15 de octubre de 2010

Relatos 1: Los chinos


En la tienda se oye el sonido de la electricidad atravesando la nevera. En el umbral de la calle apenas se escucha un zumbido de grillo moribundo y dos pasos más lejos ni siquiera eso. Jiang se encuentra en la frontera entre el murmullo eléctrico y el silencio. Los pies le pesan como alforjas porque está atenazado por un veneno dulce, el que se apodera de él cada vez que su amiga Xiaoqing va a la tienda a visitarle. Esta vez han salido a la calle por sugerencia de Jiang, que desea espacio. Piensa que las paredes baratas de la tienda pueden engullirlos a ambos. Por un momento imagina que es un héroe salvando a la chica de un monstruo y coge algo de ánimo, pero no dura mucho, porque el veneno enseguida se apodera de todo. El efecto de la pócima resulta letal cuando ve la falda corta de Xiaoqing, que, cegada por la inocencia, duda de su eficacia como hechicera. Ella también está un poco envenenada. 17 años. Quizá son demasiado jóvenes para encarar el reto con el que han chocado. Sus familias compartían una arraigada amistad en China, tan profunda que les impulsó como una catapulta hacia España, donde creían que la gente vivía de noche y soñaba de día. En China compartieron trastadas de niños, pero nunca fueron amigos por culpa de Jiang, tan empeñado en tirar de las trenzas a Xiaoqing que la niña sucumbió a uno de esos miedos infantiles que arrasan valles y montañas. La adolescencia generó olvido mutuo, pero una vez superados los granos y las bravuconadas, se mudaron a España y empezaron a encajar. De momento solo era una promesa agazapada, pero cada vez era más evidente que una chispa bastaría para inflamar su relación. 


En medio del silencio veraniego, Jiang escucha nítidamente los pasos de una persona entrando a la tienda. Se disculpa ante Xiaoqing con una sonrisa improvisada y entra en el comercio, donde no hay ningún monstruo amenazador, solo un hombre escarbando en la nevera. Su corpachón, agitado por un vaivén incierto, frisa los cincuenta. El electrodoméstico gimotea siempre que enredan sus entrañas.

- ¿No hay hielo? Vamos no me jodas.

Jiang se excusa con un movimiento de hombros inocuo que no agrada al cliente. El tipo se acerca al mostrador y pone las manazas encima del cristal. Aunque atufa a alcohol, Jiang logra contener el gesto de asco que su cuerpo le obliga a mostrar. No lleva ni un año detrás del mostrador, pero no es la primera vez que se enfrenta a una situación similar. Por qué ahora, se pregunta en medio del traqueteo, en el vagón de una montaña rusa que empieza a acelerar.

- ¿No se supone que tenéis de todo? ¿No se supone que tenéis de todo?

Un hombre desquiciado a las seis de la tarde.

Los gritos envilecen el ambiente silenciando la monotonía eléctrica de la nevera. Jiang siente miedo y el puñado de palabras que sabe decir en español no pueden sacarle de un apuro así. Con el rabillo del ojo ve que Xiaoqing tiene medio cuerpo dentro de la tienda. Ella también está asustada por los bramidos del bruto, que amenaza con subir otro escalón. Dicho y hecho. No tarda ni un segundo en coger a Jiang de la solapa de su camisa para increparle de cerca. A un milímetro de la agresión física, el joven respira el miedo. No es valiente y no le importa, pero saber que Xiaoqing está contemplando la escena agujerea el centro neurálgico de su orgullo.  Se siente náufrago en una marea de emociones, preparado para chocar contra el acantilado cuando ve que el cincuentón sube el puño para arrearle. Pero la sangre no llega al río porque un potente rayo de luz deslumbra al agresor, que libera a su presa para taparse los ojos con las manos. Jiang comprende su oportunidad y, estimulado por un dulce veneno, le empuja. Ciego y vencido, el borracho se estrella contra la nevera y cae al suelo enmarañado por la confusión. Intenta levantarse, pero el alcohol le muerde la piernas y cede. Se queda tirado como un títere roto y abandonado, pero los muñecos no lloran. Los sollozos de un hombre que acumula dios sabe qué tragedias. Jiang le ayuda a levantarse y le pide educadamente que se marche. El tipo sale trastabillado de la tienda, rodea a Xiaoqing y dobla la esquina después de escupir varios insultos inteligibles. Dentro de la tienda, Jiang recoloca la nevera, hincha el pecho y sale a la calle para contarle su victoria a Xiaoqing. La chica escucha con embeleso y luego abraza a Jiang, aprovechando el momento para guardarse con disimulo su pequeño espejo de maquillaje.

3 comentarios:

nacho dijo...

muy sincero guillermo. una historia dura, la de la gente que vuela buscando algo mejor y que teme sentirse ciudadano de ninguna parte. menos mal que tratamos al chino del barrio igual de bien que él a nosotros! sigue contándonos historias!

Guillermo Sáez dijo...

El otro día le pillé flirteando con una muchacha, está hecho un ligón... No me extraña, con esos temazos que pone en el ordenador le caen rendidas al más puro estilo Axe

Anónimo dijo...

bonita bonita historia, bien redactada, bien definidos los detalles; ternura desprenden esas palabras perfectamente ordenadas...