30 de septiembre de 2017

Relatos 26: Ver la luz


Y justo antes de abrir la puerta de casa, me doy cuenta de la ranura de luz que se filtra por debajo e ilumina el felpudo. Se me congelan todas las vísceras menos el corazón, ese siempre va por su cuenta y empieza a patalear como un niño al ver el plato de brócoli. Vale que son las seis de la mañana, vale que llevo siete copas encima, pero ni obviando todo eso sería capaz de pensar con normalidad. Joder, hay luz en casa, en mi guarida de soltero. Pese a la castaña que llevo, la pesquisa es rápida, todo va deprisa cuando un mazo aporrea dentro de tu pecho a ritmo creciente. ¿Quién tiene llaves de mi casa? Mis padres y Sandrita. Mis padres están en el pueblo, descartados. Sandrita no tengo ni idea de dónde está, es ella. La lógica binaria que dicta el Jack Daniel’s no deja espacio a la réplica. Blanco, negro, eufórico, destrozado. Bueno, ahora no sé cómo estoy, pero sí noto esa promesa infectando mi sangre. ¿Será posible, Sandrita? ¿Después de todo un año de silencios angostados y sueños traicioneros? A ver, ¿qué día es hoy? ¿Su cumple, el mío, algún aniversario? Qué va, esto no va de calendarios. Aquí hay algo puro, un instinto natural que nada le debe a la nostalgia. ¡Toma ya! Empiezo a sudar, a sudar alcohol, se entiende, pero al mismo tiempo noto que el pedo me sube más. Qué bien me vendrían unas gominolas. Apoyo la espalda en la pared y me dejo resbalar hasta quedar sentado sobre el felpudo. Piensa, piensa. ¿Si llamo por teléfono a Sandrita para asegurarme?  ¡Pero si seguramente esté al otro lado de la puerta y yo tengo la llave! Vamos Jack, no digas chorradas, mierda, empiezo a hablar solo, no, no, debo concentrarme. Me agarro la cabeza y sin querer activo el dolor de cabeza. Da igual, era cuestión de tiempo, cuanto antes empiece antes acaba. 


La luz puede dar más mal rollo que la oscuridad


Me tumbo boca arriba sobre el felpudo y mi caro polo de Fred Perry se llena de mierda. ¡Eh, qué más da eso ahora! ¡Aquí está en juego el corazón, sí, el corazón, el puto amor, y las cosas materiales palidecen insignificantes a su lado! Tengo ganas de gritarlo en el rellano y si no lo hago es para no perder el factor sorpresa con Sandrita. Seguro que se ha quedado dormida sobre el sofá. Cuando entré podré admirarla como la diosa que es, antes de darle ese abrazo que necesita y que le ha hecho venir hasta aquí con la fijación de un yonqui. Pego la frente al marco inferior de la puerta y asomo los ojos por la ranura de luz. Es imposible distinguir nada, más allá de una blancura total que me araña las pupilas. Esa luz solo puede emanar de una deidad, no hay duda. Sandrita, mi Sandra querida, no vas a tener que esperar más, ya llego. Me apoyo en el pomo de la puerta y elevo mi cuerpo escombro con mucho esfuerzo. Es mi última reserva de energía, pero poco importa porque pronto estaré abrazado a ella. Se me caen las llaves, el felpudo amortigua el sonido y el factor sorpresa queda a salvo. Sí, todo está saliendo bien. Toc, toc, toc, toc, a la quinta atinó con la llave en el bombín y giro despacio. Entro de puntillas a casa y atravieso el pasillo con el corazón aislado en su propia rave. Cuando entre el salón, miraré a la izquierda y allí estará ella, tumbada sobre el sofá con su perfume de violetas.  Justo antes de cruzar ese umbral, me paro, cierro los ojos y doy las gracias a ese Dios en el que no creo. Le prometo que a partir de mañana, bueno ya de hoy, todo va a cambiar. Firmo el pacto y al fin entro. Tumbado sobre el interruptor de la lámpara de pie, Micifuz alza la cabeza, me interroga con la mirada y sé que tiene hambre, ganas de joder, o las dos cosas.

13 de mayo de 2016

Relatos 25: Salsa de chile

Andaba yo trasteando por las calles traseras de Gran Vía sin nada que hacer, lanzando miradas a las putas que se arracimaban por los portales mientras enseñaban cachas bajo cero y fumaban con boca de oso hormiguero. Sentía en la piel el empalago de un aburrimiento líquido que se me escurría por la nuca y me pringaba toda la espalda. Esa sensación me enfadó y pegué una patada a unas bolsas de basura pensando que me aliviaría un poco. En el agujero que se abrió entre la mierda acumulada vi algo negro y brillante. Parecía obsidiana. Me agaché a cogerlo y en cuanto lo toqué se abrió. ¡Un ojo! Una enorme pupila oscura me miraba fijamente y al momento algo me aferró el brazo. Miré. Era una mano gris con dedos como espárragos. Me entró mucho miedo y busqué a las putas con la mirada, pero seguían absortas, apelmazadas por un magma de nicotina y hastío. Lo que fuera que me tenía agarrado me dijo no te asustes, en un español con acento… ¿mexicano? Vaya. Tirando de mi cuerpo elevó el suyo y se quitó de encima las bolsas de basura. Un metro de alto, gruesa piel de rinoceronte, ojos con forma de pétalos: para mí no había duda. ¿Eres un marciano? Se llevó las manos a la cabeza, la agitó como los niños sorprendidos y con su aliento a guacamole me dijo querido humano, hay millones de planetas en el universo, ¿por qué siempre pensáis que venimos de Marte? Qué poca imaginación tenéis. Un argumento irrefutable, tuve que darle la razón. Se comió una cáscara de plátano que le colgaba del hombro y lanzó un eructo que sonó a bocina de camión. Llegó a despeinar a una de las putas, que nos miró muy cabreada porque tendría que subir al piso franco a arreglarse otra vez la pelambrera. Nos reímos un poco por lo bajinis. Mi nuevo amigo me cogió la mano, me dijo que era hora de volver a casa y que si me apetecía conocer un planeta nuevo. ¡Por fin algo entretenido que hacer! Le dije que por supuesto, pero que debía estar de vuelta antes de las nueve, la hora impepinable a la que se cena en mi casa. Tranqui tronco, me contestó.

Agarrados de la mano, una posición algo incómoda para mí porque él era muy bajito, salimos a Gran Vía por la Calle del Barco. Miró a la derecha y enumeró en voz alta: H&M, Mango, Zara, Lefties, Primark… ¡Primark! Ese último letrero le puso muy contento y me soltó la mano para aplaudir como un chimpancé, con las manos justo encima de la cabeza mientras daba saltitos. Estuvo a punto de pisar a una vieja, que nos taladró con la mirada y masculló algún insulto decimonónico antes de ser succionada de nuevo por la multitud. Volvió a cogerme la mano y nos abrimos paso de mala manera entre decenas de cuerpos excitados por misteriosos anhelos. Pronto llegamos al recibidor del Primark, donde un segurata elevaba el mentón con orgullo al cielo desangrado de Madrid. Subimos el primer tramo de escaleras mecánicas y nos deglutió una multitud aún mayor que la de la calle. Mi amigo, que al parecer sufría de gases, lanzó otro eructo aún más poderoso que el anterior, esta vez más de bocina de barco, me atrevería a decir. Pero nadie se volvió para mirarnos, era imposible competir con la atracción imantada de los grandes carteles y sus precios de una cifra. Nunca había estado en aquella megatienda y me sorprendió que había barandillas para asomarse, pero, ¿asomarse a qué? A qué iba ser, a mucha más gente y a mucha más ropa. Aquella monstruosidad tenía cuatro pisos, jamás había visto una tienda tan grande, y como techo una bóveda acristalada que me recordó a la pirámide del Louvre. Fuimos subiendo los pisos, avanzando a duras penas. Yo buscaba a la gente con la mirada tratando de entender esa enajenación colectiva, pero todos esos ojos se movían en un plano de la realidad ajeno al mío, donde la ropa barata era más importante que el oxígeno. Mi amigo me miro y se encogió de hombros diciéndome es lo que hay, pero lo hizo sin mover los labios, solo haciendo vibrar un sonido dentro de mi cabeza. ¡Tenía telepatía, el muy jodido! Insultar no está bien y me arrepiento, pensé adrede, para que lo oyera. Tranqui tronco, repitió mentalmente, se ve que llevaba desde los ochenta con nosotros, normal que extrañara su hogar.


¿Pica más que quema o quema más que pica?


Con mucho trabajo logramos llegar al cuarto piso y hasta la última caja registradora al final del último recoveco de la tienda, no por ello menos abarrotado de gente. Aprovechando un pequeño despiste de la dependienta que estaba despachando, mi amigo me soltó la mano y se escurrió hasta la caja registradora. ¿Qué pretendía, sacar una monedita como recuerdo de su viaje? Ya me estaba sacando la cartera para regalarle una de cinco céntimos cuando una enorme sacudida me tiró al suelo. ¿Un terremoto? Miré alrededor y yo era el único que había caído. ¿Pero es que no los habéis notado?, grité algo cansado ya de mi aislamiento. Miré a mi amigo, que hacía el gesto de la victoria con dos de los cuatro dedos de su mano derecha. Volvió a apretar un par de botones de la caja registradora y el temblor anterior se multiplicó por cincuenta. Noté que se me desencajaba el corazón del pecho como aquella vez que subí al Dragón Khan. El suelo se estaba elevando y lo que más me sorprendió fue que no hubiera casi ruido, más allá del conocido cacareo estrepitoso de la multitud compradora. La mole de cuatro pisos estaba despegando verticalmente y parecía desplazarse sobre raíles con la suavidad de una bandeja de horno. Cuando el edificio entero ya estaba suspendido en el aire, mi amigo indicó que me pusiera a su lado. Me ató a la caja registradora con unas correas y volvió a darme la mano. Apretó otro botón, uno rojo y grande, y la planta baja de la tienda-nave se abrió hacia fuera como una compuerta. Mientras toda aquella gente se precipitaba hacia Madrid como cereales a un bol de leche, no dejaban de probarse camisetas de dos euros, de mirarse retadoramente por el último pantalón blanco de la talla 38, de girar y girar bajo esa música celestial, ni siquiera de correr hacia la siguiente estantería de jerseys, aunque ya no había ni suelo sobre el que hacerlo. Vi cómo la Gran Vía se iba moteando de puntitos rojos y se me antojó salsa de chile. Mi amigo volvió a leerme la mente y abdujo un par de fajitas del Restaurante Lupita. Solo me comí media porque menuda es mi madre como no te acabes la cena en casa...

17 de septiembre de 2014

Diálogos 5: Buenas noticias

Riiiiing, riiiiing...


  • Diario El Universo, dígame.
  • Buenos días, quiero hablar con el tío qué decide las noticias.
  • ¿Cómo dice?
  • Sí, hombre, con el tipo que decide lo que sale y lo que no en su periódico.
  • Disculpe, ¿con quién tengo el gusto de hablar?
  • Con un suscriptor del periódico desde hace más de 25 años.
  • De acuerdo, pero no entiendo su petición. ¿Quiere hablar con alguien en concreto?
  • Ya te lo he dicho, con el que manda.
  • ¿Con el director?
  • Me da igual, con cualquiera que decida lo que se publique.
  • Mire, si no me dice una persona en concreto o una sección no puedo ayudarle.
  • Está bien. Pues pásame con.... el jefe de Internacional.
  • Le paso con la sección. Espere un segundo.


(Música ratonera de intensidad media)



"Nosotros damos las noticias, tú pones el color"



  • Internacional.
  • Buenos días, ¿con quién tengo el gusto de hablar?
  • Buenos días... Eh... ¿Quién es usted, disculpe?
  • Soy la voz de tu conciencia.
  • ¿Cómo? ¿Perdone?
  • ¿Tú decides lo que se publica en tu sección?
  • Eh... No, no soy yo. Solo soy un redactor de la sección. ¿Pero con quíén...
  • Bueno da igual, me sirve. Llamaba para pedir que publiquen más buenas noticias en tu periódico. Mi vida es una mierda y cuando abro el periódico me deprimo más todavía. Mi petición beneficia a todos. Yo estoy más contento y vosotros vendéis más periódicos.

  • ¡Claro, hombre! Y lo que me pasa a mí le pasa a mucha más gente. A ver, en tu sección, ¿qué es eso de sacar cada día una página con la última mezquita reventada de un bombazo? ¡No veis que eso se la trae floja a los lectores! ¡Una más, una menos! Si los moros están todo el día igual.
  • Mire, tengo mucho trabajo y voy a colgar, lo siento. Si desea realizar alguna...
  • ¡Espera un momentito! No soy ningún chalado, soy un profesor universitario jubilado, suscriptor de toda la vida del periódico y harto de no ver más que cosas negativas a mi alrededor. Lo que pido no es ninguna tontería. Seguro que hay buenas noticias todos los días, pero os decantáis por publicar las malas y eso genera un círculo vicioso.
  • Mire, entiendo, su postura, lo que ocurre es que...
  • ¡Que si un hombre muerde a un perro es noticia, pero al revés no! Anda, no me vengas con esas chaval. Los medios contribuís a que todo se vaya a la mierda. Por eso no hacen más que bajar las ventas de periódicos, ¿es que no lo veis?
  • Eh... No lo sé... Nunca lo había pensado así...
  • ¡Claro, hombre! Venga, ya estás corriendo a contárselo a toda la redacción. Y te aseguro que tengo hablado esto con más gente. Buenas noticias supone beneficio para todos, periodistas y lectores.
  • Bueno mire, déjeme en paz, por favor, que tengo mucho trabajo.
  • Ya no te molesto más, pero recuerda: buenas notiiiicias, buenas notiiiicias...


5 de junio de 2014

Relatos 24: Mi vieja enemiga

(Ganador del I Concurso de Microrrelatos CVNE)


 Sin dejar de temblar, levanté la pistola al techo de la bodega y grité con todas mis fuerzas.

- ¡¡Manos arriba, esto es un atraco!!

Rodeados por un mar circular de barricas y con una copa de vino en sus arrugadas manos, la mitad de los ancianos ni siquiera reaccionó. Las columnas, los focos de luz y el intenso olor a madera húmeda no casaban con mi aventura, pero yo no estaba para detalles estéticos: solo pensaba en la pasta. Sobrecogida por mi alarido, la guía se agarró a una columna y me miró fijamente mientras su cara atravesaba un variado arco de emociones: terror, estupefacción, extrañeza... La mitad del grupo turístico que sí tenía pilas en el sonotone se giró en grupo, como un elefante estirándose al amanecer. Vieron mi chándal de tactel, mis viejas zapatillas J'hayber, mi pasamontañas casero y el resto de harapos que completaban al inesperado caballero de la triste figura. Detrás, la guía parecía recomponerse al compás que frenaba su corazón tras una breve taquicardia.

- Oiga, esa pistola es de juguete, ¿verdad? -dijo.

Miré de reojo al pasillo y calculé cuánto me costaría escapar corriendo, no hubiera estado de más un poco más de planificación... Pero no me iba a rendir tan pronto.

- ¿De juguete? ¡Pero qué dices! ¡Esta pipa es de verdad y pienso disparar, eh! ¡Que estoy muy loco!


Bodega Viña Real AKA El paraíso

Una parte del grupo seguía sin inmutarse, catando el CVNE como si nada, pero una anciana se disgregó y fue directa hacia mí: no podía creer que me hubiera reconocido. La visión de mi mayor rival me puso de los nervios y rompí a sudar. En décimas de segundo se me empapó la mano. La pistola resbaló y cayó al suelo mecida por un grito colectivo de pánico. Al chocar, la carcasa de plástico se partió en dos y del núcleo empezaron a surgir falsos sonidos de bala. La verdad es que era un juguete logrado y algún anciano se tiró al suelo, pero no mi vieja enemiga, que avanzaba implacable entre efluvios de garnacha y tempranillo. Parecía una reina achacosa, levitando sobre barricas que podría lanzar contra mí con un movimiento de cejas. Yo estaba petrificado por el miedo y no moví una célula cuando llegó a mi altura, alzó un brazo y me quitó el pasamontañas con una ágil movimiento impropio de su edad; la rabia actuaba como la poción mágica. Pese a estar picados por las cataratas, sus ojos se las apañaron para verter sobre mí un cóctel venenoso de odio e intensa decepción. Me pegó una colleja que retumbó en la bodega, chocando por las paredes como un bumerán que multiplicó mi humillación. Finalmente se dio la vuelta, levantó su copa y lanzó una petición a sus colegas del IMSERSO.

- ¡Un brindis por el hijo más tonto del mundo!

13 de mayo de 2014

Relato 23: Fracciones de vida

 
 Esperando ansioso el doble check del Wasap en mitad de la noche.



Sintiéndose la mitad de inteligente a cada segundo que pasa.

Con más miedo que los tercios de Flandes.

Encarcelado por las paredes de su cuarto.

Borracho de quintos de cerveza.

Con ganas crecientes de violar el sexto mandamiento.

Pensando que no le salva ni el séptimo de caballería.

Notando el vacío de Dios al octavo día.

La novena de Beethoven sonando burlona en la casa del vecino.

Resignado a un lotería para la que no ha comprado décimo.


Otro suspenso en mates, llorera de números



Hasta que llega el doble check salta en el móvil y lee la palabra mágica, repantingada en la parte superior de la pantalla:

Escribiendo…

Expectación que se dobla, triplica, cuatriplica, quintuplica, multiplica por todo tipo de números cada vez más altos e imponentes, cada vez más elevados hacia el cielo, observando con desprecio en su ascenso a las insignificantes fracciones que besan la tierra con sus cuerpos partidos por la mitad.

14 de abril de 2014

Relatos 22: Mi diosa de hoy


  • ¿Ah, sí? Pues a mí no me mola nada el segundo disco.
Me contestó con la cabeza gacha, mirándose las uñas de las pies, quizá calibrando en qué momento tendría que bañarlas de nuevo en algún color inmundo. Bajó el tronco un poco más para alcanzarse el dedo gordo sin prever lo que ocurriría con la mitad superior de su cuerpo.

O previéndolo demasiado.

En medio de aquel espléndido par de tetas que estiraban al límite aquella camiseta de tirantes. Ahí sentía yo que podía encontrar la felicidad en aquella calurosa tarde de mayo. Y en ningún sitio más.

  • Bueno, mujer, no está tan mal, tampoco es tan diferente al primero... ¿No crees?
  • Te digo que no, Chino, que no me gusta nada.
¡Se había quedado con mi apodo! Ya era un centímetro ganado a sangre y fuego, un poco de cercanía a aquella diosa iridiscente que acababa de cruzarse en mi camino. Elevé la cabeza hacia el sol de Barcelona y pegue un trago largo al gintonic, que me resbalaba por el gaznate profiriendo promesas de mentiroso incorregible. La música de la fiesta sonaba constipada en aquel ático deslumbrante del Barrio Gótico. Mi diosa se remeció en aquella amplia silla de mimbre. ¿Amagaba con irse? Fuego de artillería a discreción.
  • Bueno, igual sí que tienes un poco de razón. Lo que está claro es que el primer disco era mejor.




    La importancia del lugar para fliparlo más

Levantó la cabeza y me miró con aquellos diamantes que manaban de su retina. Y sus labios como el sofá de Dalí en el museo de Figueres y yo tumbando en ellos toda la tarde, engañando al tiempo para que corriera en círculos, hacia donde quisiera pero sin avanzar, ni un segundo, ni una milésima... Y los dientes de ella abriéndose paso, desfilando en una sonrisa perfecta que descifraba todo los códigos de aquella tarde...

  • ¿Ves como si estamos de acuerdo, tontorrón?
Cerré los ojos para degustar mejor aquel dulce increpe. Y pensé: qué coño más da lo que ocurra a partir de ahora, esto es mucho más de lo que necesito para sonreír. Y el resto es infelicidad, humo y mierda.



(Dedicado a J.M. y su mítica frase: "Te presento a mi novia de hoy").






27 de marzo de 2014

Relatos 21: Te están llamando (2/2)


Volví al banco, me lié otro canuto y un cuarto de hora después se presentó Virginia con unas largas botas de cuero que le lamían la pierna hasta la rodilla. La plaza estaba bastante despejada y la vi llegar desde lejos. Saboreé al mismo tiempo las caladas y aquella forma de caminar decidida pero frágil. Las botas castigaban el empedrado del suelo, produciendo un sonido rítmico. Cloc, cloc, cloc. Y ella estaba cada vez más cerca de mi y yo cada vez más lejos de entender las cosas. Llegó hasta mi banco y, sin decir nada, se inclinó para darme dos besos. El segundo impactó en la comisura de mi labio izquierdo y un leve movimiento de mi cabeza habría bastado para provocar una sacudida, un fuerte terremoto. Preferí seguir la senda segura y dejar que el nuevo panorama se dibujara a si mismo.

  • Hola Virginia.
  • Vamos a tomar un café, me sentará bien –sugirió ella.

Me levanté del banco con las manos metidas en los bolsillo. Virginia se cogió a mi brazo derecho y nos dirigimos sin hablar hacia la única cafetería del lugar. Abrí la puerta y dejé entrar a Virginia. Mientras pasaba delante de mi eché un vistazo rápido a la plaza. Vi al gato en medio de aquella planicie de cemento. Tenía las patas muy firmes y ya no agachaba la cabeza. Me miró fijamente. Tiré al canuto al suelo, lo aplasté con el pie y entre a esa cafetería en la que todo podía acelerarse o languidecer, dependiendo de un montón de factores que yo no controlaba. Virginia ya esperaba sentada en una mesa.

  • Solo con hielo, ¿no? –le pregunté desde la barra.

Ella asintió con la cabeza mientras se quitaba la chaqueta. El camarero anotó el café y también la cerveza que yo pedí. Esperé en la barra a que me pusiera las consumiciones. En la mesa, Virginia machacaba las teclas de su móvil. Se volvió a meter el teléfono en el bolso cuando llevé el café y la cerveza a la mesa. Me senté, pegué a la birra un trago largo como una serpiente y estiré las piernas, esperando la precipitación de las cosas. Todo parecía importante en aquel momento, el aspecto de la cafetería, el sol filtrado por la ventana, la ropa que llevábamos. Virginia empezó apuntando al aire.

  • ¿Qué tal? –dijo.
  • Bien –contesté.

Luego me apuntó al pecho.

  • ¿De verdad? –insistió.
  • Claro.

Y entonces disparó.

  • Te lo ha contado Toño, ¿no?
  • Sí. Acabo de estar con él.

Levantó la cabeza en un respingo, arrebatada por la sorpresa.

  • ¿En serio?
  • Pues sí. Me lo ha contado hace un rato. Me ha dicho que lo habéis dejado de mutuo acuerdo y creo que no está muy seguro de la decisión.
  • ¿Eso te ha dicho? –preguntó con un ojo más abierto que el otro.
  • Sí.

Me eché para atrás y miré un momento a la barra. El camarero nos observaba mientras limpiaba vasos con una bayeta. No había nadie más en el bar. Le aguanté la mirada unos segundos hasta que cedió. Puso unas patatas fritas en un plato y me las ofreció alzando las cejas. El canuto me había dado hambre, así que acepte el ofrecimiento y me levanté a por el plato.

  • ¿A dónde vas ahora? –dijo al instante Virginia. Angustiada.
  • A ninguna parte, solo a por esas patatas –le informé señalando la barra.
  • Ah vale –dijo con apuro-. Perdona, estoy un poco descolocada.

Volví con las patatas y empecé a comerlas muy despacio, saboreando cada grano de sal. Entonces Virginia me cogió la mano e interiormente paladeé el tacto de aquellos dedos. Llenos de calor, a punto de explotar.

  • Manu, no ha sido de mutuo acuerdo. Lo he dejado yo –reveló
  • ¿Ah sí? –pregunté. Estaba sorprendido, pero creo que solo a medias.
  • Sí. No sé por qué te habrá dicho otra cosa. Supongo que para salvaguardar su estúpido orgullo macho. Pero le he dejado yo a él. Esto no podía continuar. Lo sé yo, lo sabe Toño. Y lo sabes tú.
  • ¿Yo? ¿Qué voy a saber yo? No estoy en vuestras cabeza –dije con el pedal de la vehemencia a medio gas-. No conozco vuestras intimidades. Solo Toño y tú sabéis de verdad cómo es vuestra relación, cuánto os queréis, hasta dónde llegaríais juntos. Yo solo soy amigo vuestro.
  • ¿También eres amigo mío? –dijo ella.

Y entonces pensé, pensé y pensé, todo lo que se puede pensar en un suspiro. Me machaqué la cabeza en tres segundos. Puedes pasar días, semanas, meses sin hacer nada importante, pero de repente el tiempo se comprime y todo se juega en décimas de segundo. No hay entrenamiento para algo así. Solo existes tú y aquello a lo que te enfrentas.

  • Tienes razón, Virginia, en realidad no eres mi amiga –contesté al fin-. Si no fuera por Toño no te habría conocido nunca. Él sí es mi amigo y desde hace muchos años. Para mi, tú solo eres su novia y ya ni siquiera eso. En realidad no sé qué hago aquí –dije de carrerilla, con las palabras inmersas en una ola de crueldad necesaria-. Así que me voy.

Y esa era mi intención cuando me levanté, pero Virginia impidió la huida. Ella también se levantó, elevada en aquellas largas botas de cuero. Me quedé muy quieto. Ella me cogió la cara y la acercó a sus labios. Me estampó el mejor beso que me han dado nunca, interrumpido por el sonido robótico de mi móvil. Me separé de Virginia.

  • Me están llamando –dije estúpidamente.
  • Ya lo veo –contestó ella a medio reír, no sé si de alegría, de tristeza o de vergüenza.

Cogí el móvil y salí a la calle. Ya había dejado de sonar y no me dio tiempo a coger, pero supuse acertadamente que enseguida volvería a hacerlo. Me dirigí al centro de la plaza buscando al gato con la mirada. Y luego seguí y seguí andando, alejándome cada vez más de aquella plaza a la que nunca he vuelto y de aquella chica a la que espero no volver a ver, hasta que mi amigo volvió a llamar.


  • Dime Toño –dije al descolgar.






19 de marzo de 2014

Relatos 20: Te están llamando (1/2)



  • Virginia y yo lo hemos dejado.

Soltó la bomba y pegó un trago largo como una serpiente a la litrona, de la que ya no bebí más por miedo a contagiarme de tristeza. Un niño jugaba a tenis con su abuelo a unos diez metros. En los parques los sentimientos quedan parcelados. Ellos reían, lo pasaban bien, pero en el banco que ocupábamos Toño y yo no había alegría. El sol novato de marzo luchaba por dar más calor y agradecíamos su esfuerzo. Encendí un pitillo de pie. Toño seguía con la cabeza agachada. Me senté junto a él, con la secreta esperanza de que el humo de mi cigarro lo barriera todo. El mundo entero.

  • Lo siento mucho –dije.

Toño movió la cabeza, primero en dirección al cielo y luego hacia mí. Me miró. Tenía ojos de pajarillo, pero en realidad parecía un camaleón mutando la piel. Vislumbraba un cambio en su horizonte, pero necesitaba cambiar algunas cosas para acercarse y verlo de cerca. Se notaba que algo rebullía en su interior, aunque no era fácil verlo reflejado en su cara.

  • Era lo mejor… -dijo.

Lo hizo sin dejar de mirarme. Me pedía una opinión, pero no se la iba a dar ni por todos los diamantes del mundo. Eran sus ojos, atravesados por el mismo alambre, los que me pedían una respuesta. Me espanté. Toño parecía más vulnerable que nunca y debía medir mis palabras, poderosas como dagas frente a un cuerpo desnudo. Podía atravesar a Toño. Podía atravesar a Virginia en su lugar. Podía lavarme las manos. Hiciera lo que hiciera, quedaría registrado en la mente de Toño, ya siempre tomaría mi actitud en aquel banco como un nuevo cimiento de nuestra relación. Decidí que ya bastaba de mirar para otro lado.

  • Sí, era lo mejor. Me alegro de que hayáis dado el paso.

La respuesta aturdió un poco a Toño, que no esperaba contundencia. Yo me sentí liberado, tanto tiempo callando empezaba a pasar factura. Toño se levantó, dio una patada inofensiva a una piedra y caminó unos pasos. Noté que me vibraba el móvil en el pantalón, pero no lo saqué del bolsillo.

  • ¿De verdad? ¿Te alegras?
  • Sí –contesté.
  • ¿Y desde cuándo lo pensabas exactamente?
  • ¿Y qué mas da eso ahora? –repliqué sin ganas.
Toño volvió al banco y se sentó a mi lado. El niño y su abuelo se cansaron del tenis y marcharon a otra parte, el viejo como un planeta y el crío como un satélite, dando vueltas de alegría a su alrededor. Me pregunté si yo podría provocar eso en alguna persona algún día. Empecé a liar un canuto. El viento dificultaba la tarea y tardé más de la cuenta. Toño acusó tanto tiempo para pensar.


  • Menuda mierda ¿no? –soltó, dejando el campo abierto para que yo replicara algo, lo que fuera. A esa observación se puede replicar casi con cualquier comentario. En aquel banco, en aquella situación, el silencio era poderoso: podía matar a Toño.
  • No encajabais.
  • ¿Cómo un puzzle?
  • Supongo –dije.
  • ¿Desde cuándo lo piensas?

No respondí. Era la segunda vez que lo preguntaba, nada accidental. Encendí el canuto espero que me rebelara algo, pero pasó lo de siempre, que solo sirvió para encenagarme la cabeza aún más. Entonces el móvil se puso a vibrar otra vez y me sobresalté. En el plomizo silencio que habíamos creado, la vibración del móvil se escuchó nítidamente.

  • Te están llamando –me advirtió Toño.
  • Ya lo sé. No voy a coger –repliqué.
  • ¿Y si es algo importante?
  • Nunca es importante.
  • ¿Quién te está llamando? –insistió.

Me levanté del banco sin contestar. El sol de marzo ya se había dado por vencido y un viento suave pero traicionero circulaba a ras de suelo enfriándome los pies. Me até la chaqueta hasta arriba y di al canuto una calada larga como una serpiente mientras me dejaba engullir por la ciudad. Dejé allí a Toño y ni siquiera me despedí. Cuando me sentí a salvo, saqué el móvil y vi las dos llamadas perdidas de Virginia, como dos botellas naufragando en el océano. Seguí caminando un buen trecho hasta llegar a una plaza. Me senté en un banco, preguntándome si Toño seguía paralizado en el parque. O si ya se habría ido a casa, con un montón de ideas rebotándole en la cabeza. Un gato parduzco surgió de los bajos de un coche y se acercó con sigilo a mi banco. Caminaba con la cabeza muy gacha, en posición de alerta. Decidí bajar yo también la cabeza porque en cualquier momento podía ocurrir un imprevisto y era mejor estar preparado. De repente mi móvil volvió a sonar y la estridencia de aquel sonido robótico espantó al gato. Dejé que diera unos tonos para observar cómo se alejaba el minino, siempre con la cabeza gacha. Miré la pantalla y era Virginia. Ahora estaba a salvo. Así que cogí.

  • Hola Virginia.
  • Hola Manu, ¿dónde estás? –preguntó.
  • No estoy seguro, en una plaza que no conozco. Me he puesto a andar sin rumbo y he acabado aquí –le informé.
  • Quiero verte. Entérate de dónde estás y voy para allí.

Me levanté del banco y caminé hacia una de las esquinas de la plaza para buscar una placa identificativa. Leí el nombre y se lo dije a Virginia.

  • Ok, no te muevas, no está muy lejos de mi casa. Nos vemos en diez minutos –dijo.

21 de enero de 2014

Monólogos 2: Has sido todos los animales

Pasas todos los días delante de ese cascado banco de madera, que parece agarrado al suelo como un náufrago agonizante. Lo has visto a todas las horas del día, en amaneceres confusos, en mediodías rutinarios, en tardes violentadas por la luz del sol, en noches llenas de ruido o llenas de silencio. Hoy lo vuelves a mirar, al banco, a ese banco. 

En ese banco te has sentido hormiga, una microscópica parte del planeta dedicada por entero a una tarea inútil, incapaz de preguntarse por la naturaleza del destino que persigue, agobiada por fuerzas que presupone gigantescas e inabarcables. Te has sentido una hormiga de mierda, una más, decidida a patearle los huevos al destino, pero solo por un segundo antes de recobrar la marcha, esa fila india de hormigas como tú en la que, qué cojones, no se está tan mal.

En ese banco también te has sentido león, esperando la llegada de una felina que has rendido a tus pies. Has relamido cada segundo de esa espera, has gruñido de satisfacción con el último rayo de sol del día, llegado justo a tiempo para siluetear la figura de tu tigresa. Se ha acercado a buen ritmo y se ha quitado los auriculares muy despacio, escuchando los últimos compases de esa canción antes de topar con lo verdaderamente importante: tu rugido de felicidad, el áspero bramido del rey de la selva.


Hala, todos a comerse como animales


En esos viejos listones de madera también te has sentido murciélago desorientado a las siete de la mañana, con el coco zozobrando en alcohol y preguntándote si el primer rayo del día te fulminará como a un hombre lobo, pero eras vampiro, un drácula de garrafón contando las horas para volver al reino de los mortales, esperando el certero espadazo de una resaca tan cruel como necesaria por muchas razones. 

Serpiente y elefante, 
perro y gorila,
ratón y halcón.

En este banco has sido todos los animales. Pero atraviesas un momento de confusión completa, estás sobrecogido por los pilares de hormigón que se quiebran a tu paso como simples mondadientes. Y te sientas en el banco diciéndote soy un animal, pero ¿cuál? Y claro que sabes cómo te sientes: estás aterrado por la posible respuesta que más miedo da de todas. Un ser humano.



8 de enero de 2014

Diálogos 4 (modo inconsciente): E=mc2 nocturno

Coger los auriculares, la mesa y los cables. Salir por la puerta de casa, rápido, llego tarde, joder diez minutos tarde, lo siento jefe, que se me ha ido un poco la pinza... A ver, dónde coño iba este cable. ¿Eh? Sí, claro que me tomo un chupito, de lo que tú quieras, pero solo uno que queda mucho jaleo...

...coño que vacío está el bar, eh, sí, sí, ya te digo, últimamente no sale ni dios. Anda, aquí viene el DJ, a ver si se anima esto, que está muerto. Pues lo que te decía, que falta pasta, aunque bueno, para mí que lo que faltan son ganas, que la gente se está amariconando. ¿Sabes quiénes se han quedado embarazados esta misma...

...un tema tranquilito para empezar, y el siguiente igual, pero que dure sus buenos ocho minutos, que está el bar bastante vacío y no es plan de currárselo aún. Total, para cuatro perras que me dan... ¿Qué? Sí, claro, ponque una copa, muchas gracias. De Four Roses está bien. Sí, me llamo A, y tú? Encantado, B, no te había visto currando aquí. ¿Eres nueva...

...es que no me jodas, antes nos juntábamos cuarenta y la madre, y ahora la cosa da penita. Ya sé que no es culpa de nadie, que es la vida, pero podré cagarme en la vida si me sale de los cojones, o qué vida. Encima el moñas este de DJ me pone a Nick Cave para empezar, que vale, que es muy bueno el tío, pero no me mates, que estamos en un garito de noche. Por cierto, ¿tú sabes a qué hora...


Si él puede, también pueden Koki,Tonto, Lupo o Burlón


...ni Four Roses ni pollas en vinagre. Mierda de garito con garrafón, no queda un sitio decente con una copa en condiciones. Encima menudo público garrulo, esos dos de la esquina no tienen desperdicio, qué coño harán aquí, habrán quedado con el camello y para no pasar frío se han metido en el primer bar que han visto. Como si lo viera... Bueno, es momento de meterle otra marcha a esto que ya empieza a entrar peñita. ¡B, ponme otro whisky con...

... coño, una de los Smiths! Si al final va a saber algo el jicho este de DJ. ¿Sabes lo que te digo? Que esto se está animando, si quieres hago una llamada y te invito a roscón. ¡Jeje, que es Navidad! Venga tío, para dos que quedamos sin amuermanos vamos a darlo todo. ¿Eh? Tranquilo, hombre, está todo paaaaagao. A ver, cómo se llamaba el primo de...

... ahora sí esta estó a tope, toca una santisima trinidad LCD-Delorean-Chemical y aquí la gente se pone tocar las estrellas echando a leches. Por eso me gusta, joder, por esto y nada más, lo demás es absurdo, el universo entero es absurdo, el mañana no existe, solo en nuestra agitada imaginación. Hasta los palurdos de la esquina bailan, al final van a ser buena gente y todo. Solo hoy, ahora, solo nosotros. ¿Eh? ¿Cómo? !Ah, sí, sí, B! Ponme el chupito, de lo que tú quieras, todo está bueno en este...

...jajaja, ya te digo, jajajaja! Qué rico este roscón y qué rica la Navidad, aparte del coñazo de las compras tiene sus cosas ¿eh? Vaya con el garito este, parecía una mierda y ambientazo que hay ahora, encima se está llenado de pibones, mira, mira la rubia esa de la esquina, la ponía de vuelta y media ¡Hostias vaya temazo, el Hey boy, Hey Girl! ¡Si, ya te había dicho que el DJ este tenía pinta de ser la polla! ¡OEEEEEEEEEEE!

2 de enero de 2014

Monólogos 1: Feliz año nuevo

Suena la última campanada del año y tienes un cuchillo ensangrentado en la mano. El aquelarre de petardos que se adueña de la ciudad resuena en tu cabeza, pero no alcanza el volumen de los latidos de tu corazón, que se bambolea como un caballo en celo y tira del resto de tus vísceras, negándote la calma que necesitas para pensar tu siguiente paso. Acabas de cometer el acto más impulsivo de tu vida, has tatuado tu futuro de incógnitas, has alcanzado un nuevo estado mental, cruzando una frontera cuya línea se difuminará en cuanto vuelvas la mirada para buscarla. Caes al suelo de rodillas, igual que cae la última hoja del calendario. Imaginas dioses dándose codazos entre risas hasta que un grito te devuelve a la realidad. Tu víctima está viva.

Las fronteras son la clave y eso que nos las inventamos

Ahora olvida el cuchillo, olvida la sangre, olvida la víctima. Olvida que todo esto acaba de pasar. Un segundo antes de acuchillar, ya tenías mil problemas en el horizonte. Tú, yo, todos nosotros. Pero solo tú has cogido el cuchillo. Todos los demás podemos sentir un consuelo enorme, alimentado del hecho de que tu desgracia no salpica nuestras existencias. Ahora te dejamos solo para que pienses, nosotros nos vamos a celebrar la Nochevieja.

Feliz año nuevo.


31 de diciembre de 2012

Diálogos 3: Piensa en el reencuentro navideño


(((Receta de incuestionable éxito en frisadores de la treintena. Ingredientes imprescindibles marcados en negrita. Rehogar con palmetazos faciales, puñetazos al hombro de mediana intensidad y similares gestos fálicos. Servir en plato frío)))

- ¡Coño, fulano, cuánto tiempo!
- ¡Hombre, mengano, qué haces por la ciudad!
- Pues nada, ya sabes, los días de Navidad que me vuelvo para ver a la familia.
- Ah, eso está muy bien hombre, la familia es muy importante.
- Claro, claro.
- Sí, sí, eso es.
- Sí.
- Je, je, claro.
- Bueno, dime ¿y tú qué tal?
- Ah, pues bien, tengo curro así que no me puedo quejar, con la que está cayendo.
- Anda, pues qué suerte. ¿Sigues currando en el... sitio aquel?
- Sí, sí, igual que siempre. 
- Bien, bien, más vale malo conocido....
- Ja, ja, sí, sí, y que lo digas.
- Y qué, ¿sigues saliendo con Zutana?
- ¡Hombre! ¡Y además nos casamos el año que viene!
- No jodas, pues vaya, ¡no sé si darte la enhorabuena o el pésame!
. ¡Anda, serás cabrón! Bueno, y tú qué, no me digas que sigues de becario en el sitio aquel.
- Pues sí, macho, estoy hasta los cojones.
- Cabensos, lo que hay que hacer en este país es mandar a tomar por culo a los políticos y a los banqueros.
- Ya, y que lo digas...
- Bueno, y entonces qué vas a hacer, algo te estarás planteando.
- Pues sí, qué remedio. Me estoy mirando alguna cosilla para pirarme al extranjero.
- Ya, yo tengo algún colega que lo ha hecho y no le va mal. ¡Mientras no sea a Londres, que está petado de españoles, ja, ja!
- A donde pueda, me estoy mirando unos cursos o si no de profesor de español. Con tal de encontrar algo, que aquí está la cosa muy malita.
- Bueno tío, pues no te digo nada, que tengas mucha suerte.
- Vale, gracias. Pues lo mismo te digo para tu vida matrimonial, que eso también tiene miga.
- ¡Ya ves! Venga, lleva cuidado.
- ¡Hala, hasta la próxima!


GUINDA FINAL (pronunciada al alimón por ambos interlocutores en plena consciencia de su palmaria falsedad):