi silla. De repente, siento un cosquilleo en la mano. La mosca que merodea por el bar ha vuelto. Esta vez voy a dejar que enrede un poco antes de espantarla. Su hormigueo es algo menos molesto.
-       Perdona por mandarte a la mierda, pero te reconoce que te has pasado un poco tú también, Nico.
-       De acuerdo.
-       Mira, igual te sonó rara la llamada ayer.
-       Algo, sí – desde luego.
-       Bueno, pero es que he estado haciendo balance últimamente y me he dado cuenta de que no sabía nada de ti desde que lo dejamos. Me ha dado un poco de rabia. ¿Sabes de qué hablo?
Claro que lo sé hostia.
-       Más o menos.
-       Fuimos muy importantes el uno para el otro.
No me sonrías por favor.
-       Bueno, ¿y qué?
-       Joder Nico, pues que me da rabia, ya te lo he dicho.
-       ¿El qué?
-       Que ahora seamos unos completos desconocidos.

Siempre buscando la viga en el ojo ajeno
 Así que caminamos por una senda tenebrosa a la que me has traído de la mano. Siempre me ha dado miedo la oscuridad, lo sabes, y me traes al centro. Un bosque muy tupido que no deja ver el sol, justo como entonces. Vale, juguemos.
-       Da rabia, pero me parece lo más lógico con el paso del tiempo.
-       ¿Lógico? ¿Te parece bien que llevemos tanto tiempo sin hablarnos? ¿Después de cinco años juntos? – insiste.
-       No he dicho bien, he dicho lógico.
-       Tú y tus palabras.
-       Son importantes.
Me gusta esa pequeña victoria, paladeo el momento de satisfacción. Quiere jugar y sabe que la estoy llevando a mi terreno. Algunos mecanismos nunca se estropean. Se atascan, se oxidan, se quedan viejos. Pero aguardan en su rincón, esperando un poco de aceite para funcionar como siempre. Para contrarrestar, el siguiente trabucazo me lo pega a quemarropa.
-       ¿Tú has pensado algo en mí durante todo este tiempo?
Qué útil es formular una pregunta conociendo la respuesta. Te permite ganar tiempo, calibrar otros aspectos del ritual que sigue el que contesta. Puedes mirar sus gestos, el tiempo que tarda en contestar, si sonríe, si baja la mirada. Ahora mismo soy su pequeño conejillo de indias. Lo reconozco, me ha pillado en bragas y todo lo que me sale del cuerpo es puro, sincero. Natural. Me ha regado y he florecido.
-       No contestas –embiste de nuevo.
Ya sé que no contesto.
-       ¿Qué más da? –digo en pleno fuera de juego.
-       ¿Contestar?
-       No, coño, qué más da si he pensado en ti o no. Qué cojones importa. ¿Por qué quieres saberlo…
-       Curiosidad.
Y una puta mierda. Curiosidad es preguntarse por qué los barcos flotan. Lo tuyo es puro vicio.
-       Sabes perfectamente que algo he pensado en ti. No sé a dónde nos lleva esta conversación.
Ahora es ella la que no dice nada. Mira su café y deja que se le vacíen las cuencas de los ojos. Como yo no he perdido la mirada, aprovecho la tregua para buscar a la mosca merodeadora. La encuentro en la mesa de al lado. Es una mesa vacía, pero llena de vasos y platos sucios que el camarero todavía no ha recogido. El insectito se está zampando una miga. Me levanto con todo el sigilo que me permite la silla, crujiente de madera, y doy pequeños pasos en dirección a la mesa. Me entretengo unos segundos planteando la estrategia. Me imagino con uniforme militar, a punto de emprender la batalla final que me dará la victoria en una guerra. Si ataco por la derecha me puedo desequilibrar con el escalón. Tendría que equilibrar el cuerpo con una postura rara, así que no me conviene, es una mala opción. Si voy por la izquierda, solo tengo que retirar ligeramente una silla para situarme en la mejor posición de ataque posible, casi de frente. Todo son ventajas porque desde este ángulo no tengo que retirar vasos ni platos para alcanzar mi objetivo. Me muevo despacio, retiro la silla y el crujidito exalta a la mosca, que se lanza en pleno vuelo. Maldigo mi torpeza, pero la mosca vuelve a posarse, una segunda oportunidad que no estoy dispuesto a dejar pasar. Me acerco con cuidado y pongo la mano sobre la mesa. Suavemente, la deslizo por la superficie y me quedo al lado de la mosca. Ya es mía. En un golpe de muñeca envidiable, atrapo la mosca dentro del puño que ahora forma mi mano. Zas, eres mía. Sin abrir el puño en ningún momento salgo a la calle, donde el sol me clava un cuchillo de luz. Tengo la mosca en la mano, pero no sé que hacer con ella.

2 de marzo de 2011

Relatos 6: Una paloma en el estadio


Horacio calló, como callaron las otras 50.000 personas. Aprovechó el momento para dar el primer mordisco al bocadillo de calamares que le había preparado su mujer. Solía atacarlo en el descanso, pero a Horacio le gustaba robar un primer bocado antes del pitido inicial. Masticando de pie se sumó al velo de silencio tejido por la multitud. Tragó y, procurando no hacer ruido, sacó su pequeña radio plateada del bolsillo, desenrolló los auriculares y la voz de un locutor acelerado se le incrustó en las meninges.

El estadio está guardando un respetuoso minuto de silencio por las XXXXX víctimas del atentado terrorista que el pasado XXXXX asoló la ciudad de XXXXX. Solo un grupo de irrespetuosos rompe el silencio increpando al presidente del equipo. Es una lástima, siempre tiene que haber gente dando la nota….

Un estruendoso aplauso que a Horacio le pareció coreografiado volvió a atronar el estadio, devolviéndolo a su estatus natural en día de partido. Guardó el bocata en la bolsa, se frotó las manos y disparó un vistazo rápido al estadio. Las gradas estaban casi llenas y, sobre el verde, los jugadores apuraban un último estiramiento para entrar en calor. De repente, vio que salía del túnel de vestuarios un niño con una caja blanca.

Cooompañeros, sobrecogedora la imagen del hijo de unos fallecidos en el atentado, que se dirige al centro del campo para realizar el saque de honor. Imágenes como está deben servirnos, seeeñores, para no olvidar la barbarie terrorista que continúa segando las vidas de muchos inocentes….

Horacio observó con atención al chaval. No tendría más de diez años y caminaba despacio pero firme llevando esa misteriosa caja entre las manos. Finalmente llegó a su destino, donde la esperaba la camarilla que formaban los dos capitanes, el árbitro y sus jueces de línea. Todos le saludaron con cariño y, desde la lejanía de gol norte, Horacio apreció el gesto contenido del chaval. Supuso que varias tormentas enfurecidas agitaban su interior. Había perdido a su padre.

Cienfuegos Hinojosa acaricia la cabeza del niño y le ayuda a abrir la caja. Ateeeención, el árbitro y el chaval meten las manos en la caja y…. sacan una paloma blanca. El chaval la agarra entre las manos y, como si fuera un portero comenzando un contraataque, la lanza el aire.  El colúmbido remolonea un poco y finalmente vuela, para recordarnos a todoooos que los asesinos no tienen lugar en este mundo, que queremos laaa paz…

Horacio volvió a sumarse al aplauso colectivo y, durante siete ú ocho segundos, compartió la pena del huérfano. No pudo compadecerse más tiempo porque algo desvió su atención. Era la paloma que, en lugar de elevarse al cielo y desplegar todo su simbolismo, había optado por volar casi a ras de césped. Un vuelo alocado que poco a poco fueron advirtiendo todos los espectadores.

Atención cooompañeros, está ocurriendo algo curioso. La paloma blanca no se quiere marchar del campo, a buen seguro que ella tampoco se quiere perder este partidazo largamente esperado por todos. El líder visita al segundo clasificado y hasta el colúmbido parece hipnotizada por el partido deeel siglo. El árbitro mira sorprendido al ave y conversa por el micrófono con sus asistentes.

Javi Navarro recogiendo la cena
 
Horacio observó la escena con estupor y notó la chanza general que comenzaba a crecer en la grada. El partido no empezaba porque la paloma no paraba de recorrer el campo. Parecía en éxtasis y sus movimientos casi epilépticos no parecían los de un animal sano. Volaba a toda velocidad y quebraba su trayectoria con frenazos, arrancadas, extraños giros. Estuvo a punto de chocar con el banderín de córner. La grada lanzó un todavía tímido “¡Uyyyyy!” entre risas.

El colegiado mira su reloj cuando ya pasan cinco minutos de la hora oficial de inicio del paaaartido. Los jugadores parecen haber perdido toda su concentración y observan a la paloma, que sigue sin querer marcharse del estadio. Compañeros, estoy seguro que nadie podía preveeeeer esta situación tan extraña. Juraría que no existen precedentes. La grada celebra cada regate del blanco animal…

Horacio no se sumó a la primera ola de pitidos que recorrió la grada, pero sí a la segunda. La paloma no detenía su loco vaivén y estuvo a punto de chocar con el delantero visitante que, visiblemente asqueado, se apartó a tiempo. Los jugadores se miraban con asombro, unos divertidos, los más veteranos cada vez más irritados. A Horacio le pareció leer algo en los labios del capitán local. “Puta paloma de los huevos”.

El retraso ya es alarmante, todo un país contiene la respiración porque todavía no ha empezado el mejor partido del mundo, el que decidirá quién es el caaaampeón. Atención, los servicios de seguridad del estadio saltan al campo. Ocho agentes comienzan a perseguir a nuestro improvisado protagonista, que aletea con locura pegado a la cal. Sus quiebros son dignos de elogio, compañeros…

El estadio entero contemplaba el sainete entre la paloma y los ocho vigilantes de seguridad. Horacio, casi sin darse cuenta, se sumó al cántico que ya se extendía por el graderío: “¡Que se muera la palooooma, ooh!” La temperatura subía por momentos y el pájaro seguía muy inspirado en sus regates, hasta que un vigilante adivinó su requiebro y le pisó el cuello con decisión al tiempo que una bengala se encendía en uno de los fondos.

Y al fin, el servicio de seguridad acaba con la aventura del colúmbido, que yace inmóvil sobre el césped hasta que finalmente es retirado. Así pues, ya está todo dispuesto para que ruede la pelota. El colegiado consulta a sus asistentes, mira a los dos capitanes y se pone el silbato en la boca. ¡Ahora sí que sí, va a empezar lo que de verdad importa, cooooompañeros!

22 de febrero de 2011

Muertes ridículas 5: Palomitas letales

Maris Karasausks cerró la taquilla 207 de la comisaría central de Riga. Solo llevaba unos meses en el cuerpo de policía, era un oficial de apenas 27 años, pero cada día, cuando se quitaba el uniforme, sentía plomo sobre los hombros. No dejaba de preguntarse si estaba cumpliendo con la vocación de su vida o si los deseos poco disimilados de su padre, antiguo militar de carrera, habían rediseñado el cauce natural de los acontecimientos, convirtiéndole en algo que en realidad no era. Salió a las calles de la capital letona y se permitió imaginar tras un duro día de patrulla. Mientras vagabundeaba sin rumbo, se imagino dentro de cinco años, dentro de diez, dentro de veinte, dentro de cuarenta. En todas esas fotos fijas se veía con rostro triste y sangre en las manos. Era una extraña imagen que solía colarse en sus sueños. Nunca lograba adivinar si se había manchado las manos o si era él mismo el que sangraba. Sintió agobio y naúseas. Escupió a los pies de un árbol y, cuando levantó la vista, se encontró de bruces con el descomunal Forum, el complejo de cines más grande de la ciudad. Pensó que una píldora de evasión le sentaría bien. Se dirigió a la puerta y examinó las películas en cartel, bullendo un mes antes de los premios Oscar. Le daba igual. La mirada hpnótica de Natalie Portman decidió por él: El cisne negro.

El canibalismo no entiende de razas

La película cumplió su labor terapeútica. Ya desde los anuncios, Maris se sintió fuera de este mundo o al menos fuera de las oscuras cavilaciones que solían torturarle. Disfrutó con los tres trailers y cuando empezó la película ya había sido absorbido por la atmósfera. La luz muy baja, el sonido atronador, el mar de butacas. Se sintió relajado, en un paraíso de sosiego durante la primera media hora del film, una cinta diseñada para que Portman se llevara el Oscar. Los movimiento felinos de la bailarina seducían al policía: un velo de calma cubría sus cinco sentidos. Hasta que el oído dio la señal de alarma. Crujidos, crujidos rítmicos y montonos enturbiando su paz interior. Espero cinco minutos pero el ruido no cesaba. Crunch, crunch, crunch. Se dio la vuelta y sus ojos toparon con una monumental montaña de palomitas. Un tipo sentado justo detrás de Maris se las tragaba con parsimonia, haciendo un ruido innecesario. El policía podía escuchar cada lamido, cada diente triturando maíz, cada trago de aquella garganta infame. Y el embrujo de la bailarina se esfumó y volvieron los recuerdos y la imagen del padre y la depresión del coche patrulla y la rutina machacando el porvenir y toda la arena sepultándole. Pero Maris no dijo nada a su vecino de butaca durante los siguientes 78 minutos de celuloide. Y cuando llegaron los títulos de crédito, arrasado por las lágrimas tras una hora larga de viaje al infierno, volvió a su mente la imagen de las manos sangradas. Se puso de pie, dio la vuelta y acarició la pistola que colgaba de su cintura. Mientras acribillaba al comedor de palomitas, pensó que la cárcel purgaría todo su dolor.

(Interpretación libre de un suceso real)

16 de febrero de 2011

Relatos 5: Separar la mala hierba del trigal (en la dictadura argentina)


Diciembre de 1977.

Llevo unos diez minutos manteniéndome a flote en medio del Océano Atlántico y tengo mucho frío. Además la pierna que no se me ha roto está empezando a acalambrarse, así que no voy a sobrevivir más que unos minutos más. Ahora pienso que sería mejor haber muerto con la caída, pero mi instinto de supervivencia me hizo adoptar esa postura que aprendí nada más ingresar en el Ejército: cuerpo perpendicular a la superficie del agua y brazos pegados a los costados. El golpe ha sido tremendo (no sé cuántas fracturas tengo) pero he podido sacar la cabeza y seguir respirando un rato más antes de acompañar a mis compañeros de vuelo en el viaje final. Ellos no han sobrevivido al impacto supongo, porque no veo ninguna cabeza encapuchada asomando en el océano. Mire hacia donde mire, solo veo dos tonalidades de azul, el mar y el cielo, abrazados en el horizonte: una sosegada antesala de la muerte. Ahora me doy cuenta de que preferiría haber muerto con la caída porque me horroriza pensar qué tengo debajo de los pies.  Incontables seres vivos que mi agotamiento y trastornada imaginación convierten en monstruos ávidos de carne humana. Como algo me roce las piernas moriré del susto antes que ahogado. Pase lo que pase estoy condenado por mi culpa, por no cumplir rectamente con mi deber. Un momento de flaqueza puede arruinarte la vida y así tengo que asumirlo. Si no hubiera fallado ahora estaría a punto de aterrizar en Buenos Aires, de abrazar a mis padres, de seguir consagrando mi vida al glorioso Proceso de Reorganización Nacional.  

Pero ni siquiera yo he quedado libre de la debilidad. Yo, que fui educado con rectos valores por mi familia, por mi padre, que ya era capitán del ejército argentino recién cumplidos los treinta años. Por mi madre, siempre a su lado, mostrándole respeto, servicio y reverencia, la actitud de amorosa entrega propia de una buena esposa. A mí que nunca me faltó de nada, a mí que me enseñaron a entender el valor de las cosas, el esfuerzo que exigen las conquistas. Criado en el mejor ambiente posible y, sin embargo, débil en el momento decisivo y condenado a tocar la muerte con los dedos. Pronto me fundiré con ella en la inmensidad del Océano Atlántico. 

Esta vez no cabe el humor: Videla, un perfecto hijo de puta

La vieja de la guadaña, que tan lejana me parecía hace una hora, al partir del Aeroparque Jorge Newberry, en el extremo sur de Buenos Aires. Me extrañó que mi capitán nos citara tan de mañana (casi no había amanecido) y vestidos con ropa de calle. Todos juntos en la pista de despegue, esperando a mi capitán y sin uniforme, nos hemos sentido un poco desnudos, pero nuestro objetivo es cumplir órdenes. Solo llevo dos años en la Armada, pero no me hizo falta aprender el valor de la obediencia porque esas cosas se enseñan en casa y a mí mis padres no me fallaron. Finalmente mi capitán ha aparecido en la pista también vestido de calle y, sin mediar palabra, ha hecho gesto con la mano para que le siguiéramos. Varios aviones y avionetas sembraban la pista y mi capitán se ha subido a un SC7 Skyvan, un modelo muy pequeño con hélices y capacidad para unas 15 personas. Dentro me he topado con una escena extraña: un cura aguardando de pie y, a su lado, seis personas encapuchadas y de rodillas. El cura nos ha dirigido un breve sermón, algo sobre “separar la mala hierba del trigal” creo que ha dicho, aunque la mayor parte de sus palabras se me han escapado porque estaba nervioso antes de mi primera misión. 

Resulta que va a ser la última también. Lo pienso y me entras ganas de llorar, sobre todo si me comparo con mi padre, el mejor militar de la historia de Argentina.  Él sí muestra fortaleza. Pero yo no he heredado ese rasgo de su carácter. Yo soy débil. He pasado mi vida pensando lo contrario, pero desde el despegue he sentido una flojera en las piernas que ya me ha alarmado. Acabadas la charla del cura, él se ha bajado y nosotros hemos entrado en el avión. Las seis personas encapuchadas parecían dormidas o drogadas, tampoco lo he preguntado. 

 Ya en el aire, mientras penetrábamos el océano, mi capitán nos ha dado otra charla, esta vez sobre el “la falta de patriotismo”. Me ha servido para coger confianza porque yo sí soy patriota. Fuerte, así me sentía cuando el avión ha disminuido la velocidad para quedarse medio suspendido. Nadie ha hecho ninguna pregunta a pesar de la situación tan extraña, pero es que no estamos para charlar, sino para actuar y cumplir órdenes. De repente, sin mediar palabra, mi capitán ha cogido a uno de los encapuchados, lo ha levantado del suelo y lo ha conducido a la puerta abierta de la avioneta. Nos ha mirado desde sus gafas de sol y ha arrojado a ese hombre al mar. Al principio nos hemos quedado muy impactados, pero mis compañeros han ido reaccionando y, uno a uno, han hecho lo mismo que mi capitán. Les he visto y he tenido ganas de que el tiempo se detuviera un poco porque la cabeza no me respondía. Pero no ha podido ser y, pasados un par de minutos, solo quedaba un encapuchado a bordo, el que yo debía tirar.  Me ha temblado el cuerpo y mi capitán se ha dado cuenta. Me ha gritado. No podía elegir. He cogido a mi encapuchado y lo he llevado hasta la puerta. Pero no he podido tirarlo. Mi capitán lo ha hecho por mí mientras yo me derrumbada en la avioneta. 

Flaqueza. Debilidad. Defectos imperdonables. He pensado en deshonra, en vergüenza, en el inmenso honor de mi padre marcado para toda la vida por mi culpa. No lo he soportado. He mirado a mis compañeros de vuelo y, sin mediar palabra, me he tirado al océano antes de que mi capitán vertiera la primera palabra de reproche. Así le he demostrado al mundo que yo también soy capaz de asesinar por mi país. Ahora siento pena y alegría. Otra vez tengo muchas ganas de llorar, pero no puedo. La pierna ya no me responde y no puedo mantenerme a flote más tiempo, así que ya está, se acabó. Me hundo. Mientras me traga el oceáno, levemente mareado por la falta de oxígeno, me doy cuenta de que mi cadáver se quedará aquí y que nunca tendré una lápida que recuerde al hijo del glorioso Jorge Rafael Videla, presidente de la República de Argentina. 

(Inspirado en hechos reales: los vuelos de la muerte).