22 de febrero de 2011

Muertes ridículas 5: Palomitas letales

Maris Karasausks cerró la taquilla 207 de la comisaría central de Riga. Solo llevaba unos meses en el cuerpo de policía, era un oficial de apenas 27 años, pero cada día, cuando se quitaba el uniforme, sentía plomo sobre los hombros. No dejaba de preguntarse si estaba cumpliendo con la vocación de su vida o si los deseos poco disimilados de su padre, antiguo militar de carrera, habían rediseñado el cauce natural de los acontecimientos, convirtiéndole en algo que en realidad no era. Salió a las calles de la capital letona y se permitió imaginar tras un duro día de patrulla. Mientras vagabundeaba sin rumbo, se imagino dentro de cinco años, dentro de diez, dentro de veinte, dentro de cuarenta. En todas esas fotos fijas se veía con rostro triste y sangre en las manos. Era una extraña imagen que solía colarse en sus sueños. Nunca lograba adivinar si se había manchado las manos o si era él mismo el que sangraba. Sintió agobio y naúseas. Escupió a los pies de un árbol y, cuando levantó la vista, se encontró de bruces con el descomunal Forum, el complejo de cines más grande de la ciudad. Pensó que una píldora de evasión le sentaría bien. Se dirigió a la puerta y examinó las películas en cartel, bullendo un mes antes de los premios Oscar. Le daba igual. La mirada hpnótica de Natalie Portman decidió por él: El cisne negro.

El canibalismo no entiende de razas

La película cumplió su labor terapeútica. Ya desde los anuncios, Maris se sintió fuera de este mundo o al menos fuera de las oscuras cavilaciones que solían torturarle. Disfrutó con los tres trailers y cuando empezó la película ya había sido absorbido por la atmósfera. La luz muy baja, el sonido atronador, el mar de butacas. Se sintió relajado, en un paraíso de sosiego durante la primera media hora del film, una cinta diseñada para que Portman se llevara el Oscar. Los movimiento felinos de la bailarina seducían al policía: un velo de calma cubría sus cinco sentidos. Hasta que el oído dio la señal de alarma. Crujidos, crujidos rítmicos y montonos enturbiando su paz interior. Espero cinco minutos pero el ruido no cesaba. Crunch, crunch, crunch. Se dio la vuelta y sus ojos toparon con una monumental montaña de palomitas. Un tipo sentado justo detrás de Maris se las tragaba con parsimonia, haciendo un ruido innecesario. El policía podía escuchar cada lamido, cada diente triturando maíz, cada trago de aquella garganta infame. Y el embrujo de la bailarina se esfumó y volvieron los recuerdos y la imagen del padre y la depresión del coche patrulla y la rutina machacando el porvenir y toda la arena sepultándole. Pero Maris no dijo nada a su vecino de butaca durante los siguientes 78 minutos de celuloide. Y cuando llegaron los títulos de crédito, arrasado por las lágrimas tras una hora larga de viaje al infierno, volvió a su mente la imagen de las manos sangradas. Se puso de pie, dio la vuelta y acarició la pistola que colgaba de su cintura. Mientras acribillaba al comedor de palomitas, pensó que la cárcel purgaría todo su dolor.

(Interpretación libre de un suceso real)

16 de febrero de 2011

Relatos 5: Separar la mala hierba del trigal (en la dictadura argentina)


Diciembre de 1977.

Llevo unos diez minutos manteniéndome a flote en medio del Océano Atlántico y tengo mucho frío. Además la pierna que no se me ha roto está empezando a acalambrarse, así que no voy a sobrevivir más que unos minutos más. Ahora pienso que sería mejor haber muerto con la caída, pero mi instinto de supervivencia me hizo adoptar esa postura que aprendí nada más ingresar en el Ejército: cuerpo perpendicular a la superficie del agua y brazos pegados a los costados. El golpe ha sido tremendo (no sé cuántas fracturas tengo) pero he podido sacar la cabeza y seguir respirando un rato más antes de acompañar a mis compañeros de vuelo en el viaje final. Ellos no han sobrevivido al impacto supongo, porque no veo ninguna cabeza encapuchada asomando en el océano. Mire hacia donde mire, solo veo dos tonalidades de azul, el mar y el cielo, abrazados en el horizonte: una sosegada antesala de la muerte. Ahora me doy cuenta de que preferiría haber muerto con la caída porque me horroriza pensar qué tengo debajo de los pies.  Incontables seres vivos que mi agotamiento y trastornada imaginación convierten en monstruos ávidos de carne humana. Como algo me roce las piernas moriré del susto antes que ahogado. Pase lo que pase estoy condenado por mi culpa, por no cumplir rectamente con mi deber. Un momento de flaqueza puede arruinarte la vida y así tengo que asumirlo. Si no hubiera fallado ahora estaría a punto de aterrizar en Buenos Aires, de abrazar a mis padres, de seguir consagrando mi vida al glorioso Proceso de Reorganización Nacional.  

Pero ni siquiera yo he quedado libre de la debilidad. Yo, que fui educado con rectos valores por mi familia, por mi padre, que ya era capitán del ejército argentino recién cumplidos los treinta años. Por mi madre, siempre a su lado, mostrándole respeto, servicio y reverencia, la actitud de amorosa entrega propia de una buena esposa. A mí que nunca me faltó de nada, a mí que me enseñaron a entender el valor de las cosas, el esfuerzo que exigen las conquistas. Criado en el mejor ambiente posible y, sin embargo, débil en el momento decisivo y condenado a tocar la muerte con los dedos. Pronto me fundiré con ella en la inmensidad del Océano Atlántico. 

Esta vez no cabe el humor: Videla, un perfecto hijo de puta

La vieja de la guadaña, que tan lejana me parecía hace una hora, al partir del Aeroparque Jorge Newberry, en el extremo sur de Buenos Aires. Me extrañó que mi capitán nos citara tan de mañana (casi no había amanecido) y vestidos con ropa de calle. Todos juntos en la pista de despegue, esperando a mi capitán y sin uniforme, nos hemos sentido un poco desnudos, pero nuestro objetivo es cumplir órdenes. Solo llevo dos años en la Armada, pero no me hizo falta aprender el valor de la obediencia porque esas cosas se enseñan en casa y a mí mis padres no me fallaron. Finalmente mi capitán ha aparecido en la pista también vestido de calle y, sin mediar palabra, ha hecho gesto con la mano para que le siguiéramos. Varios aviones y avionetas sembraban la pista y mi capitán se ha subido a un SC7 Skyvan, un modelo muy pequeño con hélices y capacidad para unas 15 personas. Dentro me he topado con una escena extraña: un cura aguardando de pie y, a su lado, seis personas encapuchadas y de rodillas. El cura nos ha dirigido un breve sermón, algo sobre “separar la mala hierba del trigal” creo que ha dicho, aunque la mayor parte de sus palabras se me han escapado porque estaba nervioso antes de mi primera misión. 

Resulta que va a ser la última también. Lo pienso y me entras ganas de llorar, sobre todo si me comparo con mi padre, el mejor militar de la historia de Argentina.  Él sí muestra fortaleza. Pero yo no he heredado ese rasgo de su carácter. Yo soy débil. He pasado mi vida pensando lo contrario, pero desde el despegue he sentido una flojera en las piernas que ya me ha alarmado. Acabadas la charla del cura, él se ha bajado y nosotros hemos entrado en el avión. Las seis personas encapuchadas parecían dormidas o drogadas, tampoco lo he preguntado. 

 Ya en el aire, mientras penetrábamos el océano, mi capitán nos ha dado otra charla, esta vez sobre el “la falta de patriotismo”. Me ha servido para coger confianza porque yo sí soy patriota. Fuerte, así me sentía cuando el avión ha disminuido la velocidad para quedarse medio suspendido. Nadie ha hecho ninguna pregunta a pesar de la situación tan extraña, pero es que no estamos para charlar, sino para actuar y cumplir órdenes. De repente, sin mediar palabra, mi capitán ha cogido a uno de los encapuchados, lo ha levantado del suelo y lo ha conducido a la puerta abierta de la avioneta. Nos ha mirado desde sus gafas de sol y ha arrojado a ese hombre al mar. Al principio nos hemos quedado muy impactados, pero mis compañeros han ido reaccionando y, uno a uno, han hecho lo mismo que mi capitán. Les he visto y he tenido ganas de que el tiempo se detuviera un poco porque la cabeza no me respondía. Pero no ha podido ser y, pasados un par de minutos, solo quedaba un encapuchado a bordo, el que yo debía tirar.  Me ha temblado el cuerpo y mi capitán se ha dado cuenta. Me ha gritado. No podía elegir. He cogido a mi encapuchado y lo he llevado hasta la puerta. Pero no he podido tirarlo. Mi capitán lo ha hecho por mí mientras yo me derrumbada en la avioneta. 

Flaqueza. Debilidad. Defectos imperdonables. He pensado en deshonra, en vergüenza, en el inmenso honor de mi padre marcado para toda la vida por mi culpa. No lo he soportado. He mirado a mis compañeros de vuelo y, sin mediar palabra, me he tirado al océano antes de que mi capitán vertiera la primera palabra de reproche. Así le he demostrado al mundo que yo también soy capaz de asesinar por mi país. Ahora siento pena y alegría. Otra vez tengo muchas ganas de llorar, pero no puedo. La pierna ya no me responde y no puedo mantenerme a flote más tiempo, así que ya está, se acabó. Me hundo. Mientras me traga el oceáno, levemente mareado por la falta de oxígeno, me doy cuenta de que mi cadáver se quedará aquí y que nunca tendré una lápida que recuerde al hijo del glorioso Jorge Rafael Videla, presidente de la República de Argentina. 

(Inspirado en hechos reales: los vuelos de la muerte).

14 de febrero de 2011

Muertes ridículas 4: El beso fatal

Después de contemplar un despiste fatal, una despedida programada y un infartazo con retranca, ahondamos en los misterios que dan más miedito, los de nuestro cuerpo serrano y todo lo desconocido que se cuece en su interior. Porque no sé vosotros, pero a mí me da cosa cada vez que oigo mis jugos intestinales como suspiros agónicos de la niña del Exorcista. Sabemos que la sangre circula casi desde hace quinientos años, cuando lo descubrió Miguel Servet (otra muerte con tela: chamuscado en la hoguera) y en todos estos siglos la medicina lo ha descifrado casi todo, pero quedan agujeros negros insondables, como el que se tragó a esta pobre diablilla.

El morbo por los calvos puede ser fatal

¡Bienvenidos al maravilloso Síndrome de muerte súbita del adulto! Se comenta en este artículo médico que cada año se producen 150 muertes inexplicables en Inglaterra y que se pueden deber a anormalidades eléctricas del corazón. ¡Anormalidades eléctricas del corazón! Suena a título de canción de Los Planetas o a poema de Pablo Neruda. Pero en realidad es una historia muy prosaica. Jemma Benjamin, una chica universitaria y sana, nadadora y jugadora de hockey, con 18 añitos en plena ebullición que piden un besito a su ligue. Y hasta luego Lucas. ¿Qué pensara Daniel Ross el resto de su vida? ¿Que es el mensajero de la Parca o que la medicina aún tiene camino por explorar? A buen seguro, lo que más le preocupará es que ninguna otra chica conozca su extraña habilidad o dormirá solo todas las noches de su vida.

7 de febrero de 2011

What if...? 1

El escritor checo Milan Kundera es una máquina de citas interesantes que para eso es listo, viejo y curtido en la vida. Pero cuando leí (y no entendí) La insoportable levedad del ser hubo una frase que me dejó muy roto, de puro simple y contundente. Venía a decir que el hombre no tiene manera de saber si ha acertado en la vida porque solo vive una vez y no puede comparar con otras vidas hipotéticas. ¿Qué evidente, no? Y qué jodido también. Cuando nos enfrentamos a una decisión importante sopesamos todos los aspectos cuidadosamente y luego nos lanzamos a por la opción elegida. Con el paso del tiempo, la opción descartada se difumina en nuestra memoria, que, según los científicos, está diseñada para recordar las cosas buenas y olvidar las malas: cuestión de salud mental, de supervivencia. Por eso es tan interesante la iniciativa que inició Marvel en los años setenta con la serie What if...?

Pese al morbo es un mal partido: descendencia incierta

A la editorial que alumbró mitos de la cultura popular como Spiderman, Hulk, Los X-Men o Los Cuatro Fantásticos se salió la vena soñadora. Creó una serie para deleite de sus guionistas, que imaginaban sin barreras bajo la premisa "¿Qué pasaría si...?". La serie continúa en la actualidad y ya sobrepasa los doscientos números. Mi hermano devoraba tebeos de Marvel y, aunque yo los hojeaba sin su pasión, sí que me sentia muy atrapado por aquellas historias que se desviaban de cualquier canon establecido. Eran pequeños oasis de libertad creativa. Quiero ir lanzando distintos What if...? en este blog pero no sobre superhéroes, sino apuntando a seres de carne y hueso, a esas vidas que nunca podremos comparar con otras. Porque la mayoría de las veces lo relevante no es qué ha pasado, sino qué habría pasado.

6 de febrero de 2011

Relatos 4: Presas de caza


Resulta muy extraño verte postrado en esta cama de hospital. Tú, siempre sano como un roble, enredado en un puñado de tubos que parecen chuparte la vida poco a poco. He planificado al milímetro mi comportamiento, pero sin calcular la impresión que me producen los hospitales, capaces de deshilacharme el corazón. Lanzo un vistazo rápido a la habitación y compruebo que estás solo, dormido y rodeado de flores. Más que tu convalecencia parece tu funeral. Apoyo el bastón en la puerta. Estás dormido, pero puedes despertar en cualquier momento. Y nunca jamás te permitiría verme caminar con esta prótesis de madera. Cojeo hasta la cama, me siento a tu vera y compruebo que mamá lleva razón. Me lo ha avisado por teléfono antes de coger un taxi hacia el hospital.

-       Nico, ¿seguro qué quieres verlo?– me ha dicho, mientras un puñal de tristeza rasgaba sus cuerdas vocales.
-       Creo que sí, mamá.
-       Hijo mío, está muy mal, muy pálido. No sé si saldrá de esta.
-       No digas eso, mamá, ya sabes lo fuerte que es– he contestado sin convicción y menos mal, porque mamá ya no me escuchaba, solo lloraba.

Mamá decía la verdad, estás muy pálido. El tono cerúleo de la pared resalta los brochazos que te resquebrajaban la cara, pintados con el color de la muerte. ¿Entonces es cierto? ¿Vas a morir? Cómo saberlo, cómo escrutar el alma de un hombre que convirtió la mentira en el engranaje de su vida. ¿Serías capaz de fingir hasta tu propia muerte? Te estarías superando papá. Miro hacia la ventana, buscando que algo de luz bañe mis ideas. Respiras trabajosamente a menos de diez centímetros de mi. Hacia años que no estábamos tan cerca. Imagino la situación que se produciría se despertaras de repente. Lo primero que verías sería mi cara. ¿Qué pensarías entonces? “Mi hijo está aquí. ¿Sigo dormido y es un sueño? ¿Cómo estará? ¿Y su pierna?”.



Pues mi pierna está mal. El mes pasado entré en quirófano por quinta vez, arropado por los ánimos de mi médico que, a estas alturas, tiene tan poca credibilidad como tú. Es cierto que algo he mejorado, pero el bastón es para toda la vida. Esa maldita compañía que tú pusiste en mis manos hace casi quince años. ¿Recuerdas aquel día? ¿O ya has engullido la culpa, si alguna vez llegaste a sentirla? Yo era un chaval y me gustaba jugar al tenis, no asesinar animales, pero que más daba. A las nueve de la mañana escuché tu voz, apenas un susurro que bastó para despertarme.

-       Nico, tengo una sorpresa para ti.

Era domingo y un sol radiante dividía tu rostro en dos. Aquella imagen se me quedó grabada. Tu sonrisa de tahúr abalanzándose sobre mi cama. Esa cara ensayada que te tantos negocios te ayudó a cerrar. Yo estaba medio dormido. Fue la última vez que te miré con respeto.

-       Venga. Vístete.

Me diste unas ropas de color caqui que vestí sin rechistar. Bajé a desayunar. Tú ibas ataviado igual, así que yo parecía tu réplica en miniatura. Era ridículo, pero a ti parecía llenarte de un gozo secreto que se te filtraba por los ojos. Salimos al porche y ahí estaban las escopetas, alineadas milimétricamente, esperando con rabia contenida el momento de escupir balas. Me horroricé.

-       ¿Qué es esto papá?– pregunté
-       Hijo mío, son escopetas. De verdad, no como las de la feria. Nos vamos de caza.

No tenía ni idea de que asesinabas animales. Un aspecto de ti desconocido para mi, como tantos otros que fui descubriendo con el goteo de los años. Sobrecogido por la impresión, entré en el Mercedes. No dije nada en la media hora que duró el trayecto, solo podía mirarte a hurtadillas e imaginar cosas horribles. Mi padre mata animales. Mi padre mata animales. ¿Qué más cosas horripilantes hace?

El traqueteo de la grava interrumpió mis oscuras cavilaciones. Ya estábamos en pleno campo. Seguimos por una senda estrecha que moría en una amplia explanada, donde había aparcados tres coches más, todos caros como el tuyo. Al lado, sus propietarios charlaban a voces y bravuconeaban escopeta en ristre juntos a otras réplicas como yo: sus hijos. Me estabas utilizando para cerrar un trato con aquellas personas que parecían tan importantes, pero qué iba a saber yo entonces. Tenía 14 años. Era un niño, papá. Aunque ya lo era menos dos horas después, cuando se me disparó la escopeta en la rodilla y sentí el mordisco de la bala. No me habías explicado cómo funcionaba la escopeta, ni el gatillo, ni el seguro, no me habías hecho ni caso desde que habíamos aparcado el coche. Y ahora, cuando mi cuerpo teñía de rojo el ocre del campo, solo acertabas a echarme la culpa. De mi rodilla manó un litro de sangre, mezclada con toda la inocencia que todavía conservaba. Aquel accidente quebró un trato y el vínculo entre un padre y su hijo. Todavía hoy, al pie de esta cama en la que yaces moribundo, me pregunto qué golpe acusaste más.

Y ahora estamos en la habitación 338, lacerados por un daño irreparable. Casi en contacto físico hasta que entra le enfermera con la bandeja de comida. Me dirige una mirada cargada de cariño, que, al mismo tiempo, invita a abandonar la habitación. Capto la intención. Además, el ambiente del hospital empieza a incomodarme como arena en los ojos, así que es la hora de marchar. Me levanto, camino hacia la puerta y abandono la habitación, a pesar de la frase apagada que te escuchó balbucear a mitad de camino.

-       Nico, te dejas el bastón…

1 de febrero de 2011

Muertes ridículas 3: El funerario ultraprofesional

Con todos vosotros, un profesional como la compa de un pino, una persona que decidió traspasar la frontera de la realidad y convertirse en un personaje de Berlanga. Resulta que eres un funerario, que tu trabajo es tratar día a día con la muerte, igual que el panadero trata con la harina o el comercial con recibimientos escépticos. Vas a atender una faena peliaguda, un tipo que lleva dos meses desaparecido y que aparece tiesito en un bosque burgalense. No problem, te dedicas a esto y nada puede quebrar tu recia coraza. Pero, ahí amigo, quién te asegura que tu corazón no puede reventar en plena faena...

Puedes palmar por un despiste fatal o puedes elegir tú mismo cuando despedirte del valle de lágrimas, pero en ambos casos tú eres un factor decisivo de la ecuación. Lo malo es cuando te pilla el toro y no sabes ni por dónde ha venido. Y si encima ese toro tiene una guadaña y un sentido del humor fino como el coral, te vas de cabeza a una muerte ridícula.

Espero que sepas inglés...

Lo más bonito, como la bonoloto, y lo más feo, como un accidente de tráfico, son cosas a los extremos del camino y vamos por la vida convencidos de que no caeremos en la cuneta, de que todo les pasará a otros. Cuando suena el despertador te preguntas por lo que traerá el nuevo día y cuando te acuestas casi siempre te das cuenta de que, al final, no ha pasado nada. Y eso da rabia. Pero, ¿que no pase nada es bueno o es malo? Preguntádselo al funerario de Belorado. Seguro que él no estaba de acuerdo con aquel recopilatorio de música heavy cuyo título rezaba: "Sometimes, death is better".

31 de enero de 2011

Relatos 3: Pajaritas





Oscilaba la barrera de los cuarenta años. Podías situarlo a un lado u otro de esta frontera de edad dependiendo de las gafas. Si se las ponía, parecía más viejo, pero no en un sentido negativo. Aquellos cristales abrazados por plástico negro encajaban bien con las palabras que salían de su boca. Me repitió la pregunta:
-¿Por qué quiere comprar una pajarita?
Se había quitado las gafas para preguntar. Le acercaba más a la complicidad, creo que él lo sabía bien.
-¿Tiene que haber un motivo? –le contesté.
Bajó la mirada y se dejó tragar por su enorme silla negra de oficina. Una vez acomodado, se giró noventa grados a la izquierda. Tenía una mesa de madera en forma de ele. Cogió la regla, el lápiz y una cartulina para reanudar la tarea que cumplía antes de mi irrupción en la tienda. Se puso a las gafas. Volvía a cargarse de años.
-Eche una ojeada a las pajaritas que hay expuestas en la pared –me invitó.
Me aparté de la mesa y seguí su consejo. Por el rabillo del ojo vi aquellos dedos de pianista rehaciendo el absurdo. En la pared colgaban más de cien pajaritas. Ninguna era más grande que la palma de una mano. Estaban hechas con cartulina normal, de la que se vende a los niños en las papelerías. Una decena de los colores de siempre. Nada de beis, azul marino, blanco roto... Nada de intoxicaciones. Eran rojas, azules, verdes, amarillas… Puras. En la tonalidad exacta que imaginarías si te dijeran que pensaras en un color. ¿Pensamos todos en la mismas tonalidades? Sí, aquellas cartulinas escolares eran las mismas para todos los niños de todos los colegios. Habían grabado a fuego nuestro imaginario colectivo de colores. De repente, aquellas pajaritas me hicieron sentir protegido. Algo familiar me rodeaba.
-¿Busco protección? –pregunté al artesano pajaritero.
-¿Cómo dice? –contestó, dejando su labor por un momento.
-Que si busco protección.
-Usted sabrá –dijo con las gafas puestas. Años y aire sabio–. Usted viene de discutir con alguien, ¿verdad?
Me lo preguntó mientras yo acariciaba una pequeña pajarita roja. El tacto era más áspero de lo que había imaginado.
-Sí, lo ha adivinado –concedí.
Así que era cierto. Aquel tío bajito y hacendoso adivinaba cosas. Al final el chiflao de Manu iba a tener razón.
-¿Cómo lo ha sabido? –pregunté.
-Tiene cara de enfadado.
-Pero podría tener cara de enfadado por mil cosas que no fueran una discusión.
-Sí, claro que sí.
Y volvió a su absurdo. Recorrí toda la tienda con la mirada. Era muy pequeña: la puerta, el escaparate, dos paredes llenas de pajaritas y la mesa en forma de ele delante de otra puerta. El País de la Maravillas parecía esconderse detrás de esa puerta. A pesar del enfado que me cargaba, era capaz de imaginar cosas divertidas. Aquellas pajaritas moldeaban el ambiente. La vista me burbujeaba.
-¿Por qué abrió una tienda de pajaritas?
Se hundió un poco en la silla de oficinas y puso la mano derecha en la sien. Pensaba que iba a quitarse las gafas, pero hizo lo contrario, se las reajusto a la nariz.
-La ley del mercado, oferta y demanda. Pensaba que la gente las compraría y por el momento no me ha ido mal.
Curiosa contestación.
-¿Y cuánto valen? –seguí.
-Cinco euros cada una.
-¿Valen todas lo mismo? ¿Da igual el tamaño?
-Sí, da igual. Cinco euros cada una –repitió.




Me pareció muy caro. Cada pieza de cartulina valía un euro y calculé que haría unas tres por pieza. Le costaban 33 céntimos y las vendía por quince veces más. La ley del mercado no pintaba nada. Era aquella sensación de electricidad estática que te envolvía nada más entrar en la tienda, aquellos minutos hipnóticos que podía pasar eligiendo una pajarita mientras se te refrescaban los sentidos.  No se me ocurría otra explicación ni pensé en los que les pasaría a otras personas frente a aquellas paredes llenas de colores. Pero qué importaba. Cinco euros no van a ningún lado, joder.
-¿Por qué ha entrado en la tienda? –preguntó entonces.
-Un amigo me dijo que usted adivinaba cosas.
-¿Eso le dijo? –contestó con aire socarrón mientras se quitaba las gafas –. Ya sabe, la gente se cree lo que sea.
Manu era un tío listo. No se creía cualquier cosa. Y yo menos. El vendedor siguió a lo suyo.
-¿Con quién ha discutido? –Me preguntó.
-Adivínelo.
-Creo que con su novia.
Le hice entender su victoria con una leve sonrisa. Irene me había puesto la cabeza como un bombo y esta vez yo no me había callado. No era cierto. Sí que le hacía caso en las decisiones importantes. Confiaba en ella, pero ambos arrojábamos mierda al pozo. Ella por no creerme, yo por no hacerme creer. La fractura amenazaba con extenderse como una grieta. Había salido a la calle rabioso y de repente estaba dentro de la tienda de pajaritas. Estaba en la misma manzana que mi casa, pero nunca había entrado. No veía motivo. Me parecía una extravagancia, hasta que, una semana antes de discutir con Ire, Manu me dijo que el pajaritero era adivino. Me lo dijo de fumada y lo dejé estar como una parida más. Solo de pensar que Manu había entrado en la tienda me daba la risa floja. Y ahora era yo el que estaba allí, rodeado de pajaritas y sin escapatoria.
-¿Qué hago aquí? –pregunté algo angustiado.
-Usted ha entrado en una tienda en la que se venden pajaritas. Puede hacer dos cosas: comprar una o marcharse. No sabe por qué ha venido y usted sabe que cuestan cinco euros. Viene de discutir con su novia. Por mi parte es todo lo que sé.
-¿Cómo elegiré una? –dije.
-Yo las conozco bien, las he fabricado todas con mis manos. Si no se ve preparado, deje que yo elija una y pásese otro día a recogerla. Un día que esté más sosegado –contestó. Las gafas estaban encima de la regla en una postura extraña. Parecían derrotadas. El vendedor era más joven que nunca. Quizá por debajo de la treintena.
-De acuerdo –saqué un billete de cinco euros, lo dejé caer en la mesa y se posó en uno de los cristales de las gafas. Lo retiré rápidamente y se lo puse en la mano al pajaritero–. Un día de estos paso a recogerla.
Abandoné la tienda despacio. Los meses pasan y nunca me he decidido a entrar. A veces paso por delante y echo una mirada fugaz. Creo que el vendedor nunca me ha visto. Siempre está haciendo pajaritas con las gafas puestas.

27 de enero de 2011

Quinitos 3: Discrepo

Quinito que se remonta a la Antigua Grecia, cuando la gente solo llevaba puesta una sábana o directamente iba en culos. También usaban ánforas.
Es la democracia llevada al bebercio. Una asamblea de sopladores reunida: cada uno dice una palabra y el siguiente tiene que decir otra que esté relacionada en cualquier sentido, por lisérgico que sea. Los asamblearios pueden discrepar o dejarla correr hasta el siguiente, que será sometido al mismo escrutinio. Bebe siempre la minoría, sean los discrepadores o los tipos callados. La abstención cobra un nuevo sentido.

No vale repetir palabra ni decir nombres propios.

 
Primer discrepo del que se tiene constancia.

FICHA TÉCNICA

NOMBRE: Discrepo.
MODALIDAD: Oral.
CUÁNDO JUGARLO: Poca gente de ciencias en la mesa.
TAJAMIENTO: 6/10.
HÁNDICAP DE NOVATO: 9/10.

20 de enero de 2011

Quinitos 2: La Pirámide

Hace cuatro milenios largos a los egipcios les dio por levantar unas construcciones grandísimas que hacen bonito, pero que no sirven para nada. ¡Honremos tanto esfuerzo inútil de miles de esclavos! ¡Convirtamos la maldición de aquellos pobres diablos en desenfreno etílico!

La pirámide es el 'killer' por excelencia, el Romario de los quinitos cuando tu boca es una portería. Las hay desde las sencillas pirámides de cinco pisos para tres personas hasta los elefantiásicos modelos construidos con dos barajas y varias 'supercartas' en su cúspide. Se reparten a cada jugador X cartas (entre 3 y 6 aprox) que, durante la siguiente media hora, valen más que todas las joyas de la abuela juntas. Con el resto de la baraja se construye una vistosa pirámide. Se juega igual que al mentiroso, mandando tragos si sale tu carta según se va destapando, pero con la gracieta de que a cada piso se dobla el valor de las cartas. Le tendencia al escaqueo se penaliza fuertemente y, si no, "habértelo pensado mejor antes de empezar a jugar, pollo".

La pirámide te catapulta hacia una noche histórica: el motivo ya se verá.

Tutankamón jugaba con Cazalla. Eran otros tiempos.

FICHA TÉCNICA

NOMBRE: La Pirámide.
MODALIDAD: Cartas.
CUÁNDO JUGARLO: Prisa malsana por beber.
TAJAMIENTO: 10/10.
HÁNDICAP DE NOVATO: 5/10.

17 de enero de 2011

Quinitos I: Búfalos

(Usar la letra 'k' es hortera o propio de idiomas bárbaros)

Porque hay muchos que estamos jartos de que los botellones se conviertan en conversaciones pseudotrascendentales sobre utopías políticas, porque queremos tajar al canso que no calla o al canso que no dice palabra, o a la "chica-tímida-que-esta-noche-acaba-a-veinte-uñas". Porque las jajas son sanas. Porque se aprende jugando. Porque no se apuesta vil metal, sino lingotazos. Por todo eso nos gustan los quinitos.

El más sencillo es el Búfalo, un quinito transversal que se suma a cualquier otro que esté en marcha. ¿De qué trata? Beber con la mano mala toda la noche. Cuando una persona pilla a otra soplando con su mano buena debe gritarle ¡BÚFALO, BÚFALO, BÚFALO, BÚFALO, BÚFALO! hasta el hastío y el infractor tiene que jincarse un traguito extra. Sorprendentemente, tiene una base científica. Para los curtidos es un juego de niños, pero el típico fulano duro de mollera atraviesa una tortura que dura varias horas. Muy útil para integrar a la gente.

"¡Que soy zurdo, joder!". Bebes doble por mentir.

FICHA TÉCNICA

NOMBRE: Búfalo.
MODALIDAD: Transversal.
CUÁNDO JUGARLO: Siempre.
TAJAMIENTO: 8/10.
HÁNDICAP DE NOVATO: 9/10.

23 de noviembre de 2010

¿Qué es lo importante?

"Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad".

 
Los Peligros o cómo intimidar con el nombre

No dejéis de valorar las pequeñas alegrías. Es lo único que tenemos. Pero es muy valioso.

15 de noviembre de 2010

El tío Bob manda, pringaos

A veces España da rabia, pero a veces mola muchísimo.

Que si somo un país cutre... Sí, pero a ver en qué otro país de estirados te ponen tapa con la caña.

Que si no pintamos nada en el exterior... Sí, pero quién es la última selección que se puso la estrellita en la camiseta.

Que si tenemos una televisión hedionda... Sí, pero nos rendimos a Bob Esponja.  Sí, el tío Bob manda, pringaos cerebros pseudotelevisivos que habeís rellenado la nueva y anchísima parrilla de televisión con tertulias fachoides. Con un montón de canales que ni conocemos ni tenemos ganas de sintonizar. ¿De qué os servido, prebostes de la comunicación? ¡De nada, porque un tipo hecho de esponja os ha dado a todos por el saco!

¡Cabalga, Pedrojota, cabalga!
Porque resulta que, entre la plaga de canales que asola nuestras televisiones, una pequeña joya se ha impuesto por selección natural para reinar en el dictado de las audiencias: Clan TVE. El canal de dibujos animados del ente público gana por goleada a todos los demás. Un simple datito ilustrativo del pasado jueves. A las nueve de la noche coincidían varias tertulias cansinas en canales como Intereconomía o VeoTV (¿quién chorra ve estos canales? me pregunto) y ninguna ni soñaba con llegar al medio millón de espectadores. A esa misma hora, un millón de personas seguía atentamente las evoluciones de Bob y Patricio y su puteo continuo a Calamardo. Reconozco que yo también me he enganchado a los dibujitos de marras. Puestos a ver en TV a tipos que hagan reír, prefiero a gente íntegra como Bob y no a los casposos tertulianos que amenazan nuestras meninges con su discurso sectario y fanático.