28 de septiembre de 2012

Relatos 17: No soy nadie para nadie (II)

SEGUNDA ESTACIÓN: INVIERNO

Nunca podré aprobar Química con este cabrón de profesor que tengo. Sé que me la tiene jurada y yo tampoco colaboro, me paso sus clases de charleta con mi compañero de pupitre porque sé que le revienta. Cuando no me apetece ni hablar, me pierdo en pensamientos (cualquier cosa con tal de no prestar atención) y durante la última semana me viene insistentemente a la cabeza el mendigo que me dio la maruja.  Buceando en internet he encontrado fotos de tatuajes similares al suyo y creo que es algún símbolo de la Legión. Al menos eso es lo que ha dicho mi padre cuanto ha entrado en mi habitación y me ha visto buscando fotos por Internet. ¿Por qué te interesa eso ahora? No me digas que te va dar por hacerte militar, a tu madre le da un infarto. No papá, es para un trabajo. Le he mentido, claro, y me temo que se ha dado cuenta, siempre he sido muy malo para mentir, se me escapa media sonrisilla. He bajado al salón en busca de los álbumes familiares de fotos. Me he ido a los primeros que conserva mi madre, de los años sesenta, en los que mi padre es un apuesto barbudo y mi madre una pacifista etérea de mirada irresistible. Había fotos arrancadas, pero no he tenido arrestos para preguntarle a mi madre. Tampoco me ha hecho falta, creo que ya sé a quien han borrado de los álbumes. Mi padre sabe cuándo miento, pero yo ya no soy un crío y también sé cuando se está callando algo. Estos días he vuelto a la puerta de Cerezo varias veces y he recorrido Portales de arriba abajo, me he acercado a Laurel y San Juan, nidos de borrachines consumados, pero no he vuelto a verle. Aunque no le conozco del todo, no puedo esconder que el intenso frío que agarrota estos días la ciudad me preocupa por él. Me preocupo y también me hago preguntas. No sé dónde dormirá, qué hará con sus días. Ni siquiera si seguirá en Logroño. Ni siquiera si seguirá vivo. 

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Ahora comprendo por qué he vuelto a Logroño. Han sido unos meses un poco raros y si no fuera por Ramón no sé que hubiera sido de mí. Es placentero comprobar que algunos amigos nunca abandonan tu horizonte. Ramón ha engrasado con emoción esta vuelta a casa con la que espero cerrar el círculo. Estos últimos días he sentido que se acerca el principio del fin cuando te he visto por la calle. Cargada de bolsas de la compra, cruzabas el Espolón a toda mecha. Sigues teniendo esas maravillosas piernas torneadas por el atletismo, robustas por arriba y estilizadas bajo los rodillas hasta esos tobillos, finos como palos de escoba. Casi podía ver de nuevo esas vallas que saltabas de joven, en aquellos intensos entrenamientos en el Adarraga bañados por el sol, por la lluvia o por el granizo, nos daba igual. Yo saltaba pértiga sabiendo que nunca llegaría nada, solo por el placer de volar unos segundos impulsado por un latigazo, pero tú eras buena, quiero decir buena de verdad, podrías haber llegado a los Juegos Olímpicos. Imagínatelo Amelia, desfilando por el Estadio Olímpico de Barcelona bajo el estallido de miles de flashes, compitiendo contra rivales de todo el planeta, llorando de emoción con una medalla al cuello. Ese futuro ilusionante hace tiempo que se convirtió en pasado marchito, pero ahora que he vuelto a casa veo los viejos proyectos penetrando en la atmósfera como violentos meteoritos en llamas. Podrías haber masticado la gloria, Amelia, y sé que nada te hubiera hecho más feliz, pero Joaquín nunca soltó lo suficiente la correa invisible con la que maniataba tus sueños. Aún puedo verle sentado en la pequeña grada del Adarraga, mascullando entre dientes cada vez que me ayudabas a levantarme de la colchoneta. Estoy seguro de que sigue odiándome con la misma intensidad. No sé si tendré fuerzas para comprobarlo  

Relatos 17: No soy nadie para nadie (I)

(Historia dividida en cuatro estaciones)

PRIMERA ESTACIÓN: OTOÑO 

Me está costando mucho recuperar la rutina del Instituto. Este verano ha sido una locura continua, un bucle de diversión, y volver a las ecuaciones y los logaritmos neperianos es una tortura. Después del recreo teníamos dos horas de Química, así que me he ido a dar un paseo para despejar la cabeza antes del coñazo que me esperaba con los matraces. He cruzado la Glorieta y he bajado la cuesta de Portales mientras abría el bocadillo de jamón preparado por mi madre. Me he parado un momento, justo al inicio de los soportales, para ojear el escaparate de la librería Cerezo. En el portal que pega con la tienda he visto a un mendigo sentado con la mirada perdida. Me he quedado un poco embobado mirándole y se ha dado cuenta. Me ha lanzado una mirada muy penetrante pero limpia, curiosa, nada reprobatoria. He visto hambre en sus ojos y yo tenía un bocata enorme entre manos, era obsceno no hacer algo. Sin decir palabra, he alargado el brazo ofreciéndole el bocadillo. Su reacción ha sido un alivio porque igual pensaba que me estaba riendo de él o algo así y nada más lejos de la realidad, ha sido un acto instintivo de compasión. Lo ha cogido de buena gana, lo ha partido por la mitad con las manos y nos hemos repartido la comida. Al alargar el brazo se le ha quedado la manga del jersey en el codo y he visto el enorme tatuaje que tenía en el antebrazo. La reacción del mendigo me ha sorprendido muchísimo. Se ha sacado una bolsita de plástico de la riñonera que llevaba al hombro y me la ha puesto entre los dedos. Yo he cerrado la mano sin mirar lo que era. Nos hemos despedido con una sonrisa mutua, otra vez sin palabras de por medio, y cuando he subido a clase, aburrido por el peñazo del profesor de Química, he abierto la bolsita. Era marihuana. Estaba riquísima.

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 Solo llevo unos días en Logroño, pero siento el pinchazo de la nostalgia en cada paso que doy, en cada calle que recorro, en cada vino que me bebo. La ciudad parece diferente, pero es normal después de tantos años. Lo que no ha cambiado es la tranquilidad que transmite, pero para mí no es suficiente. Los recuerdos asociados me están pesando demasiado y no sé cuánto tiempo aguantaré por aquí. En realidad no sé ni por qué he venido. Al cruzar el Puente de Hierro he parado un momento para contemplar el Ebro y me ha parecido ver a cientos de fantasmas dejándose llevar por la corriente. Alguno me ha mirado, incitándome a saltar y sumarme a su silencioso transitar camino del Mediterráneo. Supongo que yo soy otro fantasma y que debería asumir mi rol en lo poco que me queda de vida. El pasado me aplasta cada vez más y a veces me cuesta respirar. Y los médicos ya han dejado claro que no me queda mucho futuro. Pero una especie de magnetismo vital me ha devuelto a las raíces. No sé qué busco, pero tengo que encontrarlo. La calle Sagasta está tan jodida como siempre, con su cuesta arriba flanqueada por ventanas rotas y miradas largas. En el cruce con Portales, una frontera invisible entre las vísceras de la ciudad, la vida restalla de golpe. Tuerzo hacia la izquierda, saludo a la Concatedral de la Redonda y me siento a descansar en un portal al lado de la cafetería Oslo. Un adolescente se me queda mirando, pero no me importa, hace mucho que las miradas se deslizan por mi cuerpo sin atravesarlo, estoy protegido por una película fina y resistente como la tela de araña. Me ofrece un bocata, parece sincero. Tengo hambre y le cojo un trozo. Tiene cara de pillo y no rechaza lo que le pongo en la mano. Este bocata de jamón sabe a gloria. De algún modo me recuerda a la infancia.  

 

25 de septiembre de 2012

Diálogos 2: Piensa en Cristiano Ronaldo

-Atiende el joputa que dice que está triste.
-¿Eso ha dicho el gitano?
-Como te lo cuento. Han ganado, ha marcado dos chicharros y luego se ha despachado con los juntaletras. Dice que está triste.
-Qué raro. ¿Y ha dicho por qué?
-¿Por qué va a ser? ¡Porque quiere más dinero el muy pelamingas! ¡Como si ganara poco!
-Sí, supongo que tienes razón.
-¿Que supones? Hombre, tú me dirás que otra cosa puede ser, nomejodas.
-No sé tío, es un ser humano como tú y como yo y...
-Perdona, perdona, como yo no es.
 -Bueno vale, como quieras, solo digo que es una persona y las personas están tristes por muy guapos que sean o muchos ceros que tenga su cuenta corriente.
-Ah sí, no me digas, y qué puede pasarle a ver.
-Pues no sé, discutir con la novia, se le muere el gato, yo que sé.

Keep on dreaming, CR7

 -No, pero es que aquí viene lo mejor, ha dicho expresamente que está triste con el club.
-¿Con el club? Qué raro.
-¿Raro? ¡Qué no, que es lo más normal del mundo! P-A-S-T-A.
-Pero hombre, ¿se puede querer más cuando se tiene todo?
-Siempre se quiere tener más. Más, más, más, ñam, topamí.
-Pues yo soy muy feliz con lo poco que tengo.
-Sí, pero es que tú nunca has tenido más ni por el momento aspiras.
-Ostia, no te pases.
-No te ofendas, si a mí me pasa lo mismo. Piénsalo en frío.
-Mmmmm...
-Muertos de hambre. Jodidos pero contentos. De algún modo retorcidamente filósofico, los afortunados somos nosotros.
-Fuerte juras, don Rodrigo.
-¡Ja, ja, ja, qué grande! Al menos sabemos leer.
-Al menos...


10 de septiembre de 2012

Diálogos 1: Piensa en Olvido Hormigos

-¿Has visto el vídeo?
-Sí. Hay que reconocer que la tipa está bien buena.
-Y que lo digas. ¿Tú que piensas?
-Pues eso, que está bien buena y que olé sus cojones. Un poco estúpida por difundirlo pero que quieres que te diga, a mí me la trae floja lo que le pase. El ratito bueno que me he dado es lo que importa.
-Olvida a Olvido Hormigos como tal. Piensa en el caso, en el revuelo.
-¿Cómo dices?
-¿A ti te parece normal que en este país solo se hable de esta señora durante tres días?
-Mira a tu alrededor, mira la audiencia de Telecinco. Qué cojones esperas.
-Pero tú no ves Telecinco y llevas dos días debatiendo si Olvido tiene las tetas operadas.
-Pues claro. No querrás que hable de la prima de riesgo con mis amigos. Que estamos todo el día vueltas con la puta economía y a mí ya me cansa el temita.
-Sí, pero es que eso es lo importante. De lo que depende nuestro futuro.
-¿Y qué tiene de malo olvidarlo un poco y distraerse con una frivolidad?


Tres días de calma para Marianorajoy

-No sé tío, no lo veo bien. Y no lo digo por la concejala, a mí también me la sopla lo que le pase, ella se lo ha buscado. Pienso más en la raíz del problema.
-¿A qué te refieres?
-A que somos unos panderetas. Un pueblo globero y cabrón.
-Claro. Eso lo sabe todo el mundo. ¿Y qué? ¿Qué se puede hacer por cambiarlo? Así es España y no hay nada que hacer. El esqueleto emocional de este país es rígido. No hay nada que hacer.
-Supongo que tienes razón, pero eso me desconsuela aún más. Saber que vivo en un país con un clima increíble, una riqueza natural acojonante, una capacidad inigualable para disfrutar la vida. Y al mismo tiempo, un nivel humano que roza el suelo, paleto, envidioso e hijoputa. ¿Crees que eso se puede cambiar?
-No, no. Ni de coña. Olvídalo.
-Yo soy un poco más optimista, aunque me temo que no mucho más. No sé, igual le estoy dando demasiada importancia a esta tontería.
-Pues claro que sí, hombre. Vamos a tomar una cañita y se te pasa la tontería.
-Venga. A la salud de Olvido Hormigos y sus maravillosos cocos.
-Jo, es que está buena eh.
-Ya ves. Me pregunto a quién iba dirigido el vídeo porque nadie se cree que fuera para su...
-Bla, bla, bla.
-Rebla, rebla, requetebla.

26 de agosto de 2012

Relatos 16: Un ojo de bebé enfrentado a todas las matemáticas



El cuchillo no tiene alma ni sentimiento, solo obedece a la ley de la gravedad, a su obsesión por caer de punta y a un instinto atroz que le obliga a hacer cuanto más daño mejor, inculcado en la remota fábrica china donde nació de un molde. Tiene unos diez centímetros de hoja flexible y un mango de madera marrón al que está fijado con dos tachuelas doradas. Una herramienta humana más, concebida para cometidos muy concretos (cortar, pinchar, trinchar, desgarrar) e insulsos siempre que solo penetre objetivos sin vida. Ataca a las cosas, cuchillo, y todo irá bien, pero no irrumpas en la carne viva.

El bebé, tumbado en una silla colorida y reclinable, desconcertado por la rigidez de sus sentidos -unos ojos que no enfocan, unos oídos que no separan el grano de la paja- solo percibe una amalgama de luces y sonidos mezclados pero no agitados en su tierno cerebro y no puede anticipar nada de lo que va a ocurrir, ni dentro de un segundo ni el mes que viene, en un mundo amorfo e indescifrable del que solo espera leche a intervalos regulares. Las continuas contracciones involuntarias en los músculos de su cara esculpen supuestos gestos de enfado, risa, pena o sorpresa que cobran (falso) sentido a los ojos de un adulto embebido por la admiración.

Enfrentar a un largo cuchillo de acero con el ojo de un bebé de apenas tres meses.


Esos ojos te abrirán muchas puertas, siempre que los conserves


Eso puede pasar dentro de menos de un segundo, dependiendo de la trayectoria que siga el cuchillo que se ha caído de la mesa durante el desayuno. Si el codazo involuntario que le ha dado el padre al plato tiene una fuerza X (un valor muy determinado, con decimales y todo) el cuchillo describirá un vuelo muy preciso hasta impactar directamente en el centro de una de la dos dianas en las que se han convertido durante un suspiro las retinas del bebé. Luego hay un rango aproximado de valores, pongamos un veinte por ciento teniendo en cuenta la superficie que ocupa la silla del bebé en el suelo de la cocina, que también llevarían al cuchillo hasta la sillita, pero la mayoría quedarían en un susto: un pinchazo intrascendente en el grueso pijama del bebé o en la colorida tela de la sillita, e incluso un impacto del cuchillo por el mango que anularía cualquier peligro. Y el otro setenta y nueve por ciento de posibilidades llevarían al cuchillo a un ruidoso tamborileo por el suelo de la cocina hasta detenerse paralelo al horizonte, seguido de un suspiro paterno y un olvido inmediato y completo de la, menos mal, ufff, anécdota.

Pero amigos míos, las matemáticas son gélidas, cubitos de hielo incrustadas en la realidad cálida y sudorosa que construyen los seres humanos enlazados a los elementos. A un número, orgulloso de su incuestionable autoridad bajo el manto de la lógica, nadie le prestará atención cuando una pasión, caída desde la atmósfera hasta cubrir todo el cielo de rojo carmín, estalle con un ruido sordo como ocurre en esa cocina cualquiera, de una casa cualquiera y una familia cualquiera, donde, durante unas décimas de segundo, el padre se ve apresado por un miedo más potente que cien cohetes de la NASA juntos. Le pegaría fuego a todos los tratados matemáticos de la historia, sabiendo que eso significaría una pérdida inaudita e irreparable para la humanidad, si a cambio le garantizaran que el cuchillo no tocaría el ojo de su hijito. Y los números tendrían que irse a la mierda cabizbajos y en fila india, con el orgullo muy dañado y, enrocados en su lógica impepinable, preguntándose el porqué de su destierro si los tuertos pueden llevar una vida perfectamente normal.

27 de julio de 2012

Relatos 15: Uanmortaim


Resucita, 

despierta, remolonea, besa, levanta, mea, ducha, calienta, desayuna, viste, recoge, baja, camina, 

sube, observa, llega, entra, sienta, enciende, escribe, llama, corrige, lamenta, escaquea, pregunta, insiste,

navega, vaguea, aguanta, prepara, come, caga, limpia, sestea, bebe, espabila, completa, resiste, escapa,

respira, wasapea, saluda, cañea, ríe, pincha, miente, guiña, insulta, abraza, recuerda, planifica, apura, 

despide, sube, corta, fríe, cena, eructa, cepilla, tumba, acaricia, desnuda, folla, comparte, lee, apaga, 

piensa, 

muere.


Qué ufano labora el caballero. Prefiere no mirar, bien hecho.

26 de julio de 2012

Relatos 14: Se está bajando ya


Tiene el pelo rubio y corto, también lo ha llevado moreno, pelirrojo, rizado, incluso casi rapado cuando se ponía aquello pendientes de aro que le llegaban casi a los hombros, esos que han estado al aire, con jerseys, camisetas, abrigos o chaquetas como aquella que le regaló su abuela, una más de las personas que tanto le han querido como su bisabuelo los tres años que le conoció, sus hermanos, su hijo que acaba de empezar el cole, al mismo que fue ella antes del instituto, la universidad, sitios en los que pisó decenas de aulas diferentes para escuchar, apuntar, filtrear, estudiar o leer, una de sus aficiones más absorbentes como la natación, el cine o la cocina, donde ha preparado salsas, ensaladas, bocadillos o pasteles, mmm, esos pasteles que ahora le pirran pero que odiaba de pequeña cuando se empachó y le tuvieron que llevar corriendo al hospital, que también visitó cuando tuvo vegetaciones, aquella varicela que le llenó de granos o se abrió la cabeza, como enseña esa pequeña cicatriz que ahora asoma entre su pelo rubio y corto.


Bonito nombre para una sauna bollera

20 de junio de 2012

Relatos 13: Que sea por un motivo

 ¿Cómo se declara el acusado?

Vaya pinta de meapilas tiene este tío, Javi, no le hagas ni puto caso. Que cómo se declara el acusado dice el muy zote. Fíjate que farsa es todo esto de la justicia que ni siquiera te pregunta a la cara. El acusado, dice, si tú tienes nombre y apellidos, Javier Sotelo, qué pasa, que no hay huevos de decirlo a la cara. Estos jueces de pacotilla deben pensar que si dicen el nombre completo se les aparece el diablo y les escupe azufre en la cara, menudos mierdas que están hechos. Tú no digas nada, Javi, no contestes, que lo haga todo el abogado, otro meapilas, pero está de nuestra parte que para eso le paga tu padre. Tienes que estar muy tranquilo estos días, ¿vale? Te van a buscar las cosquillas por todas partes porque piensan que hiciste algo mal. Qué sabrán ellos eh. Qué culpa tendrás tú de lo que le pasó a aquella niña. Ellos no conocen el calor agobiante que hacía aquella tarde. Pero nosotros los sabemos bien, Javi, sabemos que aquel calor te ponía de muy mala hostia. Y cuando aquella  niña se hundía a plomo, ¿te acuerdas? ¡Qué culpa tienes tú de que sus padres estuvieran echando la siesta! ¡Era su hija, por el amor de Dios! ¡Suya y de nadie más! Ahora te van a acribillar con preguntas absurdas, pero ya sabes que tú no eres el culpable de lo que pasó


Grandes extensiones de agua, ese foco de desgracias

¿Desde cuándo ejercía ese trabajo? ¿Conocía sus obligaciones como socorrista? ¿Vio lo que estaba pasando? ¿Por qué no reaccionó?

Mira a ese abogado, Javi, míralo bien, con su gomina y su corbata a rayas. Fíjate qué zapatos, cómo brillan. ¿No te parece obsceno que vaya tan arreglado? Si tan triste es que se ahogara una niña, ¿por qué se viste cómo se fuera a una boda? Lo ves, Javi, te das cuenta, para ellos es como estar de fiesta, se la suda todo, y te quieren hacer culpable a ti de lo que paso. Ves lo absurdo que es todo y sin embargo todo esto puede acabar con tus huesos en la cárcel. ¿Qué te parece? Todo porque no sacaste del agua a aquella niña. ¡Para ellos es como si la hubieras ahogado con tus propias manos! Alucinante… Ahora, una cosa te digo, este juicio va a durar varios días y tú tienes muy poca paciencia. Como te hinchen las pelotas ya sabes lo que tienes que hacer. Si es a la cárcel que sea por un motivo, ¿verdad que sí? ¿Eh, Javi? Ya sabes lo que tocaría, ¿no? ¿Verdad? Claro que sí.

11 de junio de 2012

Relatos 12: Enquistar la felicidad



Solo faltan cincuenta kilómetros para llegar al hospital y entonces ocurre. El sol golpea de frente en pleno atardecer y la luna está llena de mosquitos aplastados. Son más de un centenar y sus restos brillan, creando una metáfora visual de muerte y ascensión al cielo en la mente de Rafa, muy sensible a captar cualquier significado. Con la visión velada, solo ve lo que ocurre en el último momento. Un extraño destello negro y un potente plac que resuena en el interior del coche. Algo ha chocado contra el cristal a toda velocidad. No pasa nada, no se rompe nada, Rafa no pierde el control del vehículo, pero el incidente basta para cambiar completamente los agitados componentes de su ánimo. Decide pararse en el arcén. Se queda mirando al vacío con las manos temblorosas. 


La extinción no tiene por qué ser mala

Pasado un minuto, sale del coche, se pone el chaleco de emergencia y camina los cien metros que le separan del pájaro muerto sin importarle el peligro al que se está exponiendo. Es un cuervo asqueroso, con las alas retorcidas y el pico partido por la mitad. En menos de media hora, cogerá por primera vez en brazos a su hijo recién nacido. ¿Quién podrá convencer a Rafa de que la muerte del cuervo y el nacimiento de su hijo son dos hechos completamente aislados en el mundo? ¿Cómo penetrar en su mente para levantar un muro infranqueable entre ambas ideas? Y si opta por no contarle a nadie lo que ha pasado, por no revelarle a nadie su zozobra... ¿Habrá alguien a su alrededor lo suficientemente intuitivo como para desbrozar algún día el origen de ese extraño miedo que perseguirá a Rafa para siempre?

22 de mayo de 2012

Relatos 11: Putos animales y V


MONTSE

Está muy graciosa con su vestido de colores, pero muy triste porque lleva 15 minutos esperando en la puerta del colegio a que venga papá, al que hace una semana que no ve. Le ha pintado un dibujo con rotuladores carioca. Sobre un fondo azul se ven dos árboles flanqueando un casa con chimenea, toda la escena bañada por un sol que parece muy contento hoy. En la puerta de la casa aparecen ella y su padre, de la mano, sonrientes y con las cabezas desproporcionadamente grandes porque los niños no entienden los parámetros que miden el mundo.

Se ha puesto a chispear y Montse agita la cabeza para sacudirse las gotas de agua. Se pone la capucha del chaquetón porque su mamá siempre le dice que la lluvia es divertida por los charcos, pero peligrosa porque te puedes coger un catarro. La primera lágrima que se deja caer a trompicones lleva dentro una dosis de inocencia que jamás retornará del suelo en el que se estrella.



26 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales IV


SANDRA

Mete en la cesta otro paquete de algo herbodietético, algo insustancial, como insustanciales son las aristas de su vida en los últimos tiempos. Realiza la compra a cámara lenta, víctima del aburrimiento, de saber que los sofás y la cama seguirán ordenados cuando vuelva a casa. Todo se acelera cuando ve a Pedro desorientado, pidiendo una moneda a un tipo que ni siquiera le escucha. ¿Qué coño está haciendo? Lleva uno de esos trajes caros y estúpidos que tanto le reconfortan, pero a la vez mendiga vil metal, así que a Sandra le asalta el agobio. No entiende nada.

La niebla confusa que envuelve el supermercado aligera sus penas y comienza a silbar una vieja canción que siempre le puso alegre. Mete en la cesta un queso curado gigante, el más grasiento, y comienza a fantasear con los pinchos que va a cocinar en casa. Queso con mucho aceite de oliva, pan chapata y algo muy azucarado de postre, quizá una tarta de chocolate mastodóntica. Comprende perfectamente que su alegría mana de encontrarse a Pedro, un tipo al que entregó su alma y que ahora se arrastra, incrustado en su apariencia de vagabundo lujoso. Mal de muchos consuelo para el que quiera.

Sandra cruza tres pasillos con una sonrisa de caramelo bordada en el rostro, pero la alegría se desvanece rápido, con la fuerza letal de algo que acaba de recordar:  Pedro, ¿no tendrías que estar recogiendo a nuestra hija del colegio en este preciso instante?



19 de abril de 2012

Relatos 11: Tan solo animales III

 
INÉS

El uniforme le hace sentir parte de un campo de concentración nazi, uno de los pensamientos sombríos que abarrotan su cerebro, amenazando con explotar dentro de su cabeza. No tiene el número tatuado en el brazo como aquellas personas, pero sí un dibujito en la mano cuya inocente apariencia representa un futuro en ruinas. Se dejó arrastrar por la corriente de Toni hasta que su vida se ahogó. Lo que quedó de aquel naufragio todavía no ha reflotado, así que desconoce cuáles serán los nuevos raíles por los que transitará su existencia, detenida por el momento.

Le gustan los colores que pueblan un supermercado, la vivacidad de las frutas, los chirriantes envases de limpieza, todo contribuye a cubrir de pintura una pared desconchada, esa en la que cuelgan los jirones de su tristeza. Cajeras, cómo las detestaba, ahora entiende lo cerca que se encuentran de una vida monacal, de un comportamiento mecánico que protege de peligrosas reflexiones. Estás sepultada Inés, por paquetes de fruta, caramelos, botellas de cocacola, bolsas de patatas.

Un extraño producto se cuela en su cinta: la cabeza de un animal de la que apenas se aprovecha nada para comer. Le agrada observar lo cerca que se encuentra de la muerte, en su versión más grotesca porque el cerdito no tiene ni ojos. Lo observa y está a punto de levantar la cabeza para escrutar el rostro del comprador, pero se vuelve a imaginar en un campo de concentración con su uniforme y lo último que quiere es encontrar la mirada de un oficial nazi. Y, aunque no lo sabe, consigue evitar un dolor aún mayor.